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Una política sin Cristina

El impacto de la sentencia y la renuncia de la vicepresidenta a una candidatura. La lectura del kirchnerismo, que ve en el fallo ya no una persecución sino un intento de anulación de la política

Argentina cumplió ayer 39 años de democracia ininterrumpida. Una excepcionalidad para un país que encadenó durante toda su historia, pero sobre todo en el siglo XX, golpes de Estado, proscripciones, violencia, desapariciones de personas, apropiaciones de niños.

El país parece haber dejado atrás la violencia como método -no como discurso-. Aunque, por supuesto, ninguna conquista, ningún avance puede ser considerado definitivo sino un bien a resguardar.

En los 39 años que pasaron desde aquella asunción de Raúl Alfonsín, se sucedieron esperanzas casi siempre acompañadas por decepciones, por frustraciones populares. Las expectativas casi siempre sobrepasaron a los resultados. Sin embargo, mayoritariamente, no hubo una desacreditación del sistema ni se puso en duda, salvo excepciones lamentables, que siempre es preferible que el voto sea soberano y no ausente. Los gobiernos se equivocan, o defraudan, o eligen un rumbo contrario a los intereses generales, pero en Argentina parece existir y resistir el acuerdo de que es superador vivir en democracia.

El aniversario coincide con un tiempo particular del país, siempre afecto a sus particularidades límite. Sumido, otra vez, en una crisis económica extrema se enfrenta a una nueva decepción -el gobierno de Alberto Fernández- pero sobre todo a un momento que algunos, los militantes y dirigentes kirchneristas, entienden como un menoscabo a la democracia ejercido a través de la condena a Cristina Fernández, vicepresidenta en ejercicio, a 6 años de prisión e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos. Un tribunal, anatemizado por el oficialismo, la encontró culpable de defraudar al Estado en la concesión de obras durante su gobierno.

¿Dónde se encuentra el peligro para la democracia? En que, según el kirchnerismo, el fallo no es un pronunciamiento para impartir justicia sino un instrumento del poder real -un contubernio entre dirigentes de derecha, jueces y empresarios- para proscribir a Cristina, una líder con un porcentaje considerable de adhesiones, y evitar que vuelva al poder.

Pero además no sería una sentencia sólo para sacar de la escena a Cristina sino que, además, tendría un componente disciplinador: todo aquel que se atreva a gobernar en un sentido contrario a los intereses económicos de los grupos concentrados, puede ir a parar a la cárcel.

En un interesante artículo publicado en Anfibia, el filósofo cordobés Diego Tatián sostiene que el sentido último de la sentencia contra Cristina es la destrucción de la política como instrumento de una posible vida justa. “No siempre hay política. La hay -como en América Latina desde hace algunas décadas, con intermitencias- cuando se ponen en cuestión las estructuras de poder existentes y se interrumpe, al menos de manera parcial, el circuito de la dominación. La hay cuando se activan derechos (...) Las clases dominantes no hacen política; más bien la impiden”, dice Tatián.

Esa mirada apareció corroborada por una información bochornosa que -seguramente no de manera casual- fue publicada el domingo previo a conocerse la sentencia: el viaje de un grupo de funcionarios macristas, empresarios de Clarín, jueces y fiscales a Lago Escondido para pasar unos días -de disfrute o de conspiración- en la estancia del empresario norteamericano Joe Lewis. Lo peor no fue el viaje sino el episodio posterior: los chats en los que se puso en evidencia que ese grupo no escatimó en recursos, incluso de corte mafioso, para tratar de impedir que su estadía en la Patagonia se hiciera pública.

Esa amalgama es, para el kirchnerismo, no un episodio más sino un síntoma: la demostración de que existe una confabulación para destruir a Cristina y lo que representa. La Justicia no es Justicia sino pelotón de fusilamiento, dijo la propia vicepresidenta. Es decir, el kirchnerismo opera a través de una deslegitimación del poder judicial como instancia capaz de establecer un juicio de valor sobre la conducta de la expresidenta.

Uno de los preceptos de la democracia es la igualdad, incluso desde el acto mismo del voto: todos valen uno, se trate de un poderoso o de un indigente. Y esa igualdad también se refleja en el tratamiento judicial de cada individuo: puede ser juzgado un pobre diablo y también Cristina.

Con un razonamiento en esa dirección, la democracia argentina no correría peligro con la causa y la condena contra Cristina sino todo lo contrario. De ahí que el kirchnerismo necesite del argumento deslegitimador de la Justicia para adjudicarle no un sentido justo sino exactamente el opuesto.

Esa deslegitimación se asienta sobre el desprestigio del Poder Judicial, que en las encuestas ocupa invariablemente los últimos lugares en términos de credibilidad.

La política se ha instalado tan en los extremos que los argumentos kirchneristas difícilmente sirvan para convencer a quien encuentra en Cristina a una dirigente que encarna la corrupción, los privilegios, la prepotencia. Es más un ejercicio de autorreafirmación que una construcción semántica y discursiva destinada a incrementar el nivel de adhesión.

Pero, más allá de la sentencia en sí misma y de la interpretación sobre el Poder Judicial, prevalece en el kirchnerismo una estructura de pensamiento que consiste en adjudicarle a Cristina puramente categorías positivas. Y hay dos efectos principales derivados de ese mecanismo: quien lo hace suyo abandona su actitud crítica porque no se puede cuestionar lo que es la encarnación de todo lo que está bien y, además, es víctima de todo lo que está mal; y con respecto a la propia Cristina la reviste de un carácter ya no político sino cuasi religioso, una especie de infalibilidad pontificia.

Para la generalidad del kirchnerismo, la política es Cristina y una sentencia en su contra es la anulación de la política. El problema es que hay ahí una negación de la diversidad que necesariamente debe tener la política. Cualquier pensamiento que se aleje de los cánones fiscales y morales que establece el kirchnerismo es espurio, avieso, malintencionado: es una configuración política incapaz de concebir que alguien pueda pensar de manera diferente sólo por eso: porque piensa diferente.

El hecho político más significativo del 6 de diciembre, más incluso que la sentencia, fue el anuncio de Cristina de que el año próximo no será candidata a nada. Esa renuncia reconfigura sin dudas el tablero en el oficialismo y, posiblemente, en la oposición.

Como primera medida, no habría proscripción posible: no puede ser proscripto quien se autoexcluye. Y tal vez una de las razones principales de que la vicepresidenta haya decidido no competir no se encuentre sólo en su situación judicial sino, sobre todo, en que se le están haciendo vanos sus esfuerzos por separar los resultados del gobierno actual de su propia imagen. Cristina, a su pesar, aparece atada a Alberto.

Si la vicepresidenta no es candidata en el oficialismo, ¿entonces quién? El Frente de Todos necesita, si quiere ser competitivo, ampliar su base y no limitarse a una candidatura que sólo le garantice el voto ya convencido.

Por eso, las miradas comenzaron a posarse en Sergio Massa, ministro de Economía y eterno aspirante a la Presidencia. Sin embargo, esa posibilidad está atada a otra: a que se reduzca la inflación porque, de lo contrario, Massa será, indefectiblemente, la cara del 100 por ciento anual.

Pero así como reconstituye al oficialismo, un escenario sin Cristina también alcanza a la oposición. Un actor que está mirando con atención lo que ocurre en el tablero nacional es Juan Schiaretti. Porque la jugada de la vicepresidenta instala un interrogante: si el Frente de Todos no opta por los extremos sino que empieza a correrse al centro, entonces ese supuesto espacio vacío entre un polo y otro ya no está libre sino en disputa. El río para pescar es más delgado.

En el schiarettismo aseguran que su estrategia no cambiará, que seguirán apostando a construir una opción nacional por fuera del Frente de Todos y de Juntos por el Cambio y que esa estrategia tiene un sentido principal: conservar Córdoba y tener un rol en el país que viene.

¿Qué alquimia puede ensayarse en esa dirección? Por ahora, los mismos acuerdos que ya se sondearon con radicales y con otras fuerzas. Pero, dicen cerca del gobernador, la táctica va mutando ante una realidad argentina que no permanece igual a sí misma ni cinco minutos.