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"La cruz apareció, se reveló; como que tenía que estar"

Campodonico cuenta que a lo largo de su trayectoria profesional ha aprendido que un proyecto debe estar siempre abierto a posibles cambios y no atado a una primera idea. Y que un dilema latente desde el inicio del mismo fue si se materializaría o no el símbolo de una cruz en el interior del templo. (Ver: Una obra invita a descubrir la inmensidad de lo interior)

“Como la capilla no estaba en la línea de las capillas tradicionales, en algún punto yo pensaba que podíamos prescindir de la cruz por el hecho de pensar que quizás fuera un lugar que también lo utilizara gente que no profesara el clero cristiano, es decir, que pudiera ser una capilla ecuménica. Entonces yo pensaba que nuestra capilla no tenía que tener cruz y ese fue uno de los requerimientos que finalmente mi padre me pidió, que realmente él quería que si estuviera”, cuenta el arquitecto.

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Para agregar: “El desarrollo posterior tuvo que ver un poco con esta tensión entre no querer colocarla por un lado y el requerimiento de mi padre que me pedía que hubiera una cruz”.

Así, una alternativa que Campodonico barajaba era que la cruz existiera como tal pero en las afueras de la capilla, como símbolo de recepción de los fieles que llegaban desde el campo.

“Pero con aquella primera premisa de aprovechar el sol entrando al atardecer surge la idea de quela cruz sí podía estar, no de manera física, sino a través de una proyección exterior, incorporando el símbolo en esta capilla”, sostiene.

El recogimiento que genera el espacio en general con esos muros entre los árboles crea una atmósfera muy particular. Es hasta el día de hoy que cada vez que me arrimo a visitar el sitio me sigue transmitiendo estas condiciones de atmósfera muy particular. El recogimiento que genera el espacio en general con esos muros entre los árboles crea una atmósfera muy particular. Es hasta el día de hoy que cada vez que me arrimo a visitar el sitio me sigue transmitiendo estas condiciones de atmósfera muy particular.

Y añade: “En algún momento, por ciertas cuestiones constructivas, me doy cuenta de que además si la cruz era la proyección de las sombras, podía descomponerse y era casi como volver al principio en el hecho de pensar que no hubiera una cruz, sino un palo vertical clavado en el piso y uno horizontal suspendido con pequeños hierros, casi como flotando. Esa serie de decisiones llevó un poco al principio que era lo que yo quería: que no hubiera una cruz y al mismo tiempo que sí la hubiera, que era lo que quería mi familia”.

“Las cosas no son casuales”

El arquitecto se muestra convencido de que las cosas no suceden por casualidad y resalta que durante el período comprendido entre el 2010 y el 2015, que se extendió el proceso de la obra, fue una etapa de felicidad plena en la que entre otras cosas importantes, transitó el nacimiento de sus dos hijas (que luego fueron bautizadas en la capilla), disfrutó de cada viaje que casi semanalmente realizó para relevar la capilla y pudo dar con la mano de obra indicada para lograr el resultado alcanzado.

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“Creo que ocurrieron muchas cosas. Por ejemplo, dar con los constructores adecuados en el proceso de investigación, o bien, la forma en la que apareció la cruz, casi como que se reveló, como que tenía que estar”, reflexionó.

Y agregó: “Esa cruz que es generada por el sol, con esta condición de vida que el mismo tiene para nuestro planeta y que esta idea de que el sol produzca la cruz, conecta a esta pequeña arquitectura con el cosmos, en una dimensión cósmica. Así que un poco, en este devenir de discusiones, o en este proceso en el cual no iba a haber cruz, luego hubo una cruz y finalmente no hay una cruz, en realidad lo que hizo fue enriquecer el proyecto. Y pienso ahora sinceramente que, si no hubiera habido una cruz, el proyecto no hubiera tenido la fuerza ni la relevancia que hoy tiene”.

Javier A. Borghi