Atravesando esos años con sus altibajos, con sus controversias, con su potencia musical, el elenco bien puede recabar en las actas patrimoniales de la provincia, pero es riocuartense, de pura cepa.
Por eso, para celebrarlo, y a la espera de disfrutar una vez más de su entrega artística en el concierto de esta tarde noche, vale recuperar las palabras que escribió Juan Filloy para celebrarlo hace 46 años.
Es una forma inmejorable de cantar su existencia y, de paso, de afincarlo en la obligación de continuar construyendo esa historia con un ahinco y una entrega mayor, y mejor, cada día.
Alguna teoría esotérica sostiene que la voz emitida alguna vez no se pierde en el espacio. Las ondas que vibran eternamente se mantienen en el éter para siempre. Si el silencio opaco, sin refracción, no existe, nos consuela entonces la hipótesis de que todos los cantos proferidos por nuestro Coro Polifónico tienen ecos insondables, resonancias perpetuas, en el alma acústica del mundo.
Siguiendo pues por este andarivel hermético, propio de sutiles mistagogos, que ventura comporta saber que todos los esfuerzos de su fundador, el inolvidable Delfino Quirici y la armonía de sus elencos cuentan aun auditorios de aves y ángeles canoros, y en alas del fervor vuelan todavía en esferas siderales. Mas sin mengua de ese privilegio trascendente, afirmamos nuestra pertinacia de terrícolas para expresar también que sus recitales viven en la memoria de quienes los escuchamos. Bajando pues al nivel de este valle de lágrimas, honremos en primer término la fecha de su fundación, el 22 de noviembre, hace cuarenta años justamente.
Indudablemente fue una fecha liminar, de esas que fijan rumbos y marcan etapas. La floración de voces que brotó en nuestra pampa medanosa, que irrumpió después en las oblaciones de la comarca y en fin que se proyectó al ámbito de las grandes ciudades, fue una especie de sortilegio. Porque la floración de voces se convirtió en una selva de aplausos
Una paradoja sociológica conturba nuestro destinos: ¿qué razón había para que nuestro pueblo no cantara, siendo mayoritariamente progenie de países latinos que cantan?, ¿qué motivo inhibitorio impedía que el alma de sus descendientes ocultaran la herencia apolínea recibida?
La emisión vocal del sentimiento es un patrimonio racial estupendo. Quirici tuvo una intuición casi milagrosa en abrir ese cofre de vivencias sonaras. Y exhibirlo auditivamente como se exhibe un tesoro, “tapado” por deidades hostiles, por hados que, semejantes a las aves de presa, no cantan.
Desde las primeras presentaciones del Coro Polifónico, el deslumbramiento auditivo de Río Cuarto se asemejó al pasmo –la euphemia- de ésta frente a algo inaudito. En efecto, la riqueza de timbres y matices, la sabiduría del “affiatamento”, las modulaciones tonales de su expresión controlada, significaron para todos los espíritus la realidad de un goce inédito: el goce purísimo de la alegría lírica.
El sentimiento no sabe leer, interpretar sí. Naciones jóvenes como la nuestra, sin hondas sedimentaciones intelectuales, llegan mejor por efusión del arte adonde se eclipsan los conceptos.
Por eso fue bienvenida la forma de comunicación que consolidó Delfino Quirici en nuestro medio. Por la simple presencia del canto, impuso en cada oyente los beneficios de remansarse en la nostalgia de sus antepasados, -mediante canciones, ya apacible, ya dramáticas, ya amenas- que trepaban en escalofríos por el arbusto de nervios que cada uno lleva en sí.
Posteriormente la paulatina depuración de su “schola cantorum” al perfeccionarse sus aptitudes, elevaron sus interpretaciones primarias, a la excelsitud de cantatas y lieder de repertorio universal, sin olvidar tampoco la genuina virtualidad del repertorio folklórico; con lo cual, la poesía implícita en ambos, se aerificó para siempre en recuerdo memorable. Hoy, ese caudal auténtico cuenta un custodio fiel, de probada eficiencia y decoro, el R.Pl Pedro J. Matas.
Río Cuarto debe sincera gratitud a este espléndido organismo vocal, por la abundancia de sensaciones estéticas dispensadas “a bocca aperta e chiusa” en los cuarenta años que se conmemoran. La fama conquistada aquende y allende las fronteras de la patria, ha repercutido y repercute, también en ella. Primero porque nuestra “orfeae” ha sido siempre un ejemplo abnegado de contracción a un ideal marítimo y luego porque fue un paradigma fácilmente advertible de numerosas masas corales que se recrearon después emulando su gloria.
Correlativamente, para la población local y las autoridades que la representan, es obligación ineludible velar porque la majestad de nuestro Coro Polifónico prosiga corporizando, doquiera se presente, una inefable catedral sonora. Una catedral de voces apaciguantes en la crispada barahúnda de los tiempos que se viven.
De tal suerte, su frecuente y generosa ofrenda de belleza tendrá renovados estímulos, que darán color a sus iniciativas y fe a su elenco. Escatimar, mermar, soslayar, son verbos que deben omitirse a su respecto. Cuando la vocación está arraigada en el humus de la sangre, es una tradición hasta el amargo de esquivar los tributos que merece, no bastan salarios de ovaciones a quienes han puesto sobre el emporio de Río Cuarto, un friso sonoro que la identifica y enorgullece.
Juan Filloy
Es una forma inmejorable de cantar su existencia y, de paso, de afincarlo en la obligación de continuar construyendo esa historia con un ahinco y una entrega mayor, y mejor, cada día.
Alguna teoría esotérica sostiene que la voz emitida alguna vez no se pierde en el espacio. Las ondas que vibran eternamente se mantienen en el éter para siempre. Si el silencio opaco, sin refracción, no existe, nos consuela entonces la hipótesis de que todos los cantos proferidos por nuestro Coro Polifónico tienen ecos insondables, resonancias perpetuas, en el alma acústica del mundo.
Siguiendo pues por este andarivel hermético, propio de sutiles mistagogos, que ventura comporta saber que todos los esfuerzos de su fundador, el inolvidable Delfino Quirici y la armonía de sus elencos cuentan aun auditorios de aves y ángeles canoros, y en alas del fervor vuelan todavía en esferas siderales. Mas sin mengua de ese privilegio trascendente, afirmamos nuestra pertinacia de terrícolas para expresar también que sus recitales viven en la memoria de quienes los escuchamos. Bajando pues al nivel de este valle de lágrimas, honremos en primer término la fecha de su fundación, el 22 de noviembre, hace cuarenta años justamente.
Indudablemente fue una fecha liminar, de esas que fijan rumbos y marcan etapas. La floración de voces que brotó en nuestra pampa medanosa, que irrumpió después en las oblaciones de la comarca y en fin que se proyectó al ámbito de las grandes ciudades, fue una especie de sortilegio. Porque la floración de voces se convirtió en una selva de aplausos
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La emisión vocal del sentimiento es un patrimonio racial estupendo. Quirici tuvo una intuición casi milagrosa en abrir ese cofre de vivencias sonaras. Y exhibirlo auditivamente como se exhibe un tesoro, “tapado” por deidades hostiles, por hados que, semejantes a las aves de presa, no cantan.
Desde las primeras presentaciones del Coro Polifónico, el deslumbramiento auditivo de Río Cuarto se asemejó al pasmo –la euphemia- de ésta frente a algo inaudito. En efecto, la riqueza de timbres y matices, la sabiduría del “affiatamento”, las modulaciones tonales de su expresión controlada, significaron para todos los espíritus la realidad de un goce inédito: el goce purísimo de la alegría lírica.
El sentimiento no sabe leer, interpretar sí. Naciones jóvenes como la nuestra, sin hondas sedimentaciones intelectuales, llegan mejor por efusión del arte adonde se eclipsan los conceptos.
Por eso fue bienvenida la forma de comunicación que consolidó Delfino Quirici en nuestro medio. Por la simple presencia del canto, impuso en cada oyente los beneficios de remansarse en la nostalgia de sus antepasados, -mediante canciones, ya apacible, ya dramáticas, ya amenas- que trepaban en escalofríos por el arbusto de nervios que cada uno lleva en sí.
Posteriormente la paulatina depuración de su “schola cantorum” al perfeccionarse sus aptitudes, elevaron sus interpretaciones primarias, a la excelsitud de cantatas y lieder de repertorio universal, sin olvidar tampoco la genuina virtualidad del repertorio folklórico; con lo cual, la poesía implícita en ambos, se aerificó para siempre en recuerdo memorable. Hoy, ese caudal auténtico cuenta un custodio fiel, de probada eficiencia y decoro, el R.Pl Pedro J. Matas.
Río Cuarto debe sincera gratitud a este espléndido organismo vocal, por la abundancia de sensaciones estéticas dispensadas “a bocca aperta e chiusa” en los cuarenta años que se conmemoran. La fama conquistada aquende y allende las fronteras de la patria, ha repercutido y repercute, también en ella. Primero porque nuestra “orfeae” ha sido siempre un ejemplo abnegado de contracción a un ideal marítimo y luego porque fue un paradigma fácilmente advertible de numerosas masas corales que se recrearon después emulando su gloria.
Correlativamente, para la población local y las autoridades que la representan, es obligación ineludible velar porque la majestad de nuestro Coro Polifónico prosiga corporizando, doquiera se presente, una inefable catedral sonora. Una catedral de voces apaciguantes en la crispada barahúnda de los tiempos que se viven.
De tal suerte, su frecuente y generosa ofrenda de belleza tendrá renovados estímulos, que darán color a sus iniciativas y fe a su elenco. Escatimar, mermar, soslayar, son verbos que deben omitirse a su respecto. Cuando la vocación está arraigada en el humus de la sangre, es una tradición hasta el amargo de esquivar los tributos que merece, no bastan salarios de ovaciones a quienes han puesto sobre el emporio de Río Cuarto, un friso sonoro que la identifica y enorgullece.
Juan Filloy

