¡Aleluya!
Con su concierto en el Teatro Colón, el Coro Polifónico Delfino Quirici le agregó un momento de plenitud a su vasta historia musical de gran nivel. Mirá el video y la galería.
Él estaba ahí, impactante aún para el menos avisado. Impertérrito, inanimado, aunque alguna imaginación muy aguzada podría presumirse que alguna vibración interior lo ha de sacudir después de haber cobijado a cientos y cientos de los grandes artistas que han iluminado su larga fama.
Era nada menos, señores, que el Teatro Colón, aquel cuya capacidad para atraer a la gente ya asombraba a Anastasio el Pollo, narrador poético de la obra conocida como “El Fausto de Estanislao del Campo”, fundacional de la poesía gauchesca que enseñaban otrora en las clases de literatura del colegio secundario.
A ver, la memoria: “Como a eso de la oración, aura cuatro o cinco noches, vide una fila de coches contra el tiatro de Colón…”, se asombraba el gaucho. Y eso que el teatro no era el que vemos ahora proyectando la sombra de otra Argentina, y apenas si insinuaba su imponente historia.
Ese que estaba ahí, esa masa imponente, ya asume su condición de ser uno de los más grandes escenarios del mundo. Y quienes lo han pisado no sólo lo han engrandecido con su talento, sino que se han barnizado con ese raro prestigio que lo convierte en mucho más que un edificio cuyas intrincadas galerías son algo así como el laberinto que lleva a la gloria.
Entre ellos se cuentan, esos que hacían fila para entrar, hace siete días, después de haber cruzado la 9 de julio casi de madrugada, y disimulando apenas sus emociones: los integrantes del Coro Polifónico Delfino Quirici, dispuestos a experimentar la primera vez de ser protagonistas exclusivos de un concierto en ese lugar sagrado para los músicos.
Atrás quedaban las semanas de ensayo, el viaje y el alojamiento disperso; y por delante, apenas pasado el férreo control de ingreso, ese escenario que da para que se construyan en su interior ciudades, a cual más ilusoria, y para que se desborden las pasiones humanas en la frontera de la creación artística más sublime.
¿Vieron aquello de “más contento que chico con zapatos nuevos”?. Así estaban ellos, los coreutas, redondamente. Y eso que tienen, casi todos, una vasta experiencia. Algunos en lo personal, y otros la que le infunde el hecho de pertenecer a uno de los coros argentinos con mayor historia de actividad ininterrumpida.
Ni los más expresivos ni los más “superados”, ni los que pisaban ese lugar por primera vez ni los que formaron parte de las dos experiencias anteriores (integrando la gran masa coral que cantó los "Gurrelieder", de Arnold Schönberg en 1996 y/o el que interpretó la Sinfonía Nº 8 de Gustav Mahler) pudieron evitar el “oh” de asombro.
Ni tampoco la alegría desbordante, y por qué no la íntima satisfacción, de quien se encuentra con un momento acaso irrepetible que habrá de guardar, de una vez y para siempre y a como dé lugar, como uno de esos momentos que todos atesoramos en el arcón de los recuerdos más preciados, con el acento de una epifanía que volverá a suceder, en su interior, de tanto en tanto.
En eso anduvieron Cecilia Barrera, Mercedes Calvo, María Carranza, Carla Fogliatto, Cinthia Granado, Ana Laura Mascareño, Susana Montenegro, Luciana Porporato, Melisa Álvarez, Julieta Cao Taboh, Silvia Elstein, Virginia Gorostiaga, Roxana Gualpa, Ivana Masseroni, Jorgelina Llonga, Noelia Reartes, Ana Rumie Vittar, Sebastián Acosta, Martiniano Arrieta, Héctor Gerardo Figuera, Héctor Manenti Fontán, Mauricio Martínez, Juan Ignacio Noroña, Fabricio Lujan, Walter Vázquez, Fernando Zabala, Jorge Aguilar, Claudio Azcurra, Ángel Bildoza, Ángel Bruno. Federico Bildoza, Gabriel Campos Amaya, Pedro Pajello, Ezequiel Rabaglino, José Riffel y Pablo Sánchez, Vicente Ronza y Juan Manuel Brarda.
Y allí los dejamos, andando los pasillos del Colón, buscando sus camarines, calentando sus voces: “cada cual con sus trabajos / con sus sueños, cada cual /, con la esperanza adelante / con los recuerdos detrás”… Van camino al escenario, al gran escenario. Lo que vendrá después, la música, no hará más que completar esa felicidad inenarrable que merece un ¡Aleluya!, por todo lo alto.
En estado de gracia
La primera parte del concierto, integrada por obras escritas para formaciones corales a capella, abrió con “Let all mortal flesh keep silence”, himno escrito por Sir Edward Bairstow, para celebrar la venida de Cristo como la ofrenda liberadora, y cuyo desarrollo expresa el "temor" a Dios a partir de un trabajo que procura un delicado desarrollo armónico sutilmente trabajado por el elenco.
El gran momento del concierto fue la interpretación de “We Beheld Once Again the Stars” de Z. Randall Stroope desarrollada en torno a los textos de “La Divina Comedia”, de Dante Alighieri. La pieza trama un desarrollo por grupos vocales en constante interacción, con un desarrollo colorístico y un acento dramático que se subraya con la repetición de la frase “ma la notte”, desarrollo que el coro sostuvo con ejemplaridad y sin decaer la fuerza expresiva y la riqueza cromática de la obra.
Esa parte cerró con el “Alleluia” de Jake Runestad, trabajada a partir de la repetición, diversamente acentuada, de la palabra que la titula, y de la que el Coro supo arrancar su potente sentido celebratorio, expreso en la conjunción percusiva de palmas que pide y que sirve de remate.
La segunda parte, que incluyó la participación de ese estupendo pianista que es Vicente Ronza, abrió con “Drei Quartette Op. 64”: An die Heimat | Der Abend | Fragen” de Johannes Brahms, un cuarteto de temática amorosa, que ofreció algún lucimiento solista obedeciendo a su escritura original.
Y concluyó, antes del bis, con el otro gran momento de esplendor de la noche: la interpretación de “Fünf Lieder nach” de Gustav Mahler, un ciclo de canciones unidas pero de contenido diverso, presentadas en un arreglo que requirió la sutileza del pianista y exhibió un gran trabajo de la batuta para compaginar ese desarrollo marcado en un tono medio en el que el Coro lució magistral, como si el contexto le hubiese sumado brillo a su calidad habitual, colocándolo en estado de gracia.
Ricardo Sánchez
Orgullo y placer
Estas lineas encierran sensaciones diversas, mezcladas y superpuestas, pero todas impregnadas de orgullo y de placer. Surgen de sentir la majestuosidad del Teatro Colón en todo su esplendor, y de recoger en la intimidad de un palco, la impresión de que uno es alguien en semejante auditorio.
Es una sensación que imaginé se repetiría en los cantantes, con la perspectiva inversa, desde el escenario hacia el público y que, efectivamente, pude corroborar por sus comentarios posteriores al concierto.
Escuché frases admiradas acerca de “esa acústica tan particular del teatro, que te hace sentir como un solista”: lo personal y lo grupal mezclados, como disputando el placer entre lo uno y lo otro, todo el tiempo.
A mi juicio la actuación del Coro fue impecable. El sonido del piano en manos de Vicente Ronza, acompañante de lujo. La dirección apasionada y precisa de Juan Manuel Brarda, extrayendo los matices más relevantes de la masa coral.
Un grupo que por momentos, nos permitió apreciarlo como si fueran varios grupos de cámara selectos, unidos y guiados por la manos y los gestos corporales expresivos del Director.
La sonoridad del Coro y su expresividad, lograron lo más preciado de cualquier manifestación artística: emocionar!. Y fue al final de ese bis aplaudido de pie por una sala totalmente colmada, donde apareció el orgullo.
Que la Agencia Córdoba Cultura haya hecho posible que un elenco que pertenece a la planta artistica provincial pero que tiene todas sus raíces en nuestra ciudad, es una gran satisfacción.
Esta presentación refleja la trayectoria de quienes desde sus inicios bregaron por mantener la calidad de sus entregas y por sostener sus aquilatados pergaminos. Y haber gestionado esta histórica presentación, devuelve el esfuerzo de los artistas con una moneda que sólo cotiza en el espíritu de todos de cada uno de ellos. Y de los que tuvimos el placer de estar allí.
Osvaldo Simone
Titular de la Agencia Córdoba Cultura, delegación Río Cuarto.
DESDE EL COLÓN
-En los últimos años, se ha producido un intenso cambio generacional en la formación del Coro. Los más antiguos integrantes del elenco, y los tres únicos que participaron en las dos anteriores presentaciones en el Teatro Colón, son Silvia Elstein, Mercedes Calvo y Ángel Bildoza.
-En ese sentido vale señalar que Luis Alberto “Veco” Posadas, se perdió por pocos días la que hubiese sido su tercera intervención en el gran escenario. La noticia de su jubilación le llegó cuando ya se ensayaba el programa. Los comentarios de pasillo aseguraban que mató las penas, ejercitando otra de sus pasiones… la pesca.
-El ciclo Intérpretes Argentinos tiene un público muy variado (‘habitues’, principiantes, e inclusive turistas), al que se agregó la concurrencia de familiares y amigos de los coreutas, y de algunos artistas surgidos aquí y que desarrollan su carrera en los grandes escenarios nacionales: Laura Rizzo, desde luego, sentada en primera fila y saludando al final con una alegría que remite indudablemente al hecho de que ella misma es parte destacada de la historia del Delfino Quirici.
-También anduvo por allí el pianista Matías Targhetta, quien además tenía una tarea que desarrollar en el interior del teatro, y la presentadora y periodista Cecilia Carrizo, que hasta hace un tiempo se desempeñó como conductora de Somos Noticias en Cablevisión Río Cuarto y ahora lo hace en un espacio similar de la señal pero en la Capital Federal.
-Una presencia reminiscente del pasado artístico de la ciudad fue la de Pablo Padula, seguramente impulsado por la condición de coreuta de Walter Vázquez, amigo y compinche de aventuras actorales porteñas hace algunos, luego de coincidir aquí como revelaciones juveniles (casi infantiles) en el elenco de “Jugando a la comedia”, una obra riocuartense que en los años 80’ participó seleccionada en el Festival Nacional de Teatro para Niños de Necochea.
-“Además del teatro, tan imponente, resulta impresionante ver la precisión y la celeridad con el que trabajan los técnicos para preparar la escena en unos minutos”, fue el comentario coincidente entre todos los integrantes de una delegación a la que hay que sumarle, con subrayado especial, los nombres de Facundo Magrini, ágil, responsable y muy eficaz como coordinador entre la dirección del Coro y los funcionarios técnicos del Teatro, y de Lucas Ortiz, autor de las fotografías que registraron el acontecimiento y que le dan un marco visual inmejorable a esta cobertura.
Era nada menos, señores, que el Teatro Colón, aquel cuya capacidad para atraer a la gente ya asombraba a Anastasio el Pollo, narrador poético de la obra conocida como “El Fausto de Estanislao del Campo”, fundacional de la poesía gauchesca que enseñaban otrora en las clases de literatura del colegio secundario.
A ver, la memoria: “Como a eso de la oración, aura cuatro o cinco noches, vide una fila de coches contra el tiatro de Colón…”, se asombraba el gaucho. Y eso que el teatro no era el que vemos ahora proyectando la sombra de otra Argentina, y apenas si insinuaba su imponente historia.
Ese que estaba ahí, esa masa imponente, ya asume su condición de ser uno de los más grandes escenarios del mundo. Y quienes lo han pisado no sólo lo han engrandecido con su talento, sino que se han barnizado con ese raro prestigio que lo convierte en mucho más que un edificio cuyas intrincadas galerías son algo así como el laberinto que lleva a la gloria.
Entre ellos se cuentan, esos que hacían fila para entrar, hace siete días, después de haber cruzado la 9 de julio casi de madrugada, y disimulando apenas sus emociones: los integrantes del Coro Polifónico Delfino Quirici, dispuestos a experimentar la primera vez de ser protagonistas exclusivos de un concierto en ese lugar sagrado para los músicos.
Atrás quedaban las semanas de ensayo, el viaje y el alojamiento disperso; y por delante, apenas pasado el férreo control de ingreso, ese escenario que da para que se construyan en su interior ciudades, a cual más ilusoria, y para que se desborden las pasiones humanas en la frontera de la creación artística más sublime.
¿Vieron aquello de “más contento que chico con zapatos nuevos”?. Así estaban ellos, los coreutas, redondamente. Y eso que tienen, casi todos, una vasta experiencia. Algunos en lo personal, y otros la que le infunde el hecho de pertenecer a uno de los coros argentinos con mayor historia de actividad ininterrumpida.
Ni los más expresivos ni los más “superados”, ni los que pisaban ese lugar por primera vez ni los que formaron parte de las dos experiencias anteriores (integrando la gran masa coral que cantó los "Gurrelieder", de Arnold Schönberg en 1996 y/o el que interpretó la Sinfonía Nº 8 de Gustav Mahler) pudieron evitar el “oh” de asombro.
Ni tampoco la alegría desbordante, y por qué no la íntima satisfacción, de quien se encuentra con un momento acaso irrepetible que habrá de guardar, de una vez y para siempre y a como dé lugar, como uno de esos momentos que todos atesoramos en el arcón de los recuerdos más preciados, con el acento de una epifanía que volverá a suceder, en su interior, de tanto en tanto.
En eso anduvieron Cecilia Barrera, Mercedes Calvo, María Carranza, Carla Fogliatto, Cinthia Granado, Ana Laura Mascareño, Susana Montenegro, Luciana Porporato, Melisa Álvarez, Julieta Cao Taboh, Silvia Elstein, Virginia Gorostiaga, Roxana Gualpa, Ivana Masseroni, Jorgelina Llonga, Noelia Reartes, Ana Rumie Vittar, Sebastián Acosta, Martiniano Arrieta, Héctor Gerardo Figuera, Héctor Manenti Fontán, Mauricio Martínez, Juan Ignacio Noroña, Fabricio Lujan, Walter Vázquez, Fernando Zabala, Jorge Aguilar, Claudio Azcurra, Ángel Bildoza, Ángel Bruno. Federico Bildoza, Gabriel Campos Amaya, Pedro Pajello, Ezequiel Rabaglino, José Riffel y Pablo Sánchez, Vicente Ronza y Juan Manuel Brarda.
En estado de gracia
La primera parte del concierto, integrada por obras escritas para formaciones corales a capella, abrió con “Let all mortal flesh keep silence”, himno escrito por Sir Edward Bairstow, para celebrar la venida de Cristo como la ofrenda liberadora, y cuyo desarrollo expresa el "temor" a Dios a partir de un trabajo que procura un delicado desarrollo armónico sutilmente trabajado por el elenco.
El gran momento del concierto fue la interpretación de “We Beheld Once Again the Stars” de Z. Randall Stroope desarrollada en torno a los textos de “La Divina Comedia”, de Dante Alighieri. La pieza trama un desarrollo por grupos vocales en constante interacción, con un desarrollo colorístico y un acento dramático que se subraya con la repetición de la frase “ma la notte”, desarrollo que el coro sostuvo con ejemplaridad y sin decaer la fuerza expresiva y la riqueza cromática de la obra.
Esa parte cerró con el “Alleluia” de Jake Runestad, trabajada a partir de la repetición, diversamente acentuada, de la palabra que la titula, y de la que el Coro supo arrancar su potente sentido celebratorio, expreso en la conjunción percusiva de palmas que pide y que sirve de remate.
La segunda parte, que incluyó la participación de ese estupendo pianista que es Vicente Ronza, abrió con “Drei Quartette Op. 64”: An die Heimat | Der Abend | Fragen” de Johannes Brahms, un cuarteto de temática amorosa, que ofreció algún lucimiento solista obedeciendo a su escritura original.
Y concluyó, antes del bis, con el otro gran momento de esplendor de la noche: la interpretación de “Fünf Lieder nach” de Gustav Mahler, un ciclo de canciones unidas pero de contenido diverso, presentadas en un arreglo que requirió la sutileza del pianista y exhibió un gran trabajo de la batuta para compaginar ese desarrollo marcado en un tono medio en el que el Coro lució magistral, como si el contexto le hubiese sumado brillo a su calidad habitual, colocándolo en estado de gracia.
Ricardo Sánchez
Orgullo y placer
Estas lineas encierran sensaciones diversas, mezcladas y superpuestas, pero todas impregnadas de orgullo y de placer. Surgen de sentir la majestuosidad del Teatro Colón en todo su esplendor, y de recoger en la intimidad de un palco, la impresión de que uno es alguien en semejante auditorio.
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Escuché frases admiradas acerca de “esa acústica tan particular del teatro, que te hace sentir como un solista”: lo personal y lo grupal mezclados, como disputando el placer entre lo uno y lo otro, todo el tiempo.
A mi juicio la actuación del Coro fue impecable. El sonido del piano en manos de Vicente Ronza, acompañante de lujo. La dirección apasionada y precisa de Juan Manuel Brarda, extrayendo los matices más relevantes de la masa coral.
Un grupo que por momentos, nos permitió apreciarlo como si fueran varios grupos de cámara selectos, unidos y guiados por la manos y los gestos corporales expresivos del Director.
La sonoridad del Coro y su expresividad, lograron lo más preciado de cualquier manifestación artística: emocionar!. Y fue al final de ese bis aplaudido de pie por una sala totalmente colmada, donde apareció el orgullo.
Que la Agencia Córdoba Cultura haya hecho posible que un elenco que pertenece a la planta artistica provincial pero que tiene todas sus raíces en nuestra ciudad, es una gran satisfacción.
Esta presentación refleja la trayectoria de quienes desde sus inicios bregaron por mantener la calidad de sus entregas y por sostener sus aquilatados pergaminos. Y haber gestionado esta histórica presentación, devuelve el esfuerzo de los artistas con una moneda que sólo cotiza en el espíritu de todos de cada uno de ellos. Y de los que tuvimos el placer de estar allí.
Osvaldo Simone
Titular de la Agencia Córdoba Cultura, delegación Río Cuarto.
DESDE EL COLÓN
-En los últimos años, se ha producido un intenso cambio generacional en la formación del Coro. Los más antiguos integrantes del elenco, y los tres únicos que participaron en las dos anteriores presentaciones en el Teatro Colón, son Silvia Elstein, Mercedes Calvo y Ángel Bildoza.
-En ese sentido vale señalar que Luis Alberto “Veco” Posadas, se perdió por pocos días la que hubiese sido su tercera intervención en el gran escenario. La noticia de su jubilación le llegó cuando ya se ensayaba el programa. Los comentarios de pasillo aseguraban que mató las penas, ejercitando otra de sus pasiones… la pesca.
-El ciclo Intérpretes Argentinos tiene un público muy variado (‘habitues’, principiantes, e inclusive turistas), al que se agregó la concurrencia de familiares y amigos de los coreutas, y de algunos artistas surgidos aquí y que desarrollan su carrera en los grandes escenarios nacionales: Laura Rizzo, desde luego, sentada en primera fila y saludando al final con una alegría que remite indudablemente al hecho de que ella misma es parte destacada de la historia del Delfino Quirici.
-También anduvo por allí el pianista Matías Targhetta, quien además tenía una tarea que desarrollar en el interior del teatro, y la presentadora y periodista Cecilia Carrizo, que hasta hace un tiempo se desempeñó como conductora de Somos Noticias en Cablevisión Río Cuarto y ahora lo hace en un espacio similar de la señal pero en la Capital Federal.
-Una presencia reminiscente del pasado artístico de la ciudad fue la de Pablo Padula, seguramente impulsado por la condición de coreuta de Walter Vázquez, amigo y compinche de aventuras actorales porteñas hace algunos, luego de coincidir aquí como revelaciones juveniles (casi infantiles) en el elenco de “Jugando a la comedia”, una obra riocuartense que en los años 80’ participó seleccionada en el Festival Nacional de Teatro para Niños de Necochea.
-“Además del teatro, tan imponente, resulta impresionante ver la precisión y la celeridad con el que trabajan los técnicos para preparar la escena en unos minutos”, fue el comentario coincidente entre todos los integrantes de una delegación a la que hay que sumarle, con subrayado especial, los nombres de Facundo Magrini, ágil, responsable y muy eficaz como coordinador entre la dirección del Coro y los funcionarios técnicos del Teatro, y de Lucas Ortiz, autor de las fotografías que registraron el acontecimiento y que le dan un marco visual inmejorable a esta cobertura.