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"El hombre es el lobo del hombre"

Para el filosofo inglés Thomas Hobbes, las leyes permiten la susbsistencia de las sociedades. En el fútbol, las reglas transforman el juego que nació que nace en los potreros

Thomas Hobbes y su filosofía contractualista fueron claves en el desarrollo de los estados modernos.

 

En una de esas siestas hermosas de otoño, en las que la temperatura no puede ser más agradable y el sol da el calor justo, Juan agarro la pelota y salió raudamente de su casa. El destino elegido era el baldío que estaba a mitad de cuadra. El espacio estaba entre dos casas y tenía el tamaño justo para emular a un estadio imaginario. Allí, el pibe de 10 años, corría y relataba sus propias hazañas, gambeteando a defensores invisibles y metiendo mejores goles que los que hacía Oliver Atom en Los Supercampeones. Era libre de hacer y deshacer a su antojo. Lo acompañaban Nicolás y Andrés, sus fieles compañeros, con los que se turnaban los roles de arquero y defensor.

De pronto, unos extraños aparecieron e interrumpieron su partido de fantasía. Unos chicos de su misma edad ingresaron de prepo al potrero y se pusieron a jugar sin prestarles mucha atención. Ante tamaña afrenta, Juan y los suyos se abalanzaron sobre los intrusos lanzando algunos improperios.

-¿Qué te metés? ¿No ves que estoy jugando yo acá?, inquirió Juan.

-¿Y que tiene que ver eso? ¿Sos el dueño del baldío vos?, no. Entonces no me jodás, tengo los mismos derechos que vos para jugar acá, respondió uno de los recién llegados.

Enfrente del baldío vivían dos hermanos de alrededor de 70 años. José, profesor de filosofía retirado, se había quedado viudo y para no vivir solo en una casa tan grande, invitó a su hermano René para que lo acompañara. Sin mucho que hacer, ambos jubilados, disfrutaban de pasar las siestas sentados en el jardín de la casa. Admiradores del fútbol, les gustaba ver jugar a los pibes y hasta aplaudían cuando alguno tiraba un caño o hacía otra jugada vistosa. Esa tarde, al ver el inicio de la trifulca, ambos se apresuraron a cruzar la calle para evitar que todo pasara a mayores.

Los hermanos trataron de explicarles a los niños que la pelea no los conduciría a nada, que era preferible llegar a un acuerdo entre ambos grupos. La primera idea de Juan fue hacer un campeonato de penales para definir quién se quedaba con el baldío. Pero José le hizo ver que esa solución traería problemas, ya que algunos de los dos grupos, se iba a quedar sin lugar para jugar. Les dijo que una opción era dividir el terreno a la mitad, pero los chicos se quejaron de que las porciones iban a ser muy chicas y no era fácil delimitarlo.

Ante esto, el ex profesor les señaló que la mejor solución era olvidar las diferencias y jugar juntos. Así, compartirían la diversión y nadie se quedaría sin el espacio. A Juan mucho la idea no le gustó, pero terminó aceptando después de que René le señalara que a veces era preferible ceder un poco, para que nadie se quede sin nada.

Resuelta la cuestión, los hermanos se volvieron tranquilos a su jardín. Pero esa satisfacción duró poco, ya que a poco de haberse sentado en sus sillones, vieron como en el baldío iniciaba otra pelea. El motivo de este nuevo conflicto había empezado por una polémica sobre las dimensiones de los arcos imaginarios. Lo que para Juan había sido un golazo espectacular, con la pelota clavándose en un ángulo, para los chicos del otro equipo fue un tiro elevado que se fue por arriba del marco. El problema estaba en que las medianeras donde se colocaban los cascotes que oficiaban de palos, eran totalmente blancas y no había manera de trazar una línea horizontal que estableciera donde se ubicaba el travesaño. La solución que se les ocurrió a los veteranos fue aprovechar que les había sobrado un tacho de pintura y usarla para dibujar sobre las blancas paredes dos arcos. Así, no habría más disputas.

Después de unos días de paz, se suscitó otro conflicto, esta vez por establecer los límites de la cancha. Cansados de oír los gritos y ver algunos empujones, los hermanos volvieron a intervenir sobre el baldío. Esta vez hicieron las gestiones con un vecino dueño de un corralón que les debía unos favores y consiguieron la cal para hacer las líneas.

El hecho de tener arcos bien pintados y el espacio de juego delimitado, hizo que el baldío se hiciera famoso entre los chicos del barrio. Cada vez había más equipos y hasta se hacían torneos de fútbol cinco. Además, los propios protagonistas fueron haciendo modificaciones y poniendo nuevas reglas, para evitar los conflictos que se generaban, como por ejemplo, establecer las dimensiones de las áreas, claves para determinar cuando se producía un penal.

Una tarde, mientras en el baldío se jugaba un partido, Rene le señaló a su hermano que ya no era lo mismo, que algo había cambiado. Al haber delimitado el terreno, el espacio se había reducido y no se veían tantas gambetas como antes. Además, a cada rato un jugador caía al suelo y empezaban las discusiones por si era infracción o no. Le gritó a su hermano que iban a tener que traer un árbitro y se acercó a hablar con Juan, que estaba sentado en la vereda, algo contrariado, mirando hacía el baldío.

-¿Qué pasa Juancito?- Preguntó el hombre.

-Nada don René, pero creo que ya no es lo mismo. Antes era más divertido, ahora hay que cuidarse de hacer un montón de cosas. Cuando éramos menos había más lugar. No sé, creó que éramos un poco más libres de hacer lo que quisiéramos. Pero bueno, como dijo usted, a veces hay que ceder cosas para no terminar peleando y quedarnos sin nada.- Contestó el pibe

El viejo se fue a sentar junto a su hermano y lo miró un poco sorprendido. José, apeló a sus saberes filosóficos y proclamó, como si estuviera en el aula: “El hombre es el lobo del hombre, Thomas Hobbes”. René, que con mucha entrega y algo de fortuna había terminado el secundario, quedó aún más descolocado. Por lo que su hermano debió aclarar lo que había dicho.

-Thomas Hobbes fue un filósofo inglés. Es famoso por sus teorías sobre la política moderna y su frase más conocida es esa del lobo. Dicho groseramente, según sus ideas, el hombre es malo por naturaleza y para sobrevivir necesita de un ser superior que lo controle. En realidad, lo que Hobbes explica, es que el ser llega al mundo como individuo, con derechos adquiridos como por ejemplo la libertad o la supervivencia. Su pulsión natural es egoísta. En términos simples, cada individuo busca hacer lo que quiere. Ahora ¿Qué pasa cuando dos de nosotros queremos lo mismo? ¿Qué delimita donde comienza el derecho de uno y termina el del otro? Lo que surge de eso es un conflicto. La pelea constante termina con una de las partes fuera del juego y hace imposible la vida en comunidad. El hombre destruye al hombre, no sólo porque elimina al otro, sino porque además, elimina la posibilidad de establecer una sociedad, que en definitiva es la mejor manera en la que se desarrolla la vida humana. Para evitarlo, explica el filósofo, es que surgen los acuerdos en los que las partes ceden una porción de sus deseos, para garantizar el fin del conflicto y la supervivencia. Así, aparecen las reglas y un garante de esas reglas.- explicó José.

-¿Vos lo que decís es que hicimos mal en meternos cuando empezó aquel lio?- Interrogó René.

-No lo sé. No podíamos dejar que se pelearan. Pero sí te digo que al meternos y empezar a generar acuerdos, abrimos el camino para que aparecieran las reglas y eso hizo que la manera de jugar en el baldío cambiara. Pensá que esto debe haber pasado siempre, antes de que existiera una Fifa con un reglamento que ordenara todo, el fútbol se jugaba de otra manera, en cada cancha había acuerdos distintos- respondió José.

René no habló más, dirigió su mirada a la cancha y se quedó meditando sobre cómo se transforma el juego al aparecer los sistemas de reglas y acuerdos. Ese proceso en el cual el fútbol del baldío se transforma y va del potrero a la AFA.

Agustín Hurtado. Redacción Puntal