El año comenzó con la polémica del Indec iniciada desde los propios despachos de la Casa Rosada. Fue cuando se conoció un cambio abrupto sobre una decisión que se había hecho pública el 14 de octubre, poco antes de las elecciones legislativas, y que impulsaba un cambio en la metodología de medición del Índice de Precios al Consumidor. Básicamente, se buscaba actualizar la canasta de consumo de las familias, que claramente sufrió fuertes transformaciones, en particular en los últimos dos años. El nuevo esquema proponía darle un mayor peso relativo a los servicios en detrimentos de otros bienes y servicios, como los alimentos. Claramente hoy los servicios representan un gasto mucho más significativo para las familias que hace 2, 3 o 4 años atrás. Se llevan una porción mayor de los ingresos. El cambio en el IPC venía a reflejar esa transformación. Pero como es conocido, cuando el reemplazo de metodología iba a ocurrir, en enero de este año, tal como se anunció en octubre de 2025, al Gobierno le pareció que eso no era oportuno y desató la polémica y las críticas.
El demorado cambio de metodología del Indec y la paradoja de la carne
El nuevo esquema que iba a aplicar el organismo de estadísticas nacional le ofrecía mayor peso relativo a los servicios como luz y gas, y menos a los alimentos. Al mantener la vieja modalidad, la escalada de los cortes vacunos empiezan a ser centrales en el resultado inflacionario

