Andrea Passerini, la poetisa de Casares que escribe sus versos desde un tambo
Cuando cursaba el secundario en el Nacional de Buenos Aires pensaba en estudiar Letras, siguiendo los pasos de su mamá, profesora de Literatura. Pero finalmente, la vena de su abuelo paterno se impuso y la formación política la atrajo hacia Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas en la UBA. Igual, no dejó su vocación de lado y escribió su primer libro de poesía y va por el segundo. Trabajó en el Congreso y en el Ministerio de Economía durante la crisis de 2001-2002, pero después dio un giro en su vida. Se volvió a Carlos Casares, a 300 kilómetros al oeste del Obelisco y desembarcó en el campo familiar para impulsar con fuerza allí la creación de un tambo. Admite que le gustan las experiencias desafiantes y se ríe del apodo que un dirigente agropecuario de Saliqueló le puso hace un tiempo: “Comandante Taladro”.
Andrea Passerini conduce la Comisión de Lechería de Carbap, la entidad del campo que reúne a las rurales de Buenos Aires y La Pampa. Y a fin de 2019, Jorge Chemes la convocó para que haga lo mismo en CRA, esta vez para todo el país. Irrumpió así con fuerza en la dirigencia del campo y es, además, una entusiasta de las redes sociales, en particular de Twitter.
“Hoy la tecnología nos facilitó mucho. Porque antes tenía que irme a una reunión de tres horas a Rosario y para eso viajaba el día anterior, iba a hotel. Este sistema de plataformas virtuales nos demostró que estábamos todos locos. Yo llegaba a las dos o tres de la mañana a mi casa de vuelta, después de viajar horas en la ruta sola de noche. Y cuando empezó este lío de la cuarentena vimos que era posible otra forma. Ahora armamos 40 reuniones en distintas partes del país sin movernos”, comienza relatando en la charla con Tranquera Abierta.
¿Cómo nace tu vínculo con el agro?
Es de la cuna. Las primeras hectáreas de La Arboleda, como se llama nuestra empresa, que es familiar, de mi padre, mi hermano y mía, las compró mi abuelo paterno a quien no pude conocer, porque nací dos años después de que falleciera. En aquel momento eran ciento y pico de hectáreas. Era médico cirujano, se dedicó a la política, pero oriundos de Carlos Casares. Nació en Argentina y su padre había venido de Génova. Pero mi abuelo se fue a estudiar y se recibió de médico en Italia, y regresó a hacer su vida acá.
No era alguien formado en el campo...
No lo había pensado, pero tenemos una tradición de mi abuelo, mi papá y yo de no habernos formado, ni era la intención dedicarnos al campo. No somos agrónomos o veterinarios, y en el caso de mi abuelo no tenía cuna de campo, sólo compró un pedacito de tierra en su momento. Y lo tenía para venir, hacer reuniones porque se dedicaba a la política, comían asados y nada más. No era una unidad productiva para vivir de ella. Y a mi viejo le encantó. A los tres años andaba a caballo y siempre fue muy ganadero. Ama la ganadería. Y hoy a los 83 años es el asesor externo en crisis.
Con 83 años debe ser experto...
Uff! Da cátedra. Es muy interesante tener a alguien que está mirando desde otro lugar la película. Sobre todo para no desfallecer en la queja, en la desesperación y en la desesperanza. La cuestión es que mi abuelo era médico, mi papá ingeniero electromecánico porque quería preparar autos de carrera aunque su pasión puesta en las vacas, el asado y las yerras estuvo presente. Él trabajaba de ingeniero durante la semana y venía el fin de semana; y fue comprando de a poquito pedacitos de campo. En esa época no existía el paradigma sojero de hoy; con un crédito bancario podías comprar. Hoy eso es impensado. Era otro mundo.
¿Y entonces?
Finalmente largó su trabajo de ingeniero electromecánico y comenzó a dedicarse 100% a la ganadería. Esta zona de Carlos Casares era mixta, sobre todo antes del paradigma sojero. Después, se sembró soja hasta el los bajos salitrosos, cuando estaba a US$ 600. Y eso barrió con ganadería y tambos. Pero lo cierto es que mi viejo comenzó haciendo trigo y girasol, no había tambo. La loca del tambo soy yo. Y por eso creo que el nivel de locura familiar aumentando.
Y complicando...
Claro! Como estamos medios locos si no hacemos cosas desafiantes nos aburrimos. Lo cierto es que mi viejo hacía girasol y trigo, la gruesa y la fina en ese momento. Casares es la cuna nacional del girasol y se hace la fiesta, cosa que viene de aquella época. Ahora se hace muy poco. Cuando entró el gen brahman empezó a hacer braford y brangus y a alquilar campo en Goya. Y siempre con una máxima que era: para estar cubierto hay que estar endeudado en pesos y tener todas las patas que puedas porque a esas no hay corralito ni corralón que las agarre. Entonces siempre pensaba en alquilar más campo y comprar más vacas. Y así creció mi papá, siempre endeudado hasta la manija; siempre rogando que no viniera una crisis climática para poder cosechar y pagar las deudas. Y por supuesto que más de una vez no pudo afrontar esas deudas. Mi viejo te relata la vida campera entre sequías e inundaciones. Y recuerda la sequía del 60 y pico, la inundación del 70 y pico, y va dibujando la hoja de ruta, los mojones. En ese contexto nací yo.
Pero tenés un hermano...
Tengo un hermano varón que en la cabeza de mi viejo era el que iba a continuar con el legado del campo. Pero por suerte en la vida muchas veces las cosas no salen como las pensamos. Y por eso es divertida. Mi hermano no distingue un novillo de una vaca. Viene al campo a comer a fin de año y se dedica a otra cosa que no tiene nada que ver con el campo. En cambio yo venía al campo desde muy chica, llegué en el moisés. Y salí bichera, tengo fotos de muy chica dándole la mamadera mamadera a un chivito, con los perros.
¿Y dónde vivías de chica?
Vivía en Capital, donde hice la primaria y la secundaria y me venía en las vacaciones de verano al campo. Y algunos fines de semana que nos tomábamos el tren con mi mamá y mi hermano y llegábamos a las tres de la mañana en pleno invierno a la estación de Casares.
¿Y en la facultad, qué estudiaste que dijiste que ninguno de la familia se formó para el campo?
Soy licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales y pensaba entrar a Cancillería, y hablo varios idiomas, que a la vaca le da lo mismo, digamos. Y en realidad quise estudiar Letras. Pero mi viejo me cuestionó eso, si iba a estudiar Letras de qué iba a vivir. Muchos años de terapia tuve que hacer para superar eso. Y me fui a estudiar Ciencias Políticas. Y por ahí se piensa en política como sinónimo de partido, y en realidad es todo. Es política gremial agropecuaria también, que es donde finalmente me metí.
Ahí hay algo del abuelo...
Claro! Me hubiera encantado conocer a mi abuelo porque era todo un personaje. Mi abuelo pintaba, era médico, cirujano espectacular. Y como que genéticamente agarré para ese lado, porque mi viejo nunca se metió en nada.
¿Y cómo llegás al tambo?
Mi viejo en ese momento había puesto un par de tambitos para tener efectivo todos los meses. Porque si uno hace ganadería o agricultura tiene baches financieros importantes, y más si estás endeudado. Lo hizo por eso, pero nunca le interesó demasiado como unidad de negocio. Y cuando se divide el campo con una hermana de él queda un tambo de cada lado. Poco después me decido a dejar mi relación de dependencia y mi sueldo y caigo ahí.
De Capital a Casares, de las oficinas al campo...
Si, y fui aprendiendo todo metiéndome, preguntando. Siempre fui un moscardón. En Carbap un compañero de Saliqueló me puso “Comandante Taladro”. Y para aprender de tambo hay que saber de agricultura, de ganadería, de alimentación, nutrición.
¿Y por qué el tambo?
Para mí es un desafío armar grupos de trabajo. Y amo las vacas, las amo. Y las holando con su ubre a cuesta, me generaron siempre una fascinación especial. Medio literaria también. Porque de afuera es una cosa y después cuando entrás, la literatura queda de lado. Y me encantaban los terneritos y terneritas que estaban en las guacheras. Pero también la gente. Miraba esas personas en las madrugadas haciendo el tambo y me llamaba la atención ese mundo, me parecía fantástico.
Porque tambo es sinónimo de mucho esfuerzo, peleas de precios, dificultades por caminos...
Y además los 365 días del año. Es un tema de terapia también. Cuando uno mira y se pregunta por qué anduvo el camino que anduvo. Y no lo concibo si no fuera por mi participación en Carbap. Encontré mi otra cara de la moneda, la necesidad de canalizar la otra parte tranquera afuera. No me alcanzaba con hacer las cosas bien dentro del campo. Porque hay mucho por hacer afuera. Y siempre fui muy justiciera, de no poder quedarme quieta si veía que algo estaba mal. Me sirvió mucho de contención estar en Carbap y CRA, incluso de contensión emocional. El sentir que no estaba sola sinchando.
¿Cómo está la lechería hoy?
Hay mucho que evolucionó en los últimos 20 años y ni hablar de los robots para ordeñe que aparecieron en Europa por un problema generacional, porque los jóvenes no querían seguir los pasos de los adultos. En ese marco, la Argentina produce lo mismo, entre 10 mil y 11 mil millones de litro por año mientras Brasil, por ejemplo, produce el triple que hace 20 años. Y está claro que no todo es la macro, sino que hay cosas de la micro y de la cadena que están faltando. Entonces hoy tenemos la misma producción, con menos tambos y menos vacas. Desde el punto de vista del desarrollo territorial y de país federal, que se necesite ganar y ganar escala para poder sobrevivir es trágico. Por eso acá el promedio de vacas por tambo es de 170 y en Brasil es menor a 20. Y ellos triplicaron su producción. Y cuidado cuando puedan abastecer todo su mercado. Hoy todavía le exportamos. La realidad es que estamos mal. Por ahí tenemos robots en los tambos, pero seguimos con los mismos caminos de hace 50 años.
¿Y la ecuación económica?
Insisto con una frase que dije en 2018 para que se entienda la situación y porqué las devaluaciones nos hacen pomada. Y es que la vaca come dólares y le ordeñamos pesos. El 70% u 80% de los costos de un tambo están dolarizados. Y muchos alquilan en quintales de soja, lo que es peor. Y hay una cuenta fácil que es que si el kilo de soja cuesta más que el litro de leche cruda se encienden las alarmas, y es lo que ocurre. Y si se quiere sumar algo, todavía no sabemos el precio de la leche que entregamos septiembre y estamos en octubre.
¿Cómo te fue como dirigente del campo siendo mujer?, porque no hay muchas...
Hoy me doy cuenta que tomé muchas decisiones consciente y otras de manera inconsciente. Uno va por el camino y no tiene del todo claro lo qué le espera. Para mi fue maravilloso. Disfruté mucho. Cuando entrás a una entidad como Carbap es para aprender mucho y si encontrás buena madera, como es el caso, mucho más. Lo mismo que en CRA, donde hay buena gente. No se ven miserias de otras políticas. Entré y con mucha humildad fui aprendiendo porque no sabía nada, como con el tambo. Y fue de a poco, y te vas animando y ensayando. Y la gente te va abriendo puertas y uno se va ganando lugares. Y nunca jamás sentí ni objetivamente tuve ninguna limitación por ser mujer. Al contrario. Con el único que tuve un tema cultural fue con mi papá, a quien le tuve que demostrar que quería de verdad meterme en el tambo y que podía. Esa parte sí fue dura.
¿Cómo ves la Argentina desde un tambo?
El problema del campo, de la lechería y del país en general es el mismo, y es la institucionalidad, el estado de derecho, el marco normativo, el contrato social, las reglas de juego. Argentina no consolidó su institucionalidad, y lo estamos debatiendo. Y desde la vuelta de la democracia para acá, fue frágil. Y todas las economías regionales están iguales