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La recuperación de 325 años de historia: Julio Oviedo, el guardián silencioso de la Capilla de Tegua

Por décadas, este vecino elenense se encargó de limpiar el edificio y protegerlo de los vándalos. Fue quien escondió la única campana que ahora volvió a su lugar. “Mi tarea terminó y mi sueño, cumplido”, dice. Fotos y Video

“Tarea cumplida, sueño realizado”, dice el hombre que llega con su andar cansino y se para frente a la renovada Capilla de Tegua, que luce un blanco impecable en medio de la inmensidad del campo.

Es don Julio Oviedo, un hombre de campo (tal como se define) que por décadas, y sin que nadie se lo pidiera, fue el guardián de este edificio que en sus paredes tiene las huellas de 325 años de historia regional. De épocas de los malones indios, del paso de San Martín y que cobijó a cientos de inmigrantes que acudían allí a rezarle a la Virgen Nuestra Señora del Rosario de Tegua por una gracia.

La historia de este elenense conmueve por su entrega sin interés a una causa que parecía perdida. “Todos me decían: ‘Dejate de joder, si esto se va a caer’. Pero no sé, yo sentía que iba a pasar algo, que alguien nos iba ayudar”, relata a PUNTAL don Julio, quien por estas horas no puede con tanta emoción de ver a “su capilla” recuperada. Es que cuando habla de este lugar deja en claro su pertenencia: “Mi capilla... Cuando me profanaron las tumbas... Cuando me robaron”.

Para Julio este lugar tiene un alto valor sentimental. Cuando era niño concurría con su madre a las misas por el Día de los Muertos y visitaba las tumbas de sus tatarabuelos y abuelos en el cementerio que se encuentra detrás de la Capilla. “Ahí está parte de mi familia. Lástima que han roto todo, han profanado”, agrega.

Es también en este lugar  y frente al altar recuperado donde la esposa de Julio, Celia Rivera, fue bautizada.

Será por eso que el hombre asegura que tiene lazos tan fuertes con ese lugar. “Tenemos un campo cerquita de la Capilla. Yo pasaba todos los días a caballo o en la camioneta. La veía tan solita, tan abandonada, que me dolía. Así que empecé a venir, a baldearla y después ya se me hizo costumbre”.

Con el aval del intendente Néstor Zunino, de Elena, asumió sin que nadie le pidiera esa tarea. Y hasta se animó a resguardar en su hogar algunos elementos de la Capilla para evitar que se los robaran. “A cada intendente que entraba nuevo, yo le pedía por la capilla. Se lo dije a Néstor Passero (exmandatario fallecido) y después al Néstor, que me dijo que no me preocupara. Y él siempre me invitó y me llevó a todos los lugares a pedir ayuda. Cuando salíamos y no conseguíamos nada, con esa sonrisa tranquila que tiene me decía: ‘No te preocupes, no nos van a cansar’. Y fue así”, expresa Julio.

Después de horas de trabajo en el campo, don Julio se hacía un tiempito para llegarse a la abandonada Capilla. Llevaba consigo agua para baldear. “Estaba todo con mucha mugre. Y cuando me avisaba el intendente que venía gente de Córdoba o de la Nación a verla yo no quería que la vieran tan sucia. Entonces la baldeaba de noche. Me quedaba solo, alumbrado por velas”.

Por estar cerca el cementerio, se largaban a rodar historias de ánimas o aparecidos, pero Julio sentencia: “Es todo mentira. Yo me quedaba solo y no pasaba nada”.

Reconoce este vecino ser muy creyente, “de Dios y de la Virgen”. Pero no voy mucho a la iglesia. Pero acá sí (Tegua), es como una necesidad, yo sentía como un llamado de cuidarla y visitarla todos los días”, sostiene el hombre.



La campana y el Cristo



Este edificio histórico fue víctima de varios robos. De tres campanas, sólo una pudo ser resguardada, y fue por Julio que ello ocurrió.

“Un día vengo y me encuentro que me habían robado una de las campanas. Fui a hacer la denuncia y, como vi que nadie iba a socorrer o proteger a la otra, busqué a una gente vecina del campo y la bajamos. Es pesadísima. Me la llevé a mi campo y ahí estuvo hasta que ahora la entregué como tantas otras cosas que guardé”, menciona Oviedo.

También recuerda que para proteger una escultura de Cristo decidió sacarla y entregarla en la parroquia de Elena. “Porque me decían que esas imágenes no pueden estar en la casa”, aclara. Pero el sacerdote de ese tiempo le dijo: “Llevátela de nuevo, tiene un olor a murciélago que contamina todo”. Y el hombre volvió a depositar al Cristo en el templo. No pasó mucho tiempo para que se lo robaran. “Cometí el error de dejarlo en la Capilla. En el 2007 me lo roban; fue muy doloroso para mí”, sentencia.

Desde el comienzo de la restauración Julio sigue yendo a la capilla. “Me hice amigo de los obreros y del ingeniero a cargo de la obra”. Es que para él este lugar es propio y como dueño así lo cuida.



Volvió a sonar



“Hace unos días vine,  estuve con el ingeniero y me dijo: ‘Julio subí y hacé sonar la campana’. Yo le dije que no, que no me correspondía. Él insistió porque me dijo: ‘Si la campana está ahí y vuelve a sonar es porque vos la protegiste’. Y bueno, lo hice. Quedó tan linda”, resalta emocionado.

Para Julio su tarea está concluida: “Mi sueño se cumplió. La recuperamos. Ahora es el turno de los que vengan”, dice.

Sobre sus expectativas del acto de reinauguración de mañana, en su lenguaje llano y simple, precisa: “Y vendrá mucha gente. A mí lo que me importa es que está todo lindo. Claro va a ser distinto, va a estar el gobernador. Mi satisfacción más grande es verla (a la Capilla) sana, linda, limpia. Ahora entro, la contemplo y le doy gracias a Dios”.

También ahí estará Julio, como uno más, pero no lo es. Él es parte de la historia de este lugar.



Patricia Rossia

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Fotos: Juan Garafulic