Dejó la actuación en Buenos Aires para volcarse a la producción de carne trozada al vacío, integrando su campo ganadero en el sur entrerriano
Es la quinta generación de productores en el sur de Entre Ríos. Su tatarabuelo vino del País Vasco. Su abuelo fue gobernador de la provincia. Estudió en el Conservatorio Nacional, pero en esa vocación abrió un paréntesis porque se concentró en llegar directamente al consumidor con sus cortes
Justo Contín es actor de teatro, aunque también recuerda alguna participación en rodajes de películas. Su vida viajó desde la calma del sur entrerriano hasta las luces y las tablas porteñas. El amor por la actuación lo llevó a esa travesía, pero siempre añorando los momentos en aquel campo ganadero cercano a Nogoyá en el que su tatarabuelo, inmigrante del País Vasco, puso un pie ni bien llegó a la Argentina, en el Siglo XIX. Contín no es un apellido desconocido: el abuelo de Justo, Carlos Raúl, fue gobernador radical de Entre Ríos entre 1963 y 1966 –cuando Arturo Umberto Illia era presidente- y un hombre próximo a Ricardo Balbín. En el regreso a la democracia, el expresidente Raúl Alfonsín lo designó como vicepresidente del Banco Central.
Más de 20 años después de aquel momento histórico, Justo quiso unir sus dos mundos, ubicados en lugares distantes y contrastantes. Aquel paisaje con bañados, monte y pasturas naturales al que llegó su tatarabuelo se fue convirtiendo en un campo ganadero. Primero de cría, hoy de ciclo completo. ¿Pero cómo construir un puente desde ahí al obelisco? Esa fue la pregunta que movilizó a Justo durante algunos años; más precisamente desde la pandemia, cuando las luces de los teatros se apagaron y la vuelta a los corrales y los novillos se transformó en necesidad. Aquella raíz entrerriana profunda hoy se ve en cada paquete de carne con el nombre De Montoya, el lugar preciso donde está el campo que ya vio pasar cinco generaciones.
“A mí me daba mucha pena tener que entregarles los novillos a la carnicería y era algo que siempre me daba vueltas en la cabeza”, explica el actor y productor ganadero a I+I CBA, como una primera aproximación a los motivos que lo llevaron a escalar en la cadena cárnica.
¿Cómo arrancó esta idea de ser productor ganadero a querer verderle tu carne al público directamente?
Yo estoy al frente del establecimiento agropecuario hace más de 10 años. Nosotros hacíamos cría vacuna, con base Angus. Y venimos trabajando en mejoramiento genético desde el 2000 o incluso un poco antes. Los nuestros son campos de invernada en toda la costa del Nogoyá, al sur de Entre Ríos. En realidad es toda una cuenca lechera, son buenos campos ganaderos. Se pueden hacer muy buenas alfalfas, muy buenas pasturas, y maíces de 6.000 o 7.000 kilos. En los últimos años hubo hasta de 9.000 kilos. Pero cuando entré yo, empezamos a hacer la recreía y las terminaciones, tanto en encierre como a campo con ración. Pero en el 2019 se cerró la exportación, y entonces pensé que tenía que hacer algo distinto. Ahí me casé con una porteña y me volví para Buenos Aires, porque siempre viví entre Buenos Aires y el campo. Y en la pandemia, entonces dije,”¿qué hago? ¿qué invento?”. Y se me ocurrió hacer un Ciclo 2, y hacia allí me embarqué. Alquilé una carnicería a otro productor agropecuario de Nogoyá que se dedica al queso. Justamente la fábrica de queso la hizo cuando le vendió a mi abuelo el campo de la costa del Montoya, que es el que le da el nombre a la marca. Yo no sabía ese dato y cuando cerramos el trato de alquiler me lo contó y no lo podía creer. Porque la tenía cerrada hace años a la carnicería y no se la quería alquilar a nadie.
Y hubo que transformar ese espacio…
Claro, transformé una carnicería grande en un establecimiento elaborador con las instalaciones sanitarias, la oficina de Senasa, refrigeración de la sala de trabajo, una construcción de otra cámara para productos terminados. Así empezamos a experimentar y a probar las distintas modalidades de desposte, de envasado, y a comercializar de forma directa al consumidor final en Nogoyá. También entregamos a gastronómicos, tanto en Nogoyá como en Buenos Aires, porque empecé a traer una parte a Buenos Aires.
Ahí pudiste armar el puente a Buenos Aires…
Claro!
¿Carne de qué tipo de animales venden?
Hacemos novillos pesados de 2 dientes, de 480-490 kilos, y las vaquillonas tratamos de hacerlas de 380 kilos. Y como es un producto muy estacional, a veces compramos a vecinos, a primos, a productores que sabemos que producen bien, y de la misma zona de Montoya, que es el nombre del pago, por el arroyo. Son campos naturales, son muy novilleros esos campos. Hay mucha raigrás natural, son campos de invernada, hay costa, y hay lomas donde hacemos praderas, hacemos verdeos de invierno, la avena viene muy bien también.
¿Y qué cantidad producen actualmente?
Despostamos 2 o 3 animales por semana. Nos costó un año y medio llegar a despostar todas las semanas porque nos quedaba mucha mercadería atrás y no la podíamos vender. El tema de la integración fue un desafío muy grande.
¿Cómo lo solucionaron?
Armamos una caja familiar con un surtido, como era tradicionalmente al corte, que es cuando se carneaba en el campo, que se repartía entre las familias al corte y aportaban para pagar el animal que alguna familia carneaba. Esa caja contiene un corte de parrilla, milanesa feteada, picada, y un corte de pulpa especial que puede ser paleta o cuadril para varias elaboraciones. Una caja de unos 5 kilos con esa variedad y además van fraccionados, porque de picada hay un kilo y medio pero en tres paquetes distintos. Y la verdad que el público lo está demandando, le gustó la propuesta, y el precio obviamente que no es el mismo que cuando el corte es a elección; es un intermedio entre el precio mayorista que manejan los frigoríficos y el precio de las carnicerías.
¿En el desposte y armado participás?
Al principio de todo llamaba a un carnicero amigo que me ayudaba a armar a la madrugada y después me quedaba con un ayudante limpiando y envasando o fraccionando. Luego hacíamos el reparto en Nogoya, que en realidad lo hacía una chica que nos daba una mano ahí con una mochila térmica y en una motito. Al ser una localidad de 35 o 40 mil habitantes en dos minutos estás en todos lados. Pero ahí teníamos el problema de cómo vender todo, lo que solucionamos con la caja, y ahí sí empezamos a vender toda la media res. En ese momento empecé a repartir con muchos ayudantes, pero nos dimos cuenta que en una ciudad muy chica era mejor que los clientes lo pasen a buscar, porque por ahí era más fastidioso para ellos esperar dos horas hasta que lleguemos, que pasar en cinco minutos y buscarlo. Funcionó muy bien ahí, pero en Buenos Aires eso no funciona, salvo que uno se asocie con alguna marca o alguna carnicería boutique o algún establecimiento que venda productos regionales para vender con un volumen mayorista. Tenemos algunas conversaciones para hacerlo.
¿Y la logística para Buenos Aires?
Ahí tenemos un punto de frío que es un lugar que está desde 1852 ahí y era un viejo saladero. Desde hace muy poquito empecé a llevar la mercadería ahí. Antes yo traía directamente a los gastronómicos y lo repartía en el día que llegaban. Ahora con la caja de cinco kilos descargo ahí, lo voy buscando o lo envío con algún flete. Ahí empieza a funcionar una cadena que es larga. El desafío de la integración comercial y el desafío de la logística son muy importantes, que yo los subestimé y que mi mujer me lo ha cobrado y me lo sigue cobrando.
¿Cómo se disparó la idea de llegar del campo al consumidor?
Siempre fue un sueño. Desde que empecé a terminar los novillos me daba mucha pena vendérselos a los carniceros. Uno se enamora de sus propios animales porque tiene esa pasión por la compra del toro. Entonces siempre tuve ese sueño, pero lo veía difícil, lo veía lejano. Y cuando volví a Buenos Aires vino la pandemia y la actividad estaba muy parada. Lo que yo hacía en Buenos Aires que era teatro, también. Entonces ahí fue cuando pensé que tenía que empezar a hacer algo distinto, nuevo. Y había visto la experiencia de un productor que había hecho lo mismo con una carnicería y envasado al vacío, con tránsito federal. Y pensé “si él lo pudo hacer, yo también”. El resto fue mucho de probar, errar y seguir.
¿Cómo es tu relación con el teatro en Buenos Aires?
Yo me formé como actor en el Conservatorio Nacional, y hasta la pandemia actuaba en teatro independiente, con alguna participación en alguna película menor; estaba en eso. Siempre acompañando, viajando al campo, estando cerca, y cuando terminé el conservatorio me metí de lleno a trabajar en el campo, estaba la mitad de la semana en el campo y la mitad de la semana ensayando en el teatro; hasta la pandemia. Después me dio bola la actriz que me gustaba, la porteña, y volví a Buenos Aires y nos casamos. Entonces traté de vincular los dos mundos, y qué mejor que trayendo los productos que hacíamos nosotros, aunque para eso había que procesarlos, elaborarlos, y así fue que en 2022 me nació la idea, que se materializó en 2024. Estuvimos haciendo pruebas desde ese momento y ahora con más entusiasmo porque empieza a funcionar.
Mencionaste a tu abuelo en el relato, la producción ganadera viene de generaciones...
Sí, yo soy la quinta generación. Los vascos vinieron en 1878 y se pusieron a hacer ladrillos de barro en una empresa en Victoria, y con algún empréstito en la época de Avellaneda, compraron la primera parcela de San José en 1882. Entonces somos varias generaciones de novilleros en la familia, y a mí me tocó hacerme cargo en el 2015.
¿Estás solo en esto?
El establecimiento que le quedó a mi padre está dividido en tres, y yo le alquilo a mi madre una de esas partes. Pero sí, mi emprendimiento es unipersonal. Pero tengo muchos ayudantes, colaboradores, asesores, veterinarios. Hay un equipo. En el inicio me metí en el grupo CREA del Litoral Sur, del grupo de Galarza, que es una ciudad muy cercana, porque el de Nogoyá es muy tambero. Ahí aprendí un montón, estuve cinco o seis años en el grupo y fue como hacer una especie de carrera.
¿Y cómo imaginás que continuará el proyecto?
Creo que por un par de años quiero una meseta. Logré que la producción llegue hasta la góndola, hasta el consumidor final, con denominación de origen, por eso se llama De Montoya la marca. Porque mis campos quedan en la costa del Montoya, y ahí son campos naturales con cierta especificidad de especies. La intención es ofrecer a los consumidores tanto animales de mi rodeo, de la marca líquida, como de compra de la zona, de otras razas: Limangus, Brangus, Braford, o Hereford. La idea es tener cortes de carne de distintas razas, de ese mismo origen y con distintas terminaciones, es decir, de una pradera de alfalfa o con base alfalfa y maíz. Creo que tenemos que ir ahí como productores, o incluso como industria, más amplio. Porque no todos los ambientes no son lo mismo, ni todas las razas son lo mismo, ni todas las terminaciones no son las mismas. Al ser chico yo lo puedo hacer, yo le muestro a mis consumidores que estamos faenando estos dos animales, que están comiendo una alfalfa con maíz, y ahora estamos con la avena, y están saliendo estos otros, y poder jugar con las razas.
¿Tenés un rodeo muy grande?
No, no, tengo 180 vacas y compramos un poco más de invernada, y con ese volumen, para lo que estamos haciendo ahora, estamos bien, aunque las ganas de crecer siempre están.