Cada regreso de Carlota al escenario, sucedió anoche, genera una poco frecuente respuesta de público, la gran mayoría proveniente de fuera del círculo de seguidores de los espectáculos teatrales en la ciudad. Puesto frente a esa evidencia, Diego Torres, su creador, se manifiesta agradecido y asombrado, y se siente impulsado, especialmente frente a la requisitoria del entrevistador, a recuperar el origen de su vocación y de la creación del personaje.
“Desde chico me interesó el teatro y desde chico he sido muy observador. La unión de esas cosas derivó creo en la creación de Carlota. Con respecto a la pasión teatral, recuerdo que mis padres me daban dinero para comprar la merienda en el colegio y yo me guardaba la plata, por ejemplo, para comprar el pasaje desde Holmberg y comprar la entrada al teatro. Era algo innato ese interés, porque además en la familia, más allá de un tío Ramón, cantor y guitarrero, y de la afición de mis padres por Niní Marshall o por Olmedo, no hay antecedentes de esa pasión”, afirma.
Una pasión que Diego dice haber sentido prácticamente desde siempre: “participaba siempre en los actos escolares, actuando o escribiendo, tenía ese bichito adentro pidiendo salir, que la pasión por el teatro es eso. A tal punto que en el curso del secundario, nos pagamos el viaje Bariloche y el viaje de egresados, con la recaudación de las obras que yo escribía en las clases de literatura y que después transformábamos en una obra llevada a escena, tomando detalles de gente y personajes del pueblo y marcándolo en el escenario a través del histrionismo. Me acuerdo que cobrábamos un peso la entrada y conseguimos recaudar lo que necesitábamos para los viajes”.
Punto de inflexión
En ese trasiego actoral de entrecasa, sucedió algo que el actor recuerda como un punto de inflexión que lo decidió a impulsar hacia adelante ese juego de adolescente: “fue cuando, juntando pesitos compre la entrada para ver a China Zorrilla en ‘Camino a la Meca’, cuando vino acompañada en el escenario por Thelma Biral. Verla a ella, con algo así como 70 años, ver el trabajo que hacía, la chispa, el ‘timming’ que tenía, me dejó estupefacto. En aquel entonces no sabía esa costumbre de esperar al artista a la salida del teatro, si no me hubiese quedado. En cambio, quedé prendado del oficio”.
Emergente de un lugar, Holmberg prácticamente inhóspito para las realizaciones artísticas, Diego dice tener sin embargo una gran respuesta de la gente de su pueblo y de la zona rural desde que ha trascendido a los escenarios riocuartenses: “pero además la gente del pueblo, más allá de ese apoyo como público, me construyó mucho, empezando por una vecina, Lila, que me traía sus batones para que los usara cuando empecé a hacer el personaje. Y también meayudaron también empujándome a salir del pueblo y a buscar otros escenarios”.
Y desde allí, habla de su elección del travestido para la creación de un personaje: “empezó como una burla, como un juego de reacción dado el conocimiento que tenía desde chico de ese universo femenino ya que me, dado que mi papá pasaba muchos días fuera de casa porque trabajaba en el campo, prácticamente me crie entre mujeres: mi mamá, cuatro hermanas, tías y primas mujeres, de modo que cuando decido hacer este personaje que yo decía que salió como un vómito, estaban ellas seguramente en el origen y en el impulso por contarlas”.
Saldos y retazos
Elementos de una tía, Mila, de su mamá Lidia, de Lila, la vecina que le daba los batones, se transfiguran entonces en Carlota que, en un inicio tendía a parecerse a modelos que aparecían en la televisión como La Tota y la Porota (aquellos personajes de Miguel del Sel y Jorge Luz): “Laura Fernández con quien estudié en una época me ayudó en ese sentido: tenés potencial me decía pero para separarte de esos parecidos tenés que trabajar mucho. Y yo me pasaba horas en la vieja terminan del ómnibus observando como bajaban del ómnibus las mujeres, como caminaban y gracias a esa observación me fui separando de la copia de esos modelos”.
Así fue armando el personaje, y de un comienzo con mucho de improvisación pasó a desarrollarlo a través del proceso previo, la escritura: “me di cuenta que aquello que surgía espontáneo no me iba a sostener en el tiempo porque la improvisación es presente, reaccionar frente a algo que sucedió ahora, pero no tiene desarrollo hacia el futuro así que empecé a escribir, empezando por exponer la mirada de las mujeres sobre los hombres pero luego complementando esa mirada con una traducción más completa del mundo femenino para que el hombre lo vea”.
En ese desarrollo eligió el grotesco: “ese estilo que me gusta exagerar a través de la caricatura. Muchas veces han querido vestir o peinar más prolijo al personaje, hacerla más fina visualmente hablando, pero yo me he visto en esas imágenes y las he rechazado porque me parece que el desaliño caricaturesco le queda mejor y que esa caricatura empieza en lo visual, con la boca grande y muy pintada, el peinado y la vestimenta algo desaliñada: cuando empecé usaba varias pelucas de cotillón y una vez cuando empecé a usar pelucas de verdad, alguna gente me dijo que le quedaban mejor aquellas al personaje: trato de no alejarme de esa caricatura”.
Desde allí, evolucionando de la escritura de monólogos para sus primeras presentaciones a escribir situaciones y diálogos para sus trabajos actuales, Diego Torres fue delineando el desarrollo de Carlota desde esa perspectiva humorística: “incluso las cosas trágicas, vistas en el tiempo, pueden resultar graciosas y además en la vida diaria se dan situaciones involuntariamente humorísticas, que a veces no las vemos como tales y que son un buen material para este enfoque a través del cual se van delineando situaciones que se han incorporado en mis últimos trabajos”.
En el camino
Para llegar hasta aquí, Diego estudio con la ya citada Laura Fernández, con Jorge Varela, con Jorge Lecro y cada tanto viaja a Buenos Aires para hacer algunos cursos: “llevo muchos años aprendiendo y entiendo que el teatro es un aprendizaje constante, pero para mi es tan apasionante que ahora he buscado otra faceta de desarrollo y estoy dirigiendo talleres con elencos independientes de la región (Adelia María, Las Higueras), tratando de transmitir las herramientas que he aprendido y básicamente de entusiasmar a gente que está en una situación parecida a la mía cuando empecé”.
Mientras tanto, Carlota, vidriera pero también límite, el que impone un personaje que amenaza con apresar otras intenciones: “esa es una de las razones por la que estoy trabajando con un terapeuta, porque por momentos he sentido que no podía hacer nada más que Carlota. Lo necesité desde que me llamaron para protagonizar la historia de un transexual, un proyecto que había empezado a producirse en Río Cuarto pero que por alguna razón que desconozco se dio de baja, y también cuando recibí la cesión de los derechos de ‘Y se nos fue redepennte´, esa maravilla creada por Niní Marshall, para el que ya había hablado inclusive con una directora.”
Oscilando entre la necesidad de salirse de la fortaleza que Carlota resulta para él, y la percepción de que, para salirse de ella, tendrá que dejar de componer a una mujer (“si tengo que hacer de mujer haré a Carlota”, se dice a veces frente al espejo), Diego Torres descansa en el suceso tan particular que sigue teniendo ese personaje: “si se trata de huir hacia adelante tengo mi trabajo con esos talleres que me satisfacen mucho, aunque debo admitir que el desafío de la obra de Niní, tengo los derechos cedidos por dos años, es muy tentador, porque requiere componer varios personajes con diferentes acentos y tonalidades. Ya se verá, por ahora, Carlota me tiene ocupado y me permite ejercer esto que me apasiona desde chico”.
Una pasión que Diego dice haber sentido prácticamente desde siempre: “participaba siempre en los actos escolares, actuando o escribiendo, tenía ese bichito adentro pidiendo salir, que la pasión por el teatro es eso. A tal punto que en el curso del secundario, nos pagamos el viaje Bariloche y el viaje de egresados, con la recaudación de las obras que yo escribía en las clases de literatura y que después transformábamos en una obra llevada a escena, tomando detalles de gente y personajes del pueblo y marcándolo en el escenario a través del histrionismo. Me acuerdo que cobrábamos un peso la entrada y conseguimos recaudar lo que necesitábamos para los viajes”.
Punto de inflexión
En ese trasiego actoral de entrecasa, sucedió algo que el actor recuerda como un punto de inflexión que lo decidió a impulsar hacia adelante ese juego de adolescente: “fue cuando, juntando pesitos compre la entrada para ver a China Zorrilla en ‘Camino a la Meca’, cuando vino acompañada en el escenario por Thelma Biral. Verla a ella, con algo así como 70 años, ver el trabajo que hacía, la chispa, el ‘timming’ que tenía, me dejó estupefacto. En aquel entonces no sabía esa costumbre de esperar al artista a la salida del teatro, si no me hubiese quedado. En cambio, quedé prendado del oficio”.
Emergente de un lugar, Holmberg prácticamente inhóspito para las realizaciones artísticas, Diego dice tener sin embargo una gran respuesta de la gente de su pueblo y de la zona rural desde que ha trascendido a los escenarios riocuartenses: “pero además la gente del pueblo, más allá de ese apoyo como público, me construyó mucho, empezando por una vecina, Lila, que me traía sus batones para que los usara cuando empecé a hacer el personaje. Y también meayudaron también empujándome a salir del pueblo y a buscar otros escenarios”.
Y desde allí, habla de su elección del travestido para la creación de un personaje: “empezó como una burla, como un juego de reacción dado el conocimiento que tenía desde chico de ese universo femenino ya que me, dado que mi papá pasaba muchos días fuera de casa porque trabajaba en el campo, prácticamente me crie entre mujeres: mi mamá, cuatro hermanas, tías y primas mujeres, de modo que cuando decido hacer este personaje que yo decía que salió como un vómito, estaban ellas seguramente en el origen y en el impulso por contarlas”.
Saldos y retazos
Elementos de una tía, Mila, de su mamá Lidia, de Lila, la vecina que le daba los batones, se transfiguran entonces en Carlota que, en un inicio tendía a parecerse a modelos que aparecían en la televisión como La Tota y la Porota (aquellos personajes de Miguel del Sel y Jorge Luz): “Laura Fernández con quien estudié en una época me ayudó en ese sentido: tenés potencial me decía pero para separarte de esos parecidos tenés que trabajar mucho. Y yo me pasaba horas en la vieja terminan del ómnibus observando como bajaban del ómnibus las mujeres, como caminaban y gracias a esa observación me fui separando de la copia de esos modelos”.
Así fue armando el personaje, y de un comienzo con mucho de improvisación pasó a desarrollarlo a través del proceso previo, la escritura: “me di cuenta que aquello que surgía espontáneo no me iba a sostener en el tiempo porque la improvisación es presente, reaccionar frente a algo que sucedió ahora, pero no tiene desarrollo hacia el futuro así que empecé a escribir, empezando por exponer la mirada de las mujeres sobre los hombres pero luego complementando esa mirada con una traducción más completa del mundo femenino para que el hombre lo vea”.
En ese desarrollo eligió el grotesco: “ese estilo que me gusta exagerar a través de la caricatura. Muchas veces han querido vestir o peinar más prolijo al personaje, hacerla más fina visualmente hablando, pero yo me he visto en esas imágenes y las he rechazado porque me parece que el desaliño caricaturesco le queda mejor y que esa caricatura empieza en lo visual, con la boca grande y muy pintada, el peinado y la vestimenta algo desaliñada: cuando empecé usaba varias pelucas de cotillón y una vez cuando empecé a usar pelucas de verdad, alguna gente me dijo que le quedaban mejor aquellas al personaje: trato de no alejarme de esa caricatura”.
Desde allí, evolucionando de la escritura de monólogos para sus primeras presentaciones a escribir situaciones y diálogos para sus trabajos actuales, Diego Torres fue delineando el desarrollo de Carlota desde esa perspectiva humorística: “incluso las cosas trágicas, vistas en el tiempo, pueden resultar graciosas y además en la vida diaria se dan situaciones involuntariamente humorísticas, que a veces no las vemos como tales y que son un buen material para este enfoque a través del cual se van delineando situaciones que se han incorporado en mis últimos trabajos”.
En el camino
Para llegar hasta aquí, Diego estudio con la ya citada Laura Fernández, con Jorge Varela, con Jorge Lecro y cada tanto viaja a Buenos Aires para hacer algunos cursos: “llevo muchos años aprendiendo y entiendo que el teatro es un aprendizaje constante, pero para mi es tan apasionante que ahora he buscado otra faceta de desarrollo y estoy dirigiendo talleres con elencos independientes de la región (Adelia María, Las Higueras), tratando de transmitir las herramientas que he aprendido y básicamente de entusiasmar a gente que está en una situación parecida a la mía cuando empecé”.
Mientras tanto, Carlota, vidriera pero también límite, el que impone un personaje que amenaza con apresar otras intenciones: “esa es una de las razones por la que estoy trabajando con un terapeuta, porque por momentos he sentido que no podía hacer nada más que Carlota. Lo necesité desde que me llamaron para protagonizar la historia de un transexual, un proyecto que había empezado a producirse en Río Cuarto pero que por alguna razón que desconozco se dio de baja, y también cuando recibí la cesión de los derechos de ‘Y se nos fue redepennte´, esa maravilla creada por Niní Marshall, para el que ya había hablado inclusive con una directora.”
Oscilando entre la necesidad de salirse de la fortaleza que Carlota resulta para él, y la percepción de que, para salirse de ella, tendrá que dejar de componer a una mujer (“si tengo que hacer de mujer haré a Carlota”, se dice a veces frente al espejo), Diego Torres descansa en el suceso tan particular que sigue teniendo ese personaje: “si se trata de huir hacia adelante tengo mi trabajo con esos talleres que me satisfacen mucho, aunque debo admitir que el desafío de la obra de Niní, tengo los derechos cedidos por dos años, es muy tentador, porque requiere componer varios personajes con diferentes acentos y tonalidades. Ya se verá, por ahora, Carlota me tiene ocupado y me permite ejercer esto que me apasiona desde chico”.

