Con la muerte de su madre, la reina Isabel, el príncipe Carlos -que adoptará el nombre Carlos III- se ha convertido finalmente en rey del Reino Unido y de otros 14 territorios, poniendo de esta manera fin a una espera de más de 70 años, la más larga de un heredero en la historia británica.
La tarea será abrumadora. Su difunta madre era muy popular y respetada, pero deja una familia real que ha visto empañada su reputación y tensadas sus relaciones, con acusaciones incluso de racismo contra funcionarios del Palacio de Buckingham.
Carlos se enfrentará a esos retos con 73 años, convirtiéndose en el monarca de mayor edad en ocupar el trono en un linaje que se remonta a 1.000 años, acompañado con su segunda esposa Camila, que aún divide a la opinión pública.
Para los detractores, el nuevo rey es débil, vanidoso, entrometido y mal preparado para el papel de soberano.
Se le ha ridiculizado por hablar con las plantas y obsesionarse con la arquitectura y el medio ambiente y será asociado durante mucho tiempo con su fallido primer matrimonio con la difunta princesa Diana.
Sus partidarios dicen que eso es una distorsión del buen trabajo que hace, que simplemente se le malinterpreta y que en áreas como el cambio climático se ha adelantado a su tiempo.
Afirman que es reflexivo y se preocupa por sus conciudadanos británicos de todas las comunidades y condiciones sociales. Su organización benéfica Prince’s Trust ha ayudado a más de un millón de jóvenes desempleados y desfavorecidos desde su lanzamiento hace casi 50 años.
"El problema es que estás en una situación en la que no podés ganar nada. Si no hacés nada en absoluto, se van a quejar", dijo una vez Carlos en un documental de televisión. "Si intentás implicarte, hacer algo para ayudar, también se quejan".
A lo largo de su vida, Carlos se ha visto atrapado entre una monarquía en proceso de modernización, que intenta encontrar su lugar en una sociedad más igualitaria y en rápida evolución, y el mantenimiento de las tradiciones que dan a la institución su encanto.
Esa tensión puede verse en la vida de sus propios hijos.
El mayor, Guillermo, de 40 años, que se convierte ahora en el heredero, lleva una vida de deberes tradicionales, obras de caridad y pompas militares.
El menor, Enrique, de 37, reside en las afueras de Los Ángeles con su esposa, la actriz estadounidense Meghan, y su familia, forjando una nueva carrera más acorde con Hollywood que con el Palacio de Buckingham.
Los hermanos, antes muy unidos, apenas se hablan ahora.
Preparado desde su nacimiento para ser rey algún día, Carlos Felipe Arturo Jorge nació en el Palacio de Buckingham el 14 de noviembre de 1948, en el duodécimo año de reinado de su abuelo, el rey Jorge VI.
Con solo tres años, se convirtió en heredero, después de que su madre se convirtió en reina, y su crianza fue diferente a la de los previos futuros monarcas.
A diferencia de sus predecesores, educados por tutores privados, Carlos fue a la escuela Hill House, en el oeste de Londres, antes de ser pupilo en la escuela Cheam, en Berkshire, a la que asistió su padre, el príncipe Felipe.
Luego, fue enviado a Gordonstoun, un duro internado en Escocia donde también había estudiado Felipe. Describió su estancia allí como un infierno: se sentía solo y acosado. "Una sentencia de prisión", dijo.
Rompiendo de nuevo con la tradición, fue al Trinity College, en Cambridge, para estudiar arqueología y antropología física y social, pero más tarde se cambió a historia.
Durante sus estudios, fue coronado formalmente príncipe de Gales, el título que tradicionalmente ostenta el heredero al trono, en una gran ceremonia en 1969.

