"Uno flaquito le pegaba patadas en la cabeza sin parar", relató la esposa de Carlos Galíndez
“Yo me quería ir, no me importaba lo que tuviera que firmar, me quería ir, y en eso los policías me lo traen a mi marido desfigurado, con sangre por toda la cara: como pude lo llevé hasta la camioneta y nos vinimos”.
El testimonio de Jorgelina, la mujer de 41 años que el último fin de semana vivió horas de espanto en la comisaría de Río Cuarto, revela la violencia que desplegaron los uniformados contra su marido, Carlos Galíndez, un plomero y electricista de 42 años detenido por error, en medio de un operativo en una de las rutas de acceso a la ciudad.
En diálogo con la periodista Mónica Malmoria, de Canal 10, Jorgelina confirmó que mientras estuvieron demorados la madrugada del domingo, no les tomaron las huellas digitales ni les dieron el motivo por el que los trasladaban a la Policía del centro.
“Les decíamos que no teníamos nada que ver, que sólo paramos en la banquina porque yo quería hacer pis. Pero no me querían dejar ir al baño y me decían que si me hacía encima lo iba a tener que limpiar yo misma. Después uno de la comisaría me llevó al baño”.
Galíndez y su esposa fueron detenidos junto con los ocupantes de un vehículo blanco que se detuvo en la banquina de enfrente tras ser perseguido por varios patrulleros. Todos habrían sido conducidos a la central de calle Belgrano 50.
La mujer describió el lugar de esta manera: “Nos trasladan a un lugar que se llamaba UCA, en el centro. Entramos por un portón grande y después por una puerta celeste chiquita. A mí me ponen contra la pared y a mí marido lo hacen pasar a un lugar más adelante, le piden que se desnuden y le empezaron a pegar, sin decir nada, eran dos policías que le pegaban”.
“Él se cayó al piso y les decía: ‘Basta’. Uno flaquito le pegaba patadas en la cabeza sin parar y yo le decía que basta, después vi que se desmayó y uno fue a buscar un balde de agua, le tiraron agua para sacarle la sangre, lo trataron de despertar y se lo llevaron. A mí me llevaron a otra celda, como a las 6 y media de la mañana, antes de que cambiara la guardia, me dicen que nos podemos ir”.
-No tenían motivo para hacer lo que hicieron, para empezar a pegar tan cruelmente. -Dijo la mujer, en medio de una crisis de llanto
-¿A usted no le pegaron?
-No, no. A mí me pusieron contra la pared para requisarme y me hicieron desnudar. ¡Te juro que pensé que me iban a pegar de la misma manera!
Jorgelina se preocupó en diferenciar la cobarde actitud de los policías que los detuvieron en Río Cuarto, del resto de la fuerza.
“Le agradezco muchísimo a la Policía de acá, de la ciudad de Córdoba. Todo el tiempo se mostraron preocupados, me pidieron disculpas por sus compañeros. Decían que eran una vergüenza para la Policía. Yo les decía que ellos no tenían la culpa pero antes confiaba en la Policía y ahora no, ahora les tengo miedo”, concluyó.
El testimonio de Jorgelina es crucial para la marcha de la investigación que tiene bajo sospecha a cuatro policías riocuartenses: dos sargentos (una mujer y un hombre), un cabo y un suboficial inspector.