Un Tarantino menos cruel

“Erase una vez en… Hollywood” dulcifica la mirada de un director tan poderoso como siempre.
 
Enamorado de Sergio Leone, Quentin Tarantino lo alude ya desde el título de remite a “Erase una vez en el Oeste”, celebrado film del director italiano. Una alusión que se expresa también que el clima de su Erase una vez en... Hollywood, un film muy “western spaghetti”.

Aunque en el transcurso del relato los protagonistas se burlen de él, de ese subgénero que tuvo a Leone como su emblema, lo cierto es que es evidente que el director norteamericano ha querido reproducir esa carnadura sucia que lo caracterizaba.

De hecho, en su estructura de cine dentro del cine, el rodaje del que participan los personajes es un western, y los tics que expresan ese contraste tan Tarantino entre la crueldad y el trazo humorístico, desarrolla modos de expresión de los personajes de aquellos films.

Otra cosa es la trama, plena de intersecciones, y que tiene como protagonistas principales al actor Rick Dalton, que lucha por entrar al mundo del cine desesperado por sacudirse al personaje televisivo que lo hizo famoso, y su amigo, empleado y doble de riesgo Cliff Booth.

Esos personajes puramente ficcionales, se relacionan con un personaje real traído a la ficción: Sharon Tate, la bella actriz, esposa de Roman Polanski, que en 1969, año en el que transcurre la acción del film, murió asesinada por miembros del clan Manson.

Precisamente, la historia de ese clan se cuela como una de las tantas subtramas, muy laterales, para generar ese desarrollo entre capas, “cebollesco”, que caracteriza el cine de Tarantino, estilo intencionadamente desmembrado que es especialidad de la casa.

En medio de esa estructura, que da la sensación de que se están viendo varias películas, y sin renunciar a su naturaleza sino más bien todo lo contrario, el director refuerza, su imaginario referencial en la frontera entre los mundos del cine y de la televisión.

Personajes inventados conviven con otros que tuvieron existencia real antes de ser incorporados a esta ficción (Bruce Lee o Steve McQueen andan por allí) en una trama repleta de referencias al cine y la televisión de época (los personajes son fanáticos de “Mannix”).

Lo asombroso es la habilitad que vuelve a mostrar Tarantino para que esos guiños se conjuguen y se integren a nivel del guion y de la estructura narrativa, circulando con una fluidez, una ligereza que no renuncia a su vertiente corrosiva, a su ambigüedad, a su incorrección.

Eligiendo un modo de construcción que dejar ver los trucos en lo que hace al trazado de la línea de tiempo, crea una obra profundamente divertida y a la vez revulsiva al trazar una pintura burlona acerca de la personalidad de esas criaturas envueltas en la maquinaria de sueños que frecuentemente deviene en pesadilla.

También en la duración del film y en el acento de regodeo de algunas escenas, esas formas tan suyas del exceso, Tarantino se muestra fiel a sí mismo, consiguiendo además que sus criaturas tengan una sustancia y crezcan más allá de los guiños que personifican.

Una vez más se ha puesto a jugar parado en su cinefilia pero en esta ocasión se impulsa en otro sentido, para conseguir que ese ánimo suyo, lúdico pero un pelín sucio, se decante en un film tan atrapante como siempre, pero más amable que de costumbre.

Un tiovivo, un carrusel, una calesita, un universo giratorio que deja traslucir su costado más emocional, menos violento, menos sarcástico. Y cuyo título, además de recordar a Sergio Leone, recuerde al comienzo de los cuentos infantiles.

Esos cuentos que nunca, o casi nunca, terminan mal, a pesar de las violencias que los recorran. Ese clima también está presente en “Había una vez en…Hollywood”, como si, su amor por el cine y sus vecindades, lo hubiesen conducido a contar esta vez y con su calidad de siempre, un cuento menos cruel.

R.S.