El impacto social del coronavirus se agrava
La Argentina transita un pico de contagios de coronavirus que ronda los 1.000 casos diarios y tiene como epicentro la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano. Sin embargo, allí comienza a darse la mayor flexibilización de la cuarentena en un intento por reactivar la economía y evitar que el derrumbe sea aún peor. El desafío de combinar ambas variables es mayúsculo dado el riesgo que conlleva la mayor circulación de personas en un ámbito con presencia fuerte de coronavirus. Es el equilibrio que intenta dar el tridente conformado por el presidente Alberto Fernández, el gobernador Axel Kicillof y el jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta.
En el interior, la situación es bien contrastante, salvo algunas zonas grises como Chaco o incluso el gran Córdoba, aunque en menor escala. El interior de la provincia aparece con una situación, hasta aquí, controlada desde lo sanitario. Por eso rápidamente se activaron los protocolos para que la mayoría de las actividades puedan volver a moverse pero el panorama es extremadamente incierto. El regreso de muchos sectores no implica el retorno de la normalidad en las ventas. Y los primeros resultados de los comercios que abrieron en las últimas semanas muestran que el rebote será lento, mucho más de lo que desean muchos y pueden tolerar otros. Las puertas abiertas y los locales vacíos fue la foto permanente. Pero además, empezaron a verse ya aquellos que cerraron el 20 de marzo y no volverán a abrir.
En medio de ese escenario, el próximo desafío es atraer a los consumidores. Pero allí surge el problema de fondo que es la falta de ingresos de una franja central de la población que recibió el impacto de la crisis. Ayer, la Came publicó el balance de ventas de mayo y el resultado fue un retroceso del 50,8% con respecto a igual mes del año pasado. Se vendió la mitad que en un mes malo, que fue el quinto de 2019, lo que transparenta la otra cara del Covid-19: su efecto social nocivo.
La crisis de arrastre que trae el país fue brutalmente agravada por la pandemia mundial. Desde 2018 el PBI nacional se achica en términos nominales y se cae un poco más si se lo cruza en relación a los habitantes. Lo que algunos suelen expresar como que “los argentinos somos cada vez más pobres”, aunque esa definición encierra la mentira del promedio. No todos los argentinos son cada vez más pobres.
Sí hay una realidad innegable y es que hay capas de sectores medios que se desmoronan y que la pobreza va horadando la estructura social. Y por eso un dato más que sumó el relevamiento nacional de Came es determinante: el mes pasado la venta de alimentos cayó 14,8%. No es llamativo que el rubro de bijouterie se desplome un 75% o indumentaria un 77% en medio de una crisis. Pero que los alimentos tengan un retroceso de ventas de casi el 15% hace detonar las alarmas. Los sistemas de contención del Estado y también de las ONG y organizaciones barriales vienen reflejando ese costado más profundo de la crisis, con comedores que revelan una demanda en crecimiento constante. Y a su vez, la propia crisis de esos encargados de brindar respuestas, porque los recursos son finitos y en muchos casos mucho más difíciles de conseguir en estos contextos.
A su vez, en un círculo vicioso perfecto, el Estado, que hace esfuerzos por llegar con la asistencia básica a esos sectores cada vez más numerosos, choca contra su propia burocracia -admitida en los últimos días por el propio presidente Alberto Fernández, que cuestionó la demora para que las decisiones se concreten- o sus propias posibilidades. En el primero de los puntos hay que anotar el beneficio del IFE que con 80 días de cuarentena sólo se pagó una vez.
No hay que perder de vista que otras víctimas de la pandemia, la cuarentena y el parate económico, son las recaudaciones de los tres niveles estatales. El Municipio, la Provincia y la Nación vienen mostrando desplomes en sus ingresos. La Casa Rosada lo suplió con emisión monetaria, pero los subnacionales no tienen esa posibilidad y navegan con sus finanzas en aguas turbulentas. Eso es parte de lo que llevó al gobierno de Schiaretti a impulsar dos medidas de fuerte impacto como la reforma jubilatoria y la reestructuración de la deuda que tuvo tránsito legislativo la semana pasada. ¿Serán las últimas medidas de ese tipo? Es la gran pregunta sin respuestas por ahora ante el interrogante del futuro. El horizonte plantea un día a día complejo para las planificaciones de todo orden. ¿Quién está en condiciones hoy de anunciar el fin de la pandemia y sus efectos?
Ante ese escenario incierto, los actores se mueven con absoluta prudencia y entonces el consumo no sólo sufre por la caída de los ingresos reales de la población, sino también por precaución de los consumidores. Hay una actitud de cuidado extremo de los recursos por temor a mayores dificultades.
A medida que se descienden escalones en la actividad económica, el entorno de deterioro va creciendo. Las zonas comerciales lo reflejan, pero también muchas pymes que alertan por el riesgo a desaparecer.
Esta semana se conocerá el índice inflacionario de mayo y posiblemente vuelva a mostrar una cifra pequeña fruto de ese mismo derrumbe y evite así un desgaste mayor de los ingresos. La falta de ventas impide mayores remarcaciones aun con fuerte expansión monetaria.
A futuro ese será el nuevo desafío del Gobierno: tener un plan de reactivación de la economía y de absorción de pesos de una plaza que en estos momentos los necesita en demasía para evitar que la inflación, la amenaza siempre latente en el país, vuelva con fuerza y dramatice más aún la situación social que dejará el tránsito de la pandemia en la Argentina.