Antes de convertirse en lo que se convirtió, Vargas Llosa escribió libros memorables. El mejor de todos, “Conversación en La Catedral”, no sólo es maravilloso sino, además, imposible. Es una imposibilidad que existe. En el inicio de la novela, Santiago, que mira la avenida Tacna sin amor, se pregunta:“¿En qué momento se había jodido el Perú?”. Y, porque no puede desprenderse del país en el que vive, también piensa: “¿En qué momento se había jodido él mismo?”.
Los pueblos desaprenden. Retroceden. Argentina, que hace cuatro décadas pareció cerrar definitivamente una puerta, es desde el jueves un país distinto, un país que volvió a cruzar la línea, en el que es posible que una persona, un desequilibrado o lo que sea, le ponga un arma a una figura política en la cara y trate de matarla. Cristina fue la víctima que tuvo la fortuna de que la bala no saliera, pero, en definitiva, las víctimas somos todos. Como dice Santiago, todos jodidos. Porque cuando la política abandona el terreno de la contraposición discursiva y pasa al terreno de la eliminación física, se puede marcar un inicio pero difícilmente un final.
En un ejercicio contrafáctico, se podría imaginar cómo estaría hoy Argentina si esa pistola Bersa hubiera funcionado. Probablemente sería, por estas horas, un país enormemente más violento y difícilmente vivible.
De todos modos, es un episodio destinado a cambiar la política argentina, a redefinirla. Ya lo hizo. Desde el momento mismo en que Fernando Sabag Montiel gatilló.
Un hecho conmocionante como el que ocurrió frente a la casa de Cristina suele ser el punto máximo de un proceso de polarización extrema de un escenario político. Y difícilmente se salga de él, después de un intento de magnicidio, con una reconfiguración positiva de ese escenario.
Podría ser que el atentado actuara como un momento cúlmine que sirviera de toma de conciencia. Sin embargo, sería mucho pedirle a una dirigencia como la argentina. El estupor y el repudio generalizado, la necesidad de cerrarle el paso a la violencia, duraron apenas unas horas. Después, volvió a instalarse la polarización. Cada uno siguió jugando su juego, un juego en el que participa el fuego.
Tal vez se trate de un clima de época que trasciende a Argentina, pero el país se ha dividido básicamente en dos polos no sólo incompatibles sino irreconciliables. Uno excluye al otro. Y si hay que sondear en las responsabilidades, pueden encontrarse tanto en la oposición como en el oficialismo.
El discurso que ha desgranado el Frente de Todos a partir de que el clima político se tensó -en un período que va desde el alegato de Diego Luciani al atentado de Sabag Montiel- ha pasado por dividir nuevamente el tablero sobre la base de una dicotomía básica: la oposición -en el sentido amplio del término- es el odio y, por lo tanto, el Frente de Todos es el amor. Todo lo que no sea oficialismo, kirchnerismo o cristinismo está dominado por un sentimiento elemental y destructivo como es el odio.
Esa lógica política es de un simplismo abrumador. Si bien es cierto que hay discursos extremos en la oposición, atravesados por la inexistencia de una idea que vaya más allá de la descalificación del otro, también es verdad que pueden encontrarse elementos con esas características en el oficialismo. El kirchnerismo encuentra su base de construcción en la confrontación. Es más, la tensión de los últimos días fue fogoneada por el cristinismo como una manera de provocar un sentimiento de identificación que encolumnara al peronismo y que, a la vez, hiciera inviable una condena judicial contra la vicepresidenta.
El oficialismo desgranó un discurso excluyente. Y Juntos por el Cambio, fundamentalmente el Pro, tuvo expresiones abiertamente desafortunadas como la de Patricia Bullrich o actitudes que no están a la altura, como la de ayer, cuando abandonó el recinto de Diputados en la sesión especial convocada a raíz del atentado.
De uno y otro lado siguen entendiendo que tensar la cuerda, que sostener la polarización extrema y convertirla en un recurso electoral son las conductas adecuadas para un momento como el actual.
La oposición, más específicamente el Pro, no ha hecho más que exponer en las últimas semanas, y más que nada en las últimas horas, una de sus principales falencias políticas: carece de un liderazgo definido y, ante esa orfandad, lo que se impone, lo que termina prevaleciendo, son sus componentes irracionales, violentos, que parecen marcar el rumbo discursivo y político.
A la vez, Juntos por el Cambio en su conjunto está atravesado por la contradicción interna. Ya lo había conseguido Cristina antes del atentado y esa situación se profundizó desde el jueves a la noche. Lo expuso Gerardo Morales, presidente de la UCR y gobernador jujeño, cuando pidió públicamente que esa fuerza opositora prescinda de sus representantes más extremos.
Otra evidencia de la desorientación de Juntos -una denominación que ya es pura ironía- se evidenció en la sesión de ayer, con el radicalismo y la Coalición Cívica en el recinto y los diputados del Pro cayendo en la sobreactuación.
La atomización del liderazgo es un problema que ya no padece el peronismo a nivel nacional. Si los episodios posteriores al alegato de Luciani habían encolumnado al oficialismo y a sus socios detrás de la figura de Cristina, el atentado no hizo más que afianzar ese movimiento.
La vicepresidenta es hoy la dueña absoluta del espacio peronista nacional. ¿Quién va a discutirla? ¿Quién va a contrariarla cuando haya que definir una decisión de gobierno o la composición de una lista?
Cristina había conseguido abroquelar al peronismo y dividir a la oposición con una lógica discursiva discutible: su argumentación de que es una perseguida a la que pretenden proscribir. Pero ahora lo que se impone es un elemento indubitable, basado en un hecho y no en una interpretación: es una dirigente política a la que quisieron eliminar físicamente.
Cristina reviste desde el jueves una categoría que no tuvo ningún otro político argentino, que es inédita al menos en la historia reciente: ningún otro político en carrera para la Presidencia sufrió un atentado contra su vida. El sentimiento de identificación que ese episodio puede generar y, por lo tanto, el efecto político-electoral derivado es todavía imposible de dimensionar.
Lo cierto es que Cristina podrá ser de ahora en más lo que se proponga. Por supuesto, de piso, candidata a Presidenta. ¿Quién otro podría ser en este contexto? Sergio Massa acaba de quedar eclipsado tanto como el resto de los dirigentes del Frente de Todos.
Pero, además, hay otras derivaciones de lo que ocurrió el jueves por la noche:¿a qué juez se le ocurriría hoy, en estas condiciones políticas y sociales, emitir una sentencia condenatoria en contra de Cristina? Los jueces, en teoría, deberían abstraerse del contexto y enfocarse en la causa pero si no lo hacen en procesos de menor trascendencia, ¿por qué lo harían cuando está en juego no sólo la libertad de la vicepresidenta sino la paz social en el país?
El atentado parece haber obturado la condena judicial pero también otras posibilidades políticas. Por ejemplo, ¿quién se imagina ahora la factibilidad de una tercera vía que se salga de la grieta por arriba como la que venía configurando Juan Schiaretti? En el país, aunque pueda haber un número aún indeterminado de candidatos, lo que ha vuelto a predominar es el antagonismo bipolar. Un antagonismo que orbita alrededor de una figura política: a favor o en contra de Cristina.
La vicepresidenta tiene hacia adelante el camino despejado para una eventual candidatura. Al menos en el plano político. Pero todavía quedan 15 meses de Alberto Fernández y, si bien la agenda hoy está conmovida y monopolizada por el intento de magnicidio, el elemento que puede complicar a Cristina sigue siendo la economía. La crisis ha quedado en segundo plano por el momento pero es un monstruo que sigue al acecho.
El intento de magnicidio abrió en el país un período imprevisible. Más aún de lo que es habitual en Argentina. El viernes, durante la marcha que se hizo en Río Cuarto, la concejala Mariela Gatica arengó a los militantes kirchneristas y les advirtió: “Prepáranse porque lo que se viene no es para cagones”. Tal vez sí. A lo mejor, lo más sano para el país, para que no estemos definitivamente jodidos como el personaje de “Conversación en La Catedral”, es que en los puestos de conducción haya algunos cagones que digan: “Gente, pasamos un límite. Aflojemos un poco para que no se vaya, otra vez, todo definitivamente al carajo”.

