Han pasado muchos años desde que Ariel Borda, Horacio Sosa y Sergio Korn, revistando en trío como Cordobeses, trajeron su registro de las canciones de autor surgidas de la docta.
Y es cierto que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Pero también lo es que hay cierta materia incombustible en aquellas canciones que las tornan en sobrevivientes, y con mucho vigor.
Acaso su potencia radica en que, más allá de los avatares con los que castiga el tiempo, hay en ellas esa misteriosa fuerza de las cosas que superan su poder corrosivo.
Tiene esas canciones una capacidad para instalar en la intimidad de quien las escucha, una visión complementaria de lo que la crónica diaria dice del espacio que las impulsa.
Si cada lugar, cada ciudad, cada pueblo, pide alguien que narre las historias que las habitan, y las conforman, las canciones del trío concurren al unísono para “contar” a Córdoba y sus alrededores.
Cierto es que hay mucho del paisaje capitalino, y del rumor de sus criaturas, en cada una de ellas. Pero esos particularismos están tratados con un aliento tal que permean tales singularidades.
Es así como se transforman en impacto emocional intenso aunque uno no sepa qué es La Cañada o quién fue La Pelada: en ellas vibra la universalidad de la pintura de aldea.
Volvimos a comprobarlo escuchando “Dirigible”, “Canción espejo”, “Ícaro”, “Curvas del amor”, “Canciones”, “Río de miel”, “Quiero amar mi país, “El arbolito”, “Corazón de aldea”, “Córdoba va”.
Es cierto, hubo un par de novedades, pero esas novedades no son lo profundo. Lo que late todavía, trayendo al hoy aquellos años, es la enjundia emocional y la fuerza íntima que tramitan en ellas sus creadores.
Y así se disfrutan, guitarreadas cuidadosamente, y con esa capacidad tan suya para seguir emocionando.
R.S.
Acaso su potencia radica en que, más allá de los avatares con los que castiga el tiempo, hay en ellas esa misteriosa fuerza de las cosas que superan su poder corrosivo.
Tiene esas canciones una capacidad para instalar en la intimidad de quien las escucha, una visión complementaria de lo que la crónica diaria dice del espacio que las impulsa.
Si cada lugar, cada ciudad, cada pueblo, pide alguien que narre las historias que las habitan, y las conforman, las canciones del trío concurren al unísono para “contar” a Córdoba y sus alrededores.
Previous Next
Es así como se transforman en impacto emocional intenso aunque uno no sepa qué es La Cañada o quién fue La Pelada: en ellas vibra la universalidad de la pintura de aldea.
Volvimos a comprobarlo escuchando “Dirigible”, “Canción espejo”, “Ícaro”, “Curvas del amor”, “Canciones”, “Río de miel”, “Quiero amar mi país, “El arbolito”, “Corazón de aldea”, “Córdoba va”.
Es cierto, hubo un par de novedades, pero esas novedades no son lo profundo. Lo que late todavía, trayendo al hoy aquellos años, es la enjundia emocional y la fuerza íntima que tramitan en ellas sus creadores.
Y así se disfrutan, guitarreadas cuidadosamente, y con esa capacidad tan suya para seguir emocionando.
R.S.

