En el patio no hay huerta, ni gallinas, pero corre brisa de verano, se oyen gorriones, algún zorzal y se puede conversar entre paredes de enredaderas: una parra virgen con pequeñas uvas color azul oscuro. El agua de la piscina está quieta. Nadie en ningún lugar.
Federico Falco elige este hotel boutique de Palermo porque, si siempre fue un sitio tranquilo, después de la pandemia por coronavirus altro che. Ya no quedan huéspedes. De camisa verde azulada, tipo grafa, bermudas, zapatillas, morral, barbijo y lentes negros al escritor se lo ve llegar caminando bajo el sol de verano de las tres de la tarde. Viene desde el vecino barrio porteño de Colegiales.
“Camino mucho, todo lo que puedo lo hago caminando. Y tomo notas en el teléfono cuando algo me llama la atención”, dice. Aunque la ciudad de Buenos Aires, donde vive desde 2013, no es el paisaje que más le interese. “Me pasa en las sierras de Córdoba: cómo anoto esto, cómo lo escribo, pienso”. Y también con Cabrera, el pueblo cordobés donde pasó su infancia y al que regresa cada tanto de visitas.
“Hay algo de la vivencia del paisaje, de estar en la naturaleza que siempre me atrajo. Un poco será porque de chico te subías a la bici y en cinco minutos estabas en las afueras, en el campo”, dice. “Y a la hora de escribir, me gusta hacerlo sobre cosas que me interesan. Tengo una práctica diaria de la escritura. Y siempre hay algo que de alguna manera me genera el deseo de conservarlo; lo anoto, lo pienso como materia prima. Me gusta ser como las urracas”. Curiosamente estas aves, de lo más inteligentes, almacenan en sitios que sólo ellas conocen excedentes de alimentos y sienten una debilidad especial por los objetos brillantes, como si fueran tesoros.
Los llanos, la primera novela de Falco, que fue finalista del 38° Premio Herralde, surge de la edición de materiales que atesoró durante años. La narración de un duelo amoroso en primera persona, con un protagonista escritor, que pasó su infancia entre Cabrera y el campo de sus abuelos, este poético, despojado texto se lee en clave de autoficción. ¿Mixturar la vida con la literatura, volverlas cada vez más cercanas?
“Ese es un límite que me interesa mucho. La novela piensa eso. Por un lado, nos estamos contando historias todo el tiempo. Pero es muy difícil, porque por otro lado la vida siempre es otra cosa”, dice. “A mí siempre me impresionó mucho esa idea de que el signo no es la cosa. Las palabras de alguna manera pueden tocarlas, pueden intentar atraparlas, pero son algo diferente. Me parece una experiencia muy asombrosa y liberadora, en algún punto”.
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Contar una historia cambia a quien la cuenta.
Y por momentos la ficción es la única manera de pensar lo verdadero (Los llanos).
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Federico Falco nació en General Cabrera, Córdoba, el 20 de septiembre de 1977. Se reconoce como “un caso muy particular”, “con suerte”: en una familia “de campo” y en un pueblo agropecuario donde no existían librerías ni bibliotecas públicas, en su casa y en la de su tía, que vivía a la vuelta, había dos bibliotecas que recuerda como muy impresionantes. Su mamá, Susana Adamo, profesora de Lengua y Literatura, le acercaba lo mismo que a sus alumnos. También su tía Carmen Gariglio era docente de Letras. “No es que me estuviera diciendo tenés que leer esto o lo otro. Yo sabía en qué estantes estaban y elegía. Eso era lindo”, dice. Y muy serio revela una ñoca de su tía: “Lo que sí, se enojaba bastante si le doblaba la esquina de los libros para marcarlos”.
Leía mucho, iba a la escuela –fue abanderado tanto en el primario como en el secundario-, tomaba clases particulares de inglés porque le costaba –ahora dirige la colección de traducción de cuentos en la editorial Chai-, y también iba “muchísimo” al campo con sus abuelos maternos, donde vuelve siempre en su obra, como si esa hubiera sido la tierra fértil donde nacería lo que aquel niño empezaba a ser.
En Los llanos –que toma el nombre a raíz de esos paisajes transitados- el protagonista, descendiente de inmigrantes italianos, trae esos recuerdos de infancia (incluso incorpora vocablos en piamontés), que se traman con gran familiaridad con su presente –también en un campo, también esperando los tiempos de la huerta, los que pauta la naturaleza-. “Estaba haciendo un máster en Estados Unidos cuando empecé a escribir sobre mi infancia. Tiene que ver con los años en los que mis abuelos estaban muy viejos, yo no podía volver tanto, quería ir recuperando eso”, dice. “Hay algo de la escritura que tiene eso de salvar las distancias, hacer que de alguna manera las cosas se vuelvan más presentes”.
Aunque no se aparta de la certeza de que “el lenguaje es una herramienta un poco fallada, un cuchillo sin filo” para dar cuenta de lo real. “Cuando uno está ligado a ciertos lugares desde lo emocional, hay algo de la escritura que los vuelve presentes, pero no implica que queden escritos en la página. A los huecos los llena el lector. Pero al menos, te lleva a recordar eso, te vuelven algunas sensaciones”.
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Acá hay espacio, se es dueño de la tierra. Acá se está lejos. Y él fue de los que se quedaron acá, “oyendo el corazón de las vacas”, como dice Alejandro Schmidt en un poema (Los llanos).
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En la novela, el protagonista dice que todas las familias guardan historias, pero no todas tienen quién las cuente. Y cobra centralidad la abuela, que incorpora una de las ideas que atraviesan la novela: cómo nos contamos historias, qué funciones cumplen esos relatos en nosotros, en las formas de encuentro. Y también, de algún modo, ordenan el pasado familiar y arman una genealogía que mantiene un mito de origen: mirar álbumes de fotos de los primeros parientes que llegaron del Piamonte, seguir sus acontecimientos –casamientos, bautismos, aniversarios-, recuperar anécdotas.
“La abuela es el personaje que en el primer capítulo cuenta historias para entretener, que es otra cosa que me parece muy linda. Esa idea de contar historias para hacer compañía, para que pase más rápido el tiempo, para que no estés aburrido”, dice Falco, en un encuentro que avanza como si se tratara de esas visitas largas típicas entre familias del campo en las que la tarde entera está disponible para conversar. El grabador apunta ya más de dos horas. “Yo soy de hablar, vos decime”.
Cuenta que este año, al principio de la cuarentena estaba muy disperso, no podía leer. No podía ver películas tampoco, no se enganchaba. Veía a la gente que se saludaba en la calle con un abrazo y le parecía rarísimo. “Es algo que sufrí un montón. El no poder leer, el no poder consumir relatos”, dice. “A medida que pasaban los meses me fui acostumbrando y empecé a leer un montón y de alguna forma recuperé algo de la lectura que un poco creo que se había perdido en la adolescencia: tiene que ver con esa idea de estar aburrido y leer. El tiempo de la cuarentena me devolvió a ese ritual de que alguien en otro país, tal vez en otro tiempo te habla, te cuenta una historia. Leer procura ese encuentro en diferido”.
Para Falco desde chico leer fue una compañía. Un poco extranjero en su pueblo, siempre supo que su horizonte era irse a vivir a otro lado. A los 18 empezó a estudiar Agronomía, en la Universidad Nacional de Río Cuarto, pero dos años después supo que, si bien le gustaba la carrera, no quería dedicarle su vida a eso. Hacía algún tiempo que venía escribiendo ficción como hobby. Recuerda que envió un cuento y ganó una mención en un concurso que organizaba el diario El Litoral, en Santa Fe; cuando fue a retirar el premio y se encontró con otros escritores hubo algo revelador: supo que se podía dedicar profesionalmente a escribir.
Decidió dejar la carrera, mudarse a Córdoba capital, a unos 200 kilómetros de su pueblo, y estudiar Comunicación en una universidad privada. Pensó que, a diferencia de la carrera de Letras, esta le ofrecería más posibilidades de trabajo. “Para mi familia fue un motivo de preocupación. Hay algo de lo desconocido: dónde vas a ir, qué vas a hacer. Era dejar algo más seguro, como podría ser Agronomía, por algo muy, muy incierto, diferente”.
Si huyes / la zona te devora / si permaneces / la zona te asimila / te otorga la palabra hijo, dice Elena Anníbali en un poema (Los llanos)
Falco entendió esa preocupación de sus padres, pero siguió adelante. Lo primero que hizo en Córdoba fue empezar un taller de escritura con Lilia Lardone, su maestra durante años, a quien le agradece en la novela. “Ella me formó un montón en el espacio del taller en sí y en la escritura, el compromiso con la escritura, con la corrección, con el sentarse todos los días y con las lecturas: tenés que leer esto, me decía; seguí con aquello”.
Y también lo acercó al escritor Luciano Lamberti, amigos desde entonces. En esos años, que eran poscrisis 2001, fundaron juntos la revista digital Fe de ratas –también estaba Inés Rial-. De esa experiencia rescata su incursión en la gestión, algo que le sirve en su propia carrera y en la codirección de la editorial autogestiva Cuentos María Susana.
Aquellos fueron para Falco tiempos de soltarse a escribir y empezar a publicar. En 2004 aparecieron los libros de cuentos 222 patitos y 00; cuatro años después, el poemario Made in China; en 2009 fue incluido en Es lo que hay: antología de la joven narrativa en Córdoba; en 2010, publicó el libro de cuentos La hora de los monos; un año después, la nouvelle Cielos de Córdoba y, en 2016, Un cementerio perfecto.
Desde un comienzo, Cabrera fue escenario de los cuentos de Falco y en Los llanos está presente también. “Siempre es una Cabrera que no es Cabrera. Tiene cosas parecidas y otras que no, que están inventadas”, dice. “Me gusta esa sensación… ¿viste la gente que vive en Nueva York, por ejemplo? De pronto va al cine a ver una película del hombre araña. Sucede en su ciudad y todo el tiempo sabe que no es real, que es del orden de la fantasía”. En ese sentido, le interesa pensar a este pueblo manisero de la llanura del sur cordobés: como escenario de historias.
“Por otro lado, también hay como una forma de construir lugares desde la literatura, construirlos desde la propia imaginación. Por ahí también a alguien que vive en Cabrera le genera ruido, porque sabe que las cosas no son así. Es linda esa tirantez en el relato, le da una cierta inestabilidad. Espero que la gente de Cabrera no lo tome a mal”, acota sonriendo. “Me parece interesante generar un espacio mítico: para mí Cabrera es un espacio mítico”.
-Su Macondo…
-Es que… claro, sí (se ríe). No quisiera ponerme en ese nivel de comparación, para nada.
Fede. el personaje de la novela, está ansioso porque lo lean en Cabrera y porque las reseñas en los diarios sean buenas. “Hay zonas del personaje que comparto y otras que no. Eso es más del personaje que mío. Sí en algún momento, y me parece que tiene que ver con los relatos que uno se arma, una de las cosas que le pedía a la literatura era cierto reconocimiento. Al principio, sobre todo después de pasar de Agronomía a Comunicación, que fue medio un salto sin red. En esos primeros años había quedado más pegado a esa necesidad de que alguien me diga: ‘hiciste bien, está bueno’. Fue más por no saber lidiar con la incertidumbre”.
Bio-grafía: el dibujo, la forma que dibuja la línea de la vida al desplegarse en el papel/tiempo (Los llanos)
“La idea de la biografía como dibujo, como dice la novela estaba en una revista Selecciones en la casa de mis abuelos en el campo. Tiene que ver con lo que te decía de los relatos que uno mismo se cuenta, con los que organiza su vida. Lo que me pasa ahora es que dejé de creer en ese relato, en ese hilo. En mí, se aparecía la idea de necesitar pensar en un dibujo armónico, tenía que ver con intentar controlar, era más por miedo de no saber si todo iba a estar bien. En algún momento me di cuenta de que: a) las cosas no se pueden controlar; b) la vida no necesariamente tiene que ser un dibujo, puede ser muchas cosas y puede ser también lo que se vaya armando”.
Armar un dibujo: atar entre sí todos los cardos de un potrero (…) Los que haya. En cualquier orden. Los que uno quiera, los que pueda, los que llegue a ver, y que salga lo que salga (Los llanos)
Un empleado del hotel avisa que cierran. Anduma. Se acaba la sombra, la brisa fresca. ¿Vas caminado?, pregunta Federico. Tiene que ir a Los libros del pasaje, a metros de Plaza Serrano. Su libro está en vidriera, como en casi todas las librerías de Buenos Aires. “Qué fuerte”, dice. Mira la tapa, una foto que tomó él en la que se ve una pileta de lona en medio del campo. “No busquen la Pelopincho en la novela”, bromea.
Por Verónica Dema (para El Corredor Mediterráneo)

