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¿Por qué la bioconstrucción puede ser una gran aliada?

Aunque es común decir que corren por carriles separados, las técnicas de construcción de la bioarquitectura pueden traer consigo importantes beneficios, tanto económicos como ambientales

Aunque es común decir que corren por carriles separados, las técnicas de bioconstrucción pueden ser un gran aliado de los sistemas convencionales.

No solo desde lo económico -en donde puede contribuir a ahorrarnos hasta un 20 por ciento en los costos de construcción- sino en lo que es más importante aún: la posibilidad de disminuir la huella ecológica que insume cada obra (lo que constituye la razón de ser de la bioarquitectura).

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El arquitecto cordobés Armando Gross, referente en bioarquitectura y acérrimo defensor de la implementación de técnicas “sustentables y sostenibles”, resaltó la importancia de recurrir a materiales propios de cada región y de implementar técnicas constructivas que contribuyan a reducir el impacto ambiental de una obra.

Al mismo tiempo, destacó que tal adopción implica recuperar las técnicas ancestrales y combinarlas con las actuales, que habitualmente se implementan a partir de la provisión de materiales del mercado.

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"La Serranita". El predio en el valle de Paravachasca donde Gross montó su casa y estudio, junto a domos de arquitectura geodésica, todo con técnicas de bioconstrucción.

“Antes de la revolución industrial, en el mundo todo era bioconstrucción, es decir, se construía con los materiales que existían en el lugar. Hoy no podemos ignorar cómo se construye en cada lugar. En Argentina, desde el sur hasta La Quiaca construimos con ladrillo cerámico, que es lo que llaman erróneamente ‘construcción tradicional’, pero en realidad lo tradicional es la construcción con tierra cruda”, señala el arquitecto Gross.

Y agrega: “Hoy tenemos un enorme capital de know how aprendido en el hacer y tendríamos la factibilidad de empezar a mezclar la tecnología y los saberes, interactuando con estas tecnologías que son milenarias. La construcción convencional contamina antes, durante y después de su uso, porque cuando un edificio deja de funcionar y necesita ser demolido, los materiales no se pueden desactivar por sí solos y para ello también se necesita de energía”.

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Desde el estudio “Van-Gross”, que comparte junto a su colega, el arquitecto explica que desde hace una década se dedica íntegramente a ejercer su profesión desde la bioarquitectura y que la tangibilidad de los resultados logrados en las distintas obras se convierte en agente multiplicador de adeptos que requieren ese tipo de bioconstrucciones amigadas con el medio ambiente.

Hoy tenemos un enorme capital de know how aprendido en el hacer y tendríamos la factibilidad de empezar a mezclar la tecnología y los saberes. Hoy tenemos un enorme capital de know how aprendido en el hacer y tendríamos la factibilidad de empezar a mezclar la tecnología y los saberes.

“En la actualidad es muy posible tirar puentes tecnológicos y nosotros lo estamos haciendo, por ejemplo, en el reemplazo del molón de telgopor -que se utiliza al momento de construir una losa nervurada y que es un derivado del petróleo- por fardos de cortadera, que brindan excelentes resultados y tienen una huella ecológica baja en función de que son rápidamente recuperables”, ejemplifica.

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El arquitecto Gross en plena preparación de una losa nervurada para la que se recurrió al uso de fardos de cortadera. (Foto: gentileza Comercio & Justicia)

El arquitecto Gross en plena preparación de una losa nervurada para la que se recurrió al uso de fardos de cortadera. (Foto: gentileza Comercio & Justicia)

En ese sentido, Gross se muestra determinante al manifestar que “son posibles las combinaciones híbridas para obtener un descenso de la huella de carbono de la arquitectura”.

“Si cocinar rico y sano, es posible. Construir y diseñar con materiales que no contaminen, también, y ese objeto puede obtener cualidades pasivas, es decir, que no necesite de energías extra tanto para refrigerar en verano o como para mantener el calor en invierno”, señala el profesional. Y reflexiona: “La arquitectura pasiva es la arquitectura del futuro”.

“El prejuicio fue el gran limitante

Para Gross el principal limitante que tenía la bioconstrucción eran los prejuicios que existían al momento de su implementación y considera que existen intereses creados “de una industria que lo único que le preocupa es producir divisas y ganancias, sin importarle la biocapacidad del planeta”.

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“Cuando nosotros señalamos que la bioarquitectura está por fuera de un circuito industrializado, no es porque la industria sea un enemigo, sino que son los modelos -o los modos de industrializar- lo que nos diferencia de ello”, aclara.

Por otra parte, apunta también a los históricos programas académicos de las facultades de Arquitectura que no contemplaban en su currícula la enseñanza de las bases de la bioarquitectura.

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“En la Facultad nunca vi bioconstrucción. Solo vi construcción con tierra en la cátedra de Historia, pero no se la consideraba como una técnica moderna. Eso fue un grave error y por suerte eso está cambiando”, comenta.

Desde hace cuatro años Gross dicta junto a su equipo de profesionales un curso-taller de Bioconstrucción (TABI) en la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño, de la Universidad Nacional de Córdoba, y brinda capacitaciones a colegas interesados en el tema.

“Decidimos poner semillas en tierra fértil”, resalta.

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En ese sentido, el militante de la bioarquitectura sostiene que “la bioconstrucción está creciendo de manera exponencial” y es determinante al aseverar que la misma “no tiene limitaciones”.

Es que a nivel mundial ya se construyen edificios en altura con estructuras de madera en países de Europa, como así también en Japón, por mencionar algunos ejemplos.

Bioarquitectura y urbanismo

Para Armando Gross, las mismas bases de la bioarquitectura son más que adaptables al momento de pensar el desarrollo urbano de las ciudades.

Considera que, materializada a través de la bioconstrucción, se pueden generar a través de la bioarquitectura nuevos eslabones y subsistemas.

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En ese marco, entiende que en la actualidad se torna sumamente necesario una interpelación para saber si el crecimiento de las ciudades va a seguir siendo de la misma manera que hasta ahora -con la creciente demanda de recursos energéticos que ello implica-, o bien, si puede pensarse en otros paradigmas donde la arquitectura forme parte de un subsistema y que la misma sirva como generadora de su propia energía.

“Hoy, es muy posible que la vivienda genere energía”, expresa Gross, al tiempo que trae a colación el término “permacultura” para resumir la necesidad de promover una cultura permanente que conduzca hacia la tan ansiada “sustentabilidad sostenible”.

Por Javier Borghi
jborghi@puntal.com.ar