Hace más de un año que decidió ir a misionar a la Amazonía peruana
Para Claudia Novarino, de 45 años de edad, el servicio voluntario es algo que forma parte de su vida y de su misión religiosa.
Novarino tiene como acompañamiento a distancia a monseñor Uriona en su misión en Amazonía peruana en el Valle de Vraem.
Ya hace más de un año que está allí donde vive, en en el Mantaro, en la selva en una casita de madera junto con una misionera más.
Su misión en la vida
Su mamá siempre estuvo muy presente en la Iglesia, por lo que Novarino lo vivió desde muy pequeña.
“Mi primera misión fue en General Viamonte, estuvimos todo el mes de enero. Yo era chica, por lo que no tenía noción, pero sí lo disfruté muchísimo”, recordó la mujer.
A los 15 años contrajo matrimonio y luego tuvo tres hijas. En ese momento debió realizar una pausa en el camino religioso y criar a sus niñas.
Novarino es enfermera y estuvo más de 25 años al servicio de la salud.
Con sus hijas, en el año 2016 realiza una misión al norte del país y nuevamente se encuentra con la religión, pese a que ella seguía yendo a misa.
“Me vuelvo a reencontrar con la misión y con Jesús. Decido formarme como ad gentes, es decir, personas que realizan la actividad misionera de la Iglesia”, destacó Novarino.
Su primera misión fuera del país fue en Bolivia y se encontró con una situación muy desalentadora.
“Cuando uno decide esta vida, la vida del servicio, uno se encuentra con lo romántico pero también con los obstáculos, con las turbulencias y con lo débil tuyo y lo del otro adentrándote en su realidad”, apuntó la misionera.
En Bolivia, Novarino se encontró con dolor, sufrimiento de los trabajadores de las minas, la violencia y el cansancio en su máxima expresión.
“En una misa junto con la palabra de Dios y obra de él, mi chip se cambió y me di cuenta de que tenía que estar en esas realidades”, dijo Novarino y apuntó: “Me di cuenta de que mi hogar era el mundo, no un techo o una casa, que debía estar para las personas y cambiar mi vida”.
En ese momento, Novarino comentó que junto con sus tres hijas debían tomar la decisión de qué iba a hacer ella frente a la misión.
“Fue difícil pero ellas entendieron que esto me hacía feliz y que era a lo que en ese momento Dios me estaba llamando”, dijo la mujer.
Fue así que el 22 de abril del año pasado Novarino con su bolso emprendió viaje hacia la Amazonía peruana.
“Dedico mi vida al servicio de ellos, es convivir con su realidad e integrarse a una nueva cultura, a un nuevo idioma y a una vida distinta a la que llevaba en mi hogar”, señaló la misionera.
Al vivir en la selva, donde hay varias comunidades nativas, Novarino apuntó a que están en una situación muy dolorosa, por lo que se ve el miedo reflejado en los rostros, por la existencia del narcotráfico, pérdida de personas de maneras muy violentas, entre otras secuelas que sufre la comunidad.
El objetivo de esta misión es “generar comunidades vivas entorno a Jesús”, es decir, lograr que cada comunidad se contagie de celebración de la palabra y de la fe.
Novarino comentó que la que sustenta esta misión es la Diócesis de Río Cuarto con 5 panes, 5 pescados.
Sin medios de transporte, sólo autos particulares que cobran mucho dinero para ir de una comunidad a otra.
“Acá no hay grandes comercios, sino manteros o bodegones”, dijo Novarino y destacó que el sistema de salud es muy precario y sólo puede haber algún medicamento, sólo lo básico.
Frente a su experiencia nombró que la alimentación fue un gran desafío, ya que ellos sólo realizan comidas muy abundantes, una por la mañana y otra cuando llegan del trabajo a las 5 de la tarde.
“Comen muy picante para producir mayor saciedad. Yo me agarré reacciones alérgicas”, destacó.
El Valle de Vraem tiene la parasitosis más grande de Perú, ya que no cuentan con desagües, el agua es muy contaminada.
“Me agarré varias enfermedades, tuve dengue y sufrí bastante el cambio de clima. Me he deshidratado, llegué a pasar los 41º de fiebre”, remarcó Novarino.
Pese a todo esto, la mujer resalta que poco a poco su cuerpo se acostumbró y que esto es parte de la misión el vivir como el otro.
Novarino finalizó: “Recen por nosotras, yo rezo por ustedes”.