“Así que pasen cinco años”
Autor: Federico García Lorca.
Versión y Dirección: Patricio López Tobares.
Asistente de Dirección: Federico Munt.
Elenco: Grupo Taller Barraca Teatral Río Cuarto: Emiliano Barrosco, Nina Bucciarelli, Yanet Cruz, Rosana Degiovanni, Dely Díaz, Yamila Di Tocco, Luis Fuentes, Carla Gentile, Katy Giacardi, Ariel López, Agustín Molina, Federico Munt, Henry Monetto, Laura Sánchez, Claudinne Siracusa, Tania Tapia y Patricio López Tobares.
Lo repitió vastamente Patricio López Tobares al anunciar la que ha sido la primera presentación real, antes hubo algunos escarceos en público, del grupo Barraca Teatral, que él mismo creó y dirige desde hace más o menos un año: había elegido para el debut una de las obras del “teatro imposible” de Federico García Lorca, que así lo llamó su propio creador.
Imposible en el sentido de irrepresentable, expresión de una dificultad casi irresoluble que surge de llevar a escena una trama onírica, desbordante de surrealismo, y en la que verso y prosa se entrelazan y se solapan intencionadamente, sonando entre personajes que se multiplican y se espejan, dando voz, aunque corporeidad inasible, a las obsesiones del autor.
Visto lo visto, un desafío demasiado grande para un elenco que, aun mostrando más de una virtud en el plano de la respuesta actoral individual, dispara exactamente su primera munición en ese campo de batalla proceloso, hondo, desafiante y cenagoso que siempre es el escenario, siempre, y aún para los más experimentados.
“Así que pasen cinco años” es pura refracción, un enfrentamiento a la tradición teatral que se ejecuta desde el atalaya de la ironía: es decir, un territorio que está en las antípodas del Lorca dramaturgo más conocido, caracterizado ese por una frontalidad desmesuradamente melodramática, campo en el que se reveló siempre como un verdadero maestro.
El batiburrillo anecdótico que expone, y que en vano sería tratar de retomar y ordenar aquí porque tampoco se ordena en la representación, se desarrolla coqueteando con la parodia, gozando de narrar los sucesos en medio de saltos permanente, omitiendo, superponiendo puntos de vista y exasperando, hasta el límite con lo incomprensible, los saltos de tiempo y espacio.
En resumen, este Lorca no tiene nada que ver con el de “La casa de Bernarda Alba” y menos aún con el de “Doña Rosita la soltera”: por mucho que haya identificaciones posibles con sus temas acerca de la angustia personal y el desdoro que se encierra en las conductas morales rígidas, el modo de representarlos está decididamente desmarcado de sus clásicos.
Sobre lo indefinido
Al no dar nombre a sus personajes, Lorca apuesta desde la primera línea por el enigma de las identidades, por la duplicidad: de allí la recurrente mención de los espejos, que la puesta en escena expresa a través del único elemento escenográfico que establece espacialmente la pieza, y que se utiliza como punto de referencia más de una vez pero para dejar una sensación que recuerda la frase de Borges en “Tlön…”: “Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los Hombres”.
De ese tembladeral surge el desarrollo dramático, un desarrollo que se arma y se desarma casi continuamente, esquivando el desarrollo convencional para exponer ese desborde romántico de la trama sentimental, tan Lorca y que aquí, a la vez, resulta vecina de lo experimental, más a tono con las poesías de “Poeta en Nueva York” que de las de “Romancero gitano”.
Otra recurrencia, además de los espejos, se expresa en una frase tomada después como premonitoria, ya que Lorca la escribió exactamente cinco años antes del estallido de la Guerra Civil Española y claro, de su propia muerte: una frase que repiten en la pieza voces distintas, palabras más, palabras menos: “Dentro de cuatro o cinco años existe un pozo en el que caeremos todos”.
Es uno más dentro del recurrente uso del simbolismo con el que la pieza se construye como una evidente alegoría (uno de los personajes, que rompe la cuarta pared en la versión López Tobares, aclara que de eso se trata) quebrando la propia tradición dramática, la de Lorca, para crear un continuo de tesis y antítesis que tensiona lo que se representa en escena y lo que se interpreta observando esa representación.
Vida y muerte
Ese vaivén entre el desarrollo lineal de una trama y el entrecruzamiento de lo onírico (una especie de ensueño que le permite hablar del nacer, del morir, del renacer, y hasta del “desnacer”, es decir de la facultad de hacerse cada vez más joven) genera un clima pleno de absurdo, que el director consigue expresar sólo por momentos.
La pieza está construida creando una dimensión inaccesible al sentido común, transición constante entre pasado y futuro en el que Amigo 1, Amigo 2, El Viejo, la Novia y varios etcéteras así nombrados arman y desarman sus identidades, yendo, por ejemplo, desde la virilidad prepotente a la homosexualidad, sin transcurrir por la aspereza de los bordes.
Si bien la adaptación de López Tobares, un verdadero esfuerzo de alguien que conoce del tema, trata de pulir esas intencionadas imprecisiones para acercar elementos que faciliten la captación de sentido por parte del espectador, esa operación no alcanza para naturalizar esa “sueñera”, ese duermevelas en el que se desenvuelve toda la pieza.
Y no sólo se expresa con desniveles entre un grupo de actores nóveles que, todo hay que decirlo, están demasiado bien teniendo en cuenta el desafío (en varios casos con entregas que son verdaderas promesas a futuro), sino que además no siempre aciertan con el tono: por caso en la emocionalidad de las canciones que se intercalan, y menos aún en esa ruptura de la cuarta pared antes aludida.
De allí que esta primera presentación de Barraca Teatral deje a la vez la sensación de algo inacabado, acaso por la exagerada exigencia para un elenco debutante (estos textos apenas si se representan en el mundo de tanto en tanto), y a la vez abre la expectativa de futuro: no sólo porque cuenta, a la cabeza, con un hombre de teatro que tiene elementos para sostener esa evolución, sino porque por detrás de las dubitaciones, acaso atribuibles a ese primer paso, hay una materia prima más que interesante para modelar, acaso conduciéndola, inicialmente, hacia terrenos menos procelosos.
Ricardo Sánchez
Versión y Dirección: Patricio López Tobares.
Asistente de Dirección: Federico Munt.
Elenco: Grupo Taller Barraca Teatral Río Cuarto: Emiliano Barrosco, Nina Bucciarelli, Yanet Cruz, Rosana Degiovanni, Dely Díaz, Yamila Di Tocco, Luis Fuentes, Carla Gentile, Katy Giacardi, Ariel López, Agustín Molina, Federico Munt, Henry Monetto, Laura Sánchez, Claudinne Siracusa, Tania Tapia y Patricio López Tobares.
Lo repitió vastamente Patricio López Tobares al anunciar la que ha sido la primera presentación real, antes hubo algunos escarceos en público, del grupo Barraca Teatral, que él mismo creó y dirige desde hace más o menos un año: había elegido para el debut una de las obras del “teatro imposible” de Federico García Lorca, que así lo llamó su propio creador.
Imposible en el sentido de irrepresentable, expresión de una dificultad casi irresoluble que surge de llevar a escena una trama onírica, desbordante de surrealismo, y en la que verso y prosa se entrelazan y se solapan intencionadamente, sonando entre personajes que se multiplican y se espejan, dando voz, aunque corporeidad inasible, a las obsesiones del autor.
Visto lo visto, un desafío demasiado grande para un elenco que, aun mostrando más de una virtud en el plano de la respuesta actoral individual, dispara exactamente su primera munición en ese campo de batalla proceloso, hondo, desafiante y cenagoso que siempre es el escenario, siempre, y aún para los más experimentados.
“Así que pasen cinco años” es pura refracción, un enfrentamiento a la tradición teatral que se ejecuta desde el atalaya de la ironía: es decir, un territorio que está en las antípodas del Lorca dramaturgo más conocido, caracterizado ese por una frontalidad desmesuradamente melodramática, campo en el que se reveló siempre como un verdadero maestro.
El batiburrillo anecdótico que expone, y que en vano sería tratar de retomar y ordenar aquí porque tampoco se ordena en la representación, se desarrolla coqueteando con la parodia, gozando de narrar los sucesos en medio de saltos permanente, omitiendo, superponiendo puntos de vista y exasperando, hasta el límite con lo incomprensible, los saltos de tiempo y espacio.
En resumen, este Lorca no tiene nada que ver con el de “La casa de Bernarda Alba” y menos aún con el de “Doña Rosita la soltera”: por mucho que haya identificaciones posibles con sus temas acerca de la angustia personal y el desdoro que se encierra en las conductas morales rígidas, el modo de representarlos está decididamente desmarcado de sus clásicos.
Sobre lo indefinido
Al no dar nombre a sus personajes, Lorca apuesta desde la primera línea por el enigma de las identidades, por la duplicidad: de allí la recurrente mención de los espejos, que la puesta en escena expresa a través del único elemento escenográfico que establece espacialmente la pieza, y que se utiliza como punto de referencia más de una vez pero para dejar una sensación que recuerda la frase de Borges en “Tlön…”: “Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los Hombres”.
De ese tembladeral surge el desarrollo dramático, un desarrollo que se arma y se desarma casi continuamente, esquivando el desarrollo convencional para exponer ese desborde romántico de la trama sentimental, tan Lorca y que aquí, a la vez, resulta vecina de lo experimental, más a tono con las poesías de “Poeta en Nueva York” que de las de “Romancero gitano”.
Otra recurrencia, además de los espejos, se expresa en una frase tomada después como premonitoria, ya que Lorca la escribió exactamente cinco años antes del estallido de la Guerra Civil Española y claro, de su propia muerte: una frase que repiten en la pieza voces distintas, palabras más, palabras menos: “Dentro de cuatro o cinco años existe un pozo en el que caeremos todos”.
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Ese vaivén entre el desarrollo lineal de una trama y el entrecruzamiento de lo onírico (una especie de ensueño que le permite hablar del nacer, del morir, del renacer, y hasta del “desnacer”, es decir de la facultad de hacerse cada vez más joven) genera un clima pleno de absurdo, que el director consigue expresar sólo por momentos.
La pieza está construida creando una dimensión inaccesible al sentido común, transición constante entre pasado y futuro en el que Amigo 1, Amigo 2, El Viejo, la Novia y varios etcéteras así nombrados arman y desarman sus identidades, yendo, por ejemplo, desde la virilidad prepotente a la homosexualidad, sin transcurrir por la aspereza de los bordes.
Si bien la adaptación de López Tobares, un verdadero esfuerzo de alguien que conoce del tema, trata de pulir esas intencionadas imprecisiones para acercar elementos que faciliten la captación de sentido por parte del espectador, esa operación no alcanza para naturalizar esa “sueñera”, ese duermevelas en el que se desenvuelve toda la pieza.
Y no sólo se expresa con desniveles entre un grupo de actores nóveles que, todo hay que decirlo, están demasiado bien teniendo en cuenta el desafío (en varios casos con entregas que son verdaderas promesas a futuro), sino que además no siempre aciertan con el tono: por caso en la emocionalidad de las canciones que se intercalan, y menos aún en esa ruptura de la cuarta pared antes aludida.
De allí que esta primera presentación de Barraca Teatral deje a la vez la sensación de algo inacabado, acaso por la exagerada exigencia para un elenco debutante (estos textos apenas si se representan en el mundo de tanto en tanto), y a la vez abre la expectativa de futuro: no sólo porque cuenta, a la cabeza, con un hombre de teatro que tiene elementos para sostener esa evolución, sino porque por detrás de las dubitaciones, acaso atribuibles a ese primer paso, hay una materia prima más que interesante para modelar, acaso conduciéndola, inicialmente, hacia terrenos menos procelosos.
Ricardo Sánchez

