Exquisita condensación

Fernando Palomeque mostró su calidad interpretativa para compaginar un programa diverso.
 
Visita ilustre en el plano artístico, de esas que a veces pasan desapercibidas para el gran público, la de Fernando Palomeque produjo un disfrute profundo con su concierto pautado dentro de la destacada agenda musical del CEMAPA que se permite hallazgos como éste pensando en enriquecer la agenda local.

Su concierto condensó momentos de gran intensidad en una progresión que se puso en marcha con la interpretación de dos sonatas de Domenico Scarlatti (L.187 en Fa menor,  y K116 en Do menor) desarrolladas en un decurso expositivo decantado en variaciones múltiples, presentadas en su íntima sutileza.

Uno de los puntos altos del concierto fue sin duda la presentación de la Sonata Op. 110, de Ludwig van Beethoven, desarrollo ejemplar y prototípico, escrita en tres movimientos, que puede considerarse como una obra maestra dentro de la música para piano.

En dominio absoluto de la forma sonata, que el joven pianista registra en su hondura, Beethoven despliega una rara intensidad, un tanto desgarrado en el primer movimiento, marcado “Moderato cantabile, molto espressivo” que expresa un definido contraste con lo que sigue.

Porque lo que sigue es el “allegro molto”, breve y casi jocundo, que se revuelve al final en un “ritardando”, y su desembocadura “adagio ma non troppo” final, que empieza sombrío y, en modo de fugado, se desliza de la oscuridad inicial hacia un crescendo que le otorga al remate, magníficamente interpretado, una expresión casi radiante.

La potencia sutil que expresa allí Palomeque se sostiene en el comienzo del segundo tramo del concierto, con las cuatro “Mazurkas op. 41” de Chopin, personales formas de interpretar un ritmo tradicional de su país, Polonia, expresadas en su variedad de enfoques y combinaciones compositivas.

Resumen del carácter que Chopin le otorgó a su obra, ese pasaje fungió, aún en su desarrollo contrastante que se va deslizando desde cierto tono épico hacia el vals final de tono alegre, como una cesura para el momento desafiante y más complejo del concierto, apelación en contraste con lo previo.

Allí, las “Doce notaciones para piano” de Pierre Boulez, miniaturas también contrastantes entre ellas, significan una exploración diferente de las variantes rítmicas, hecha de reflejos y opacidades, citadas notas entre profundos silencios, que refieren a la escuela atonal de la que abreva.

Desasiéndose de lo interpretado hasta entonces, tal como lo hizo Boulez, Palomeque consiguió desplegar ese universo cerrado, auto-referido, lleno de reflejos brillantes entre espacios en blanco, que exige de la interpretación una percepción acercada del tempo.

Esa rara intensidad, vino a dar con la Estampas para piano de Debussy donde se despliega un nuevo estilo pianístico, muy decantado, con un creador en toda su potencia imaginativa para reflejar en paisaje y un espíritu, desplegado en el manejo de los pedales para generar reflejos e intensidad.

Con esa instancia de emoción muy pura, de sensibilidad expresada casi secretamente, más un breve vis, se cerró un concierto de pleno disfrute, sostenido en medio de una diversa selección, por un pianista de altísima calidad, capaz de desplegar su talento entre mundos tan distantes.

Ricardo Sánchez