Nima Sarkesick: más allá del piano
El gran pianista franco-iraní saca al instrumento de su zona de confort y al concierto de su forma prototípica, envolviendo al espectador en una espiral que sorprende y puede incomodar a los tradicionalistas.
Enjuto, decidido, eléctrico, orlado por sus rulos, Nima Sarkenick ingresa a la sala flanquedo por dos bailarinas. Y los tres, circulando alrededor del piano empiezan a esparcir libros aquí y allá, sin palabras, convocando al enigma.
Para cuando se sienta al instrumento que lo ha hecho mundialmente reconocido por sus cualidades interpretativas, ya todos los asistentes a su concierto saben que nada común les espera.
De a poco, con una técnica que además de sorprender por su pureza está al servicio de una expresividad desbocada, el pianista franco-iraní despliega sus recursos en un concierto que se asemeja a una cinta sinfin.
Si bien el oido más entrenado puede advertir que la cración de grandes compositores de la historia de la música rondan por allí (el repertorio apunta Brahms y Schubert) es posible desempolvar acentos de su propia cosecha.
No hay prácticamente espacio entre movimientos sino un desarrollo compacto y arrollador que muestra al pianista en la plenitud de sus facultades, imponente en sus ataques y delicado en sus “piannisimos”.
La música es el puente para cruzar hacia otros lenguajes, lo que se hace evidente en la evolución de esas bailarinas que lo acompañaron al comienzo y lo rodean episódicamente para seguirlacon sus cuerpos.
Con estilos diferentes, las formas de la danza española y la libertad expansiva de la danza moderna puesta en escena por artistas locales, las bailarinas sostienen magníficamente ese diálogo.
Y como si todo esto fuera poco, dirán los espíritus más conservadores, acaso fastidiados, frente al pianista se yergue un gran escaparate en el que el artista plástico Matías Tejeda para hacer su interpretación de lo que allí sucede.
Lo que sucede, en principio, es la música, poderosa, inquietante, infinita, una espiral que parece cosa de nunca acabar y que, después del asombro, va envolviendo como una telaraña hilada con detalles de pura emoción.
Un concierto común, por maravilloso que sea, bien puede ilustrarse con una única toma fotográfica dada la casi inmovilidad del intérprete: tiene fines casi exclusivamente ilustrativos.
El de Nima Sarkesick necesitaría de una sucesión de tomas, disparadas en el intento, inutil, de capturar esa secuencia extraña y voluptuosa que saca al instrumento de su zona de confort y al concierto de su forma prototípica.
Con su figura enjuta, con sus movimientos decididos y eléctricos, con sus rulos, con su concepto revulsivo y por sobre todo con su música, parece estar dispuesto crear yendo, siempre, un poco más allá del piano.
Ricardo Sánchez
Para cuando se sienta al instrumento que lo ha hecho mundialmente reconocido por sus cualidades interpretativas, ya todos los asistentes a su concierto saben que nada común les espera.
De a poco, con una técnica que además de sorprender por su pureza está al servicio de una expresividad desbocada, el pianista franco-iraní despliega sus recursos en un concierto que se asemeja a una cinta sinfin.
Si bien el oido más entrenado puede advertir que la cración de grandes compositores de la historia de la música rondan por allí (el repertorio apunta Brahms y Schubert) es posible desempolvar acentos de su propia cosecha.
No hay prácticamente espacio entre movimientos sino un desarrollo compacto y arrollador que muestra al pianista en la plenitud de sus facultades, imponente en sus ataques y delicado en sus “piannisimos”.
La música es el puente para cruzar hacia otros lenguajes, lo que se hace evidente en la evolución de esas bailarinas que lo acompañaron al comienzo y lo rodean episódicamente para seguirlacon sus cuerpos.
Con estilos diferentes, las formas de la danza española y la libertad expansiva de la danza moderna puesta en escena por artistas locales, las bailarinas sostienen magníficamente ese diálogo.
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Lo que sucede, en principio, es la música, poderosa, inquietante, infinita, una espiral que parece cosa de nunca acabar y que, después del asombro, va envolviendo como una telaraña hilada con detalles de pura emoción.
Un concierto común, por maravilloso que sea, bien puede ilustrarse con una única toma fotográfica dada la casi inmovilidad del intérprete: tiene fines casi exclusivamente ilustrativos.
El de Nima Sarkesick necesitaría de una sucesión de tomas, disparadas en el intento, inutil, de capturar esa secuencia extraña y voluptuosa que saca al instrumento de su zona de confort y al concierto de su forma prototípica.
Con su figura enjuta, con sus movimientos decididos y eléctricos, con sus rulos, con su concepto revulsivo y por sobre todo con su música, parece estar dispuesto crear yendo, siempre, un poco más allá del piano.
Ricardo Sánchez