Un aporte argentino a la búsqueda de una solución global
En un momento en que la pandemia de Covid-19 tiende a ingresar en una fase cada vez más crítica, con un sensible aumento de contagios registrados y de muertes como consecuencia de la enfermedad, el anuncio de que una de las vacunas en desarrollo se probará en la Argentina ha sido recibido con beneplácito tanto por las autoridades nacionales como por la comunidad científica del país. La participación activa en la búsqueda de respuestas frente a la gigantesca calamidad sanitaria que se ha abatido sobre el planeta constituye un honor y un compromiso que trasciende las posibles ventajas que podrían obtenerse de ella, aunque desde luego éstas suministran un estímulo adicional sobre el cual resulta inevitable depositar grandes expectativas.
Las investigaciones en busca de la obtención de una vacuna se pusieron en marcha poco tiempo después de la identificación de una enfermedad para la cual también se está intentando encontrar tratamientos específicos. La que se ensayará en la Argentina aparece como uno de los proyectos con mejores perspectivas entre la docena que están en marcha, tanto por la trayectoria y la reputación de los laboratorios involucrados como por el hecho de haber superado la etapa incial de las pruebas en Alemania y los Estados Unidos.
En la elección de la Argentina como escenario para dar continuidad a la iniciativa pesa un argumento que ciertamente habla bien del país, como es la capacidad técnica para abordar una tarea que exige tanto un buen nivel de formación en los profesionales intervinientes como experiencia en la realización de estudios clínicos. También hay otro que supone la asunción de una realidad desagradable aunque desde luego ya conocida: el pico de contagios que enfrenta el país en este momento, otra de las condiciones necesarias para que un estudio destinado a comprobar si la vacuna funciona tenga sentido.
En cambio, con la selección no parece tener nada que ver la relativamente buena performance del país, reconocida en diferentes foros mundiales y a través de varias publicaciones, en cuanto al enfoque para ralentizar la expansión de la enfermedad y achatar la curva de contagios. Lo que no deja de tener lógica: si ese factor fuera tenido en cuenta, no podría ser Brasil escenario de un ensayo masivo de similar naturaleza, a partir del acuerdo con la Universidad británica de Oxford dado a conocer recientemente.
En cualquier caso, cabe esperar el éxito de la iniciativa, y si éste se produce, la concreción de la posibilidad de obtener para el país un acceso privilegiado a la vacuna en cuestión una vez que a la ya aparentemente comprobada ausencia de efectos colaterales graves se sume la deseada efectividad. Por lo pronto, se trata de una noticia que echa algo de luz en un panorama oscurecido por las señales de agotamiento frente al aislamiento y de creciente irritación social.