Brillante

Lucía Luque y Fabricio Rovasio presentaron un apabullante concierto, anticipando el programa que realizarán en pocas semanas en el Teatro Colón.
 
La brillantez, ya conocida por aquí, de Lucía Luque y Fabricio Rovasio, se ratificó con una actuación soberbia, anticipo de lujo del concierto, que con el mismo programa, el dúo desarrollará en un par semanas en el teatro Colón, de Buenos Aires, certificando el valor del ciclo del Cemapa.

Brillante por la sutileza y el brillo interpretativos y superlativos en la elección de un programa cuyos contrastes, cuya complejidad, obliga a una particularidad de enfoque que resulta en sí mismo un desafío a la forma de enfrentar cada obra.

Y un concierto que nunca afloja su empaste a pesar de estar construido en una progresión que va en sentido contrario de lo que puede considerarse como el gusto medio, o mejor los modos de apreciación del espectador medio.

Así, el concierto comienza (dicho en presente porque su sutileza lo mantiene vivo varias horas después de culminado) con Beethoven, uno de los autores clásicos más identificados. Y de su obra inmensa con la “Sonata n° 5 en fa mayor Op. 24”,  conocida como "Primavera".

Denominación que no atiende a las anotaciones del gran sordo, sino que le fue sumada a posteriori, acaso en atención a la claridad, la cristalinidad que evoca, como una luz que aparece por detrás de la secuencia melancólica de su melodía.

Aguzando el desarrollo para quebrar los contrastes entre los instrumentos, se ponen a dialogar violín y piano, la Sonata se denomina con ese orden, con una sutileza esplendorosa, bien en el corazón de la perspectiva del romanticismo.

El violín, que como se sabe no era el instrumento de Beethoven, alcanza aquí cumbres paroxísticas en su lirismo, en el marco de un equilibrio formal, que Luque y Rovasio sostienen con una identificación de propósitos esplendorosa.

Es difícil escapar al embrujo profundamente emotivo que surca los cuatro movimientos, desde la elaboración para el violín del "allegro" hasta la tensión creciente del “rondó” final, pasando por el segundo movimiento, una maravilla profundamente nostálgica, de belleza indescriptible, en la que el piano se adelanta en sugerencias mientras el violín se despliega con pequeños detalles.

Quiebre y continuidad

Pasar de allí a la “Sonata n° 1 para violín y piano en sol mayor” de Ravel, conocida como “Póstuma”  y no perder el tren emocional no es nada sencillo, y lo consiguen.

Presentada en un solo movimiento, la pieza obra un perfil diferente por el tema temperamental que define a su autor, ya enquistado entre influencias de los posrománticos y con destellos que dejan oír las desestructuraciones posteriores.

Aquí sí se notan marcadamente el juego de contrastes, el refuerzo de la idea de trabajar sobre una compatibilidad se diría que forzada entre los dos instrumentos, que cantan interlineados.

La suma de influencias provenientes de las tendencias musicales emergentes en un mundo más interconectado se dejan oír en los quiebres armónicos, la reubicación del silencio y la nueva definición de matices que los intérpretes elaboran sutilmente.

El final, con el “Dúo Concertante”, de Stravinsky, da un paso más adelante, desplazando cualquier amago de virtuosismo pero sin abandonar del todo momentos líricos como en la “égloga” del segundo movimiento.

Riguroso, Stravinsky vuelve sin embargo a sus fuentes prácticamente en todo el resto de los movimientos de la pieza, con la idea de que el vuelo siempre debe presentarse dentro de un desarrollo regimentado.

Encomiástica, la pieza sin embargo nunca deja de transcurrir bajo cánones estrictos y el entendimiento de violín y piano no se aparta de esas líneas, trabajándolas con impecable arreglo a sus dictados.

El final, con el Gran Tango de Piazzolla, se enfrenta con ese decurso del concierto y vuelve al poderoso desarrollo rítmico, con una paleta que le permite a Luque impulsar el sostén melódico que Rovasio desenvuelve con precisión.

La misma que caracteriza a un concierto nada complaciente, que se atreve a un plan de progresión desafiante y que no puede menos que llevarse una ovación como premio.

Ricardo Sánchez