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Argentina aplica 580 millones de litros de fitosanitarios por campaña

La agricultura argentina no puede prescindir completamente de los productos fitosanitarios sin poner en riesgo el volumen y la calidad de la producción, en un planeta -además- en el que la demanda de alimentos se intensifica

Un reciente trabajo del Inta titulado “Los productos fitosanitarios en los sistemas productivos de la Argentina. Una mirada desde el Inta”, remarca que la Argentina se caracteriza por tener un importante consumo anual de productos fitosanitarios, muchos de los cuales son de origen nacional por síntesis o formulación y muchos son importados. Y detalla que en las 36 millones de hectáreas cultivadas, se utilizan 230 millones de litros de herbicidas y 350 millones de litros de otros fitosanitarios.

Por su parte, los envases necesarios para su comercialización generan unas 17.000 toneladas de polietileno cada año.

“Cuando se analizan las estadísticas del mercado argentino de fitosanitarios, se puede observar claramente una tendencia creciente en su uso, pasando de 151,3 millones de kilogramos o litros de productos comercializados en el año 2002, a 225 millones de kilogramos o litros en 2008, y cerca de 317 millones de kilogramos o litros en 2012 (según estadística de Casafe correspondientes a ese año)”, señala el trabajo de Instituto.

Siendo éstas las últimas estadísticas referidas al mercado de fitosanitarios publicadas por la Casafe, posteriormente se han publicado resúmenes. En el año 2016 hubo un aumento del volumen vendido del 13 % respecto del año anterior, debido principalmente al incremento de la superficie sembrada de trigo y maíz y a la problemática de malezas resistentes. Se destacan en importancia los herbicidas, y en segundo lugar los insecticidas con un volumen comercializado de 17,6 millones de litros.

Existen en el mercado argentino cerca de 5.387 productos formulados registrados en el Senasa. Los herbicidas son el grupo mayoritario con 43%, seguido por los insecticidas y fungicidas. El resto, léase acaricidas, nematicidas, molusquicidas, reguladores de crecimiento, etc., no superan el 14%.

El trabajo además va avanzando sobre la espinosa discusión relacionada al uso de los fitosanitarios y la necesidad de garantizar alimentos para una población mundial que particularmente en este contexto se encuentra en muchos casos en una vulnerabilidad más aguda.

“La población mundial alcanzará a 8.000 millones de personas en noviembre de este año. Así lo estimó la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en el informe Perspectivas de la Población Mundial. Esto plantea la necesidad de aumentar la producción de alimentos y de disminuir su desperdicio que, según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación –FAO, por sus siglas en inglés– es de 1.300 millones de toneladas anuales, un tercio de lo producido cada año”, comienza el informe del Inta que rápidamente pone en tensión las necesidades de incrementar la producción de alimentos.

“Como si fuera poco, las exigencias de los mercados se incrementan al ritmo del crecimiento demográfico. Así, cuestiones tales como los aspectos ambientales, sociales y éticos de los procesos productivos cobran mayor protagonismo. Es decir, hay que producir más alimentos, de un modo más eficiente y sustentable. El desafío es enorme”, remarca el trabajo.

Desde el Inta admiten esta problemática y plantean a la intensificación sostenible como la estrategia productiva que permitiría hacer frente a este escenario global. En un reciente informe sobre el rol de los productos fitosanitarios de síntesis química en las producciones agropecuarias, los especialistas destacan que es posible “incrementar la productividad y rentabilidad con un menor impacto ambiental, de la mano de una reducción gradual de insumos externos”.

En esta línea, el informe confirma que “la agricultura argentina no puede prescindir completamente de los productos fitosanitarios sin poner en riesgo el volumen y la calidad de la producción”.

Esta premisa es argumentada, además, por el informe “Farming without plant protection products” de European Parliamentary Research Service que asegura que si no se usaran estos productos, los rendimientos se reducirían entre un 19 y un 42 por ciento, dependiendo del cultivo. Por su parte, los ensayos de más de 100 años de Rothamsted Research del Reino Unido se refieren a los rendimientos obtenidos a partir del uso de agroquímicos.

En esta línea, Jorgelina Montoya –coordinadora del proyecto estructural gestión sostenible de fitosanitarios y especialista del Inta Anguil, La Pampa– se refirió al rol de los insumos de síntesis química para garantizar los rendimientos de los cultivos a fin de poder alimentar a un mundo cada vez más habitado. “Son vastos los antecedentes que demuestran que sin el uso de fitosanitarios las pérdidas en manos de las plagas serían significativas”, señaló.

“Sin embargo, es clave apuntar a una optimización en el uso de fitosanitarios: conocer los procesos que definen su comportamiento ambiental, como así también los factores y tecnologías de manejo de los cultivos y de las plagas, y, por ende, en el manejo de los fitosanitarios”, agregó Montoya.

Por su parte, Luis Carrancio –director del Inta Oliveros, Santa Fe–, dio un paso más y reconoció que “los agroquímicos son una herramienta necesaria, pero riesgosa” y puso especial atención en “la necesidad de manejarlos correctamente”.

Carolina Sasal –especialista del Inta Paraná, Entre Ríos– coincidió con Carrancio y subrayó que “los fitosanitarios son una herramienta, pero no la única” y, en esta línea, destacó la importancia de “considerar otras estrategias de manejo que son alternativas y complementarias como el uso de bioinsumos, rotaciones, controles mecánicos y manejo de fechas de siembra que permiten un menor uso de insumos químicos”.

A su vez, Eduardo Trumper –coordinador del programa de protección vegetal y especialista del Inta Manfredi, Córdoba– aportó una mirada más amplia: “Prescindir o no de los fitosanitarios dependerá del encuadre de cada productor, dado que hay situaciones muy heterogéneas y concepciones diversas de la agricultura, todas válidas según lo que se priorice”.

Carrancio profundizó este concepto y reconoció que “el uso de insumos químicos es una práctica muy arraigada en los actuales sistemas productivos que resulta difícil cambiar, a pesar de que existen alternativas, como la agroecología”. De todos modos, reconoció que, “si bien, es una opción viable, su alcance es limitado”.

Para hacer frente a las adversidades bióticas que afectan a la productividad y calidad de los cultivos, el productor tiene disponible un amplio abanico de estrategias de manejo capaces de ser complementarias entre sí.

En esta línea, Trumper aseguró: “Hay diversas estrategias productivas disponibles que deben ser consideradas antes de la siembra y permiten reducir el uso de insumos, tales como el uso de variedades resistentes a plagas. Además, es necesario fortalecer el monitoreo, el uso de criterios sólidos para la toma de decisiones y, cuando se justifica, aplicaciones eficientes y precisas”.

Con respecto a este último aspecto, el informe subraya la “necesidad de poner el foco en el uso eficiente y responsable de los fitosanitarios a fin de evitar las fugas del agroecosistema, entendidas como Buenas Prácticas Agropecuarias (BPAs)”. Es que, según se detalla, las malas prácticas generan “un impacto en el ambiente y en la salud, vinculadas con el aporte difuso de plaguicidas por deriva directa o indirecta, escurrimiento o erosión, o bien el lavado de equipos aplicadores sobre cursos de agua o la disposición final de los envases vacíos”.

En este sentido, Trumper no dudó en asegurar que “hay una tendencia global de ir hacia una producción agropecuaria en transición hacia un menor uso de insumos de síntesis química”. Y, en este punto, Sasal reconoció que “hay una tendencia global y una mirada social que nos impulsa a ir hacia sistemas productivos con un menor uso de insumos químicos” y agregó: “Debemos aprender a producir de manera rentable, pero sin impacto ambiental”.