Si algo tenían de particular los viejos torneos nacionales que se disputaron en la Argentina, en los que Estudiantes participó en las ediciones de 1983, 84 y 85, era la gran cantidad de jugadores que se contrataban para disputar el campeonato. Esto pasaba en todos los equipos: que Roberto Mouzo haya jugado aquí equivale a que Oscar “Pinino” Mas y José Orlando Berta lo hayan hecho en Huracán Las Heras o Leopoldo Jacinto Luque, en Argentino de Firmat, por citar algunos ejemplos.
Roberto Jaime Corró nació en Morón el 7 de agosto de 1956 y para 1985 ya era un futbolista de una extensa trayectoria, con la particularidad de nunca haber disputado divisiones inferiores, casi que un jugador casero para aquellos tiempos. Por esas cosas del fútbol, en un torneo de barrio lo observó gente de Argentino Peñarol y jugó allí en 1977 y 1978. Al año siguiente vistió la camiseta de Kimberley de Mar del Plata, luego tuvo un fugaz paso por San Lorenzo de Almagro hasta recalar en 1981 en el mejor Unión San Vicente de Córdoba de todos los tiempos, al que perteneció hasta 1984 y después llegó a Estudiantes para disputar el Nacional del año siguiente.
Cierto es que fueron pocos partidos: el Celeste, dirigido por Jorge Omar Sturniolo, tuvo un gran torneo e integró el Grupo B con Boca, Temperley y Altos Hornos Zapla. Estudiantes clasificó detrás del Xeneixe y quedó luego eliminado en el primer cruce con San Martín de Tucumán. A Corró el deporte lo llevó a Mendoza para ascender por primera vez al Deportivo Maipú a la segunda división, club en el que compartió plantel y buenos recuerdos con Ariel Boldrini, hasta recalar en 1989 en el fútbol trasandino. Unión Española, Coquimbo Unido, Deportes Arica y Regional Atacama de Copiapó, ciudad en la que vive hasta la actualidad, donde trabaja en el corazón de la tierra como minero, en pleno desierto nortino chileno con la extracción del cobre.
Así recuerda el bueno de Corró su paso por Estudiantes y su vida actual como minero.
“Yo de los 15 hasta los 19 años me probé en muchísimo clubes de Primera y del Ascenso pero no tuve la suerte de quedar en ninguno. En un viaje a Córdoba con un equipo amateur que teníamos fuimos a jugar un campeonato de barrio, me ve gente de Argentino Peñarol y me llevaron a jugar ahí. No hice inferiores ni nada, entonces empecé a ir a préstamo por diferentes clubes, Kimberley de Mar del Plata, Estudiantes, Unión San Vicente, Racing de Córdoba. Hasta hice pretemporadas con San Lorenzo y Unión de Santa Fe, pero nunca me quisieron comprar el pase, por eso recalaba siempre en Argentino Peñarol. En Mar del Plata lo tuve a Griguol y me quiso llevar a Ferro pero tampoco se dio, era el equipo que sería campeón”, precisa.
-¿Qué recuerda del paso por Estudiantes?
-En ese equipo estaba Roberto Mouzo como gran figura, hicimos una muy buena campaña. Me quise quedar un año más en Río Cuarto, pero no pude; fueron seis meses muy lindos, muy buena relación con los compañeros y muy buenos recuerdos. Me trataron muy bien, me cumplieron siempre, lástima que no se pudo lograr el objetivo de ingresar a la liguilla.
-El partido contra Boca debe haber sido la experiencia más fuerte (empate 1 a 1 en Río Cuarto el 24 de febrero del 85, después sería el famoso 7 a 1 de Boca en cancha de Huracán)...
-Fue un empate ante una multitud; le podríamos haber ganado, jugamos muy buen partido; a Boca lo dirigía Di Stéfano, creo que Carlos Tapia y Enrique Hrabina debutaban ese día.
-¿En Deportivo Maipú tuviste de compañero a Ariel Boldrini?
-Sí, aún tengo contacto con él. Su historia es muy particular, porque él iba a jugar en Tigre y creo que no pudo llegar bien a la práctica y, al regresar a Capital, se encuentra de casualidad con José Ramos Delgado (entrenador de Platense). Ariel lo saluda, se presenta y lo lleva con él. Ahí inicia una gran carrera, fue la casualidad de encontrarse con Ramos Delgado, porque si no se volvía para Mendoza.
-Culturalmente, para el chileno la vida como minero está muy arraigada, ¿cómo es vivir y trabajar bajo la tierra?
-Acá la mayoría son todos mineros; en Copiapó pasa eso, al norte y al sur, por todos lados (clubes como Cobreloa y Cobresal han tenido siempre vínculo muy estrecho con las mineras). Yo ingreso a la mina por un profe que tenía en Regional Atacama que empezó a trabajar en la empresa y ahí empecé. Se trabaja a 500 metros bajo tierra, estando acompañado se pasa más tranquilo. Lo feo de todo eso es el clima que hay adentro, hay un polvillo invisible que al respirarlo te hace daño a los pulmones (esto da lugar a la enfermedad típica de los mineros que se llama silicosis: el polvillo se pega en los pulmones y trae complicaciones respiratorias muy graves). Me especialicé en la parte eléctrica de la mina, todo lo aprendí ahí; también con el equipo de perforación, que hace hoyos en las paredes y meten el explosivo. A la hora del almuerzo dos operarios prenden las mechas y lo que queda de la explosión es llevado a la superficie para que en otra planta salga el cobre, ya en la superficie. Cuando uno entra al hoyo le ruega al de arriba que no pase nada; cada piso tiene 30 metros, todo eso con paredes que contienen y previenen derrumbes, siempre hay algunos movimientos, el agua come la roca, hay lugares donde pasar y otro no.
Agradecido Corró por el recuerdo, una persona amable y sencilla que desde Copiapó, a 1.510 km de nuestra ciudad, recuerda lo que fue su paso por Estudiantes en aquel lejano 1985.
Javier Albarracín. Redacción Puntal

