Cuchicheando armoniosamente
Juan Manuel Brarda ha creado un elenco que hace un gran aporte al desarrollo de la música vocal de la ciudad.
Cuchichear es hablar en voz baja. Si el grupo “Cuchicheros” tomó su nombre en clara referencia a su predilección por tratar a su aire la vasta y riquísima obra del Gustavo “Cuchi” Leguizamón, también podría haberse referenciado en un estilo, un modo, ligado al significado de la palabra cuchichear.
Por su forma de interpretar, que recupera entre nosotros la tradición de los grupos vocales que marcaron una época en el enfoque de la música popular argentina, allá por los años ’60 del siglo pasado, el elenco dirigido por Juan Manuel Brarda trabaja en torno a una modalidad que se asemeja al cuchicheo.
No se trata, claro, de evitar que los demás escuchen, que por eso se cuchichea en el habla cotidiana sino, por el contrario, de buscar en el pequeño detalle, íntimo, casi secreto, la forma de expresar como totalidad una obra que le ha otorgado riqueza singular a esa parte de la creación cultural argentina.
Conocida la perspectiva magistral de la obra de Gustavo “El Cuchi” Leguizamón en su tratamiento de las armonías, que elabora con igual sutileza en el desarrollo instrumental al piano y en su ligazón a la poética de otros autores en el mundo de la canción (que también solía escribir), “Cuchicheros” ahonda en ese perfil.
Los destellos armónicos son su desafío y el núcleo de su forma de traducir el aporte más intenso que el gran artista salteño hizo al cancionero popular, con una imaginación y un rigor que admiten pocos parangones y que le otorgan una vigencia interminable y una adhesión de unanimidad poco frecuente.
Desde ese concepto, cualquiera sea el modo musical elegido por el Cuchi, sea por zamba, chacarera (las dos más frecuentes), o cualquiera de las otras formas musicales sobre las que aplica su estilo creativo, los dirigidos por Juan Manuel Brarda se expresan en torno a tamaña obra, abrazándose a su desarrollo armónico.
Ayuda, por supuesto, contar con un puñado de voces finamente seleccionadas para el asunto: con los registros altos de María Carranza y Mauricio Martínez, explosivos con su poder evocador, apoyados en los trabajos, finísimos y muy difíciles, de los excelentes Noelia Reartes, Melisa Álvarez, Gabriel Campos Amaya, y el propio Brarda, que más de una vez pasan al frente.
Y eso que Federico Bildoza está sentado al bombo, como un invitado muy especial, que lo es también Vicente Ronza con su reconocida solvencia: ayudan ambos a crear ese cuerpo sonoro en el que nunca se abandona la ocasión de matizar, de agregar contenido a las elaboraciones melódicas.
Resulta difícil elegir de entre el apretado grupo de canciones elegidas por este elenco (formado por cantores locales de calidad pero que forma parte de un proyecto de mayor alcance nacido en la ciudad de La Plata), para su presentación en sociedad: lo que resalta es el concepto.
Sin embargo, sería una pena no citar, por ejemplo, la magistral interpretación de esa obra maestra, imponente y desgarradora que es “Me voy quedando”, sacudida por una emoción se diría que terminal, que en la versión de “Cuchicheros” se refleja con singular intensidad, poniendo la piel de gallina.
En esa línea brilla la “Zamba de la viuda”, sutilmente melancólica, pero también en otro perfil estremece la versión de “Corazonando”, con la que cerró el concierto: igualmente bellas e igualmente muy bien interpretadas, bajo ese paraguas unificador que desarrolla el director.
Alguna vez, andando por aquí, el maestro cordobés Hugo de la Vega, un especialista en el tema, dijo que la obra del Cuchi fue el gran desafío y una de las más grandes inspiraciones y alimentos de su estupenda trayectoria en el mundo de la música.
Trabajando básicamente sobre sus arreglos, un ‘must’ en muchos sentidos, “Cuchicheros” parece igualmente inspirado y desafiado. Y nos desafía, a partir de ahora, a no ahorrarnos el placer de volver a escucharlos.
Ricardo Sánchez
Por su forma de interpretar, que recupera entre nosotros la tradición de los grupos vocales que marcaron una época en el enfoque de la música popular argentina, allá por los años ’60 del siglo pasado, el elenco dirigido por Juan Manuel Brarda trabaja en torno a una modalidad que se asemeja al cuchicheo.
No se trata, claro, de evitar que los demás escuchen, que por eso se cuchichea en el habla cotidiana sino, por el contrario, de buscar en el pequeño detalle, íntimo, casi secreto, la forma de expresar como totalidad una obra que le ha otorgado riqueza singular a esa parte de la creación cultural argentina.
Conocida la perspectiva magistral de la obra de Gustavo “El Cuchi” Leguizamón en su tratamiento de las armonías, que elabora con igual sutileza en el desarrollo instrumental al piano y en su ligazón a la poética de otros autores en el mundo de la canción (que también solía escribir), “Cuchicheros” ahonda en ese perfil.
Los destellos armónicos son su desafío y el núcleo de su forma de traducir el aporte más intenso que el gran artista salteño hizo al cancionero popular, con una imaginación y un rigor que admiten pocos parangones y que le otorgan una vigencia interminable y una adhesión de unanimidad poco frecuente.
Desde ese concepto, cualquiera sea el modo musical elegido por el Cuchi, sea por zamba, chacarera (las dos más frecuentes), o cualquiera de las otras formas musicales sobre las que aplica su estilo creativo, los dirigidos por Juan Manuel Brarda se expresan en torno a tamaña obra, abrazándose a su desarrollo armónico.
Ayuda, por supuesto, contar con un puñado de voces finamente seleccionadas para el asunto: con los registros altos de María Carranza y Mauricio Martínez, explosivos con su poder evocador, apoyados en los trabajos, finísimos y muy difíciles, de los excelentes Noelia Reartes, Melisa Álvarez, Gabriel Campos Amaya, y el propio Brarda, que más de una vez pasan al frente.
Y eso que Federico Bildoza está sentado al bombo, como un invitado muy especial, que lo es también Vicente Ronza con su reconocida solvencia: ayudan ambos a crear ese cuerpo sonoro en el que nunca se abandona la ocasión de matizar, de agregar contenido a las elaboraciones melódicas.
Resulta difícil elegir de entre el apretado grupo de canciones elegidas por este elenco (formado por cantores locales de calidad pero que forma parte de un proyecto de mayor alcance nacido en la ciudad de La Plata), para su presentación en sociedad: lo que resalta es el concepto.
Sin embargo, sería una pena no citar, por ejemplo, la magistral interpretación de esa obra maestra, imponente y desgarradora que es “Me voy quedando”, sacudida por una emoción se diría que terminal, que en la versión de “Cuchicheros” se refleja con singular intensidad, poniendo la piel de gallina.
En esa línea brilla la “Zamba de la viuda”, sutilmente melancólica, pero también en otro perfil estremece la versión de “Corazonando”, con la que cerró el concierto: igualmente bellas e igualmente muy bien interpretadas, bajo ese paraguas unificador que desarrolla el director.
Alguna vez, andando por aquí, el maestro cordobés Hugo de la Vega, un especialista en el tema, dijo que la obra del Cuchi fue el gran desafío y una de las más grandes inspiraciones y alimentos de su estupenda trayectoria en el mundo de la música.
Trabajando básicamente sobre sus arreglos, un ‘must’ en muchos sentidos, “Cuchicheros” parece igualmente inspirado y desafiado. Y nos desafía, a partir de ahora, a no ahorrarnos el placer de volver a escucharlos.
Ricardo Sánchez