Fiebre de domingo en las góndolas
El Presidente había deslizado la chance de una cuarentena general por diez días que finalmente no se concretó. Eso hizo que cientos de familias coparan los híper y arrasaran con los productos de consumo y de higiene
Eran las seis de la tarde y en uno de los pasillos del supermercado de la calle Estrada 698 tres repositores improvisaban un cónclave.
En medio de una carrera de carritos que enfilaban hacia la góndola de las yerbas, los tés y los cafés, los empleados identificados con remereas rojas evaluaban cómo seguir alimentando la fiebre consumista que, a esa hora, amenaza desbordarlos.
-Loco, ya no sé qué hacer. Les pongo pilas de fideos y los llevan al toque, agarro las cajas de arroz y se llevan el arroz, con las galletitas pasa lo mismo. No importa lo que les pongás se lo llevan en el acto-, decía uno de ellos, con cara de preocupación.
Después del breve intercambio de palabras, los tres veinteañeros volvieron a la carga y siguieron colocando a las apuradas la mercadería que los clientes les sacaban de las manos, sin darles tiempo a acomodarlas.
Pasó en ese comercio desde temprano, pero el panorama se repitió ayer en cada uno de los hipermercados de la ciudad. Las colas se extendían de punta a punta de los locales y los que no tenían chance de pasar por las cajas rápidas debían armarse de paciencia y prepararse para una larga amansadora.
Tema de conversación no les faltaba. El coronavirus monopolizaba las charlas entre los desconocidos que se pertrechaban a diestra y siniestra con lo que encontraban a mano.
La fiebre de domingo por la tarde hizo foco sobre todo en los productos no perecederos, pero también se veían carritos colmados, por ejemplo, de rollos de papel de cocina como si se avecinaran meses de desabastecimiento.
Acompañado de su hijo de unos 8 años, una mujer se agachó hasta el diezmado sector de los dulces de leche y con un movimiento ágil del brazo arrasó con cinco potes.
-No es la marca que me gusta, pero son los que quedan. Fijate que ahí quedó uno-, dijo al cronista de Puntal, como disculpándose por el arrebato.
Sin posibilidad de ir a las canchas de fútbol, con el resto de las disciplinas suspendidas y con la mayoría de los espectáculos públicos aplazados, la concurrencia a los súper fue la actividad excluyente para cientos de familias.
Los rumores
El disparador de semejante ola consumista fue la posibilidad de que el gobierno nacional decretara una cuarentena de diez días para todos los argentinos. La chance la dejó latente el propio presidente Alberto Fernández en las entrevistas que les concedió a medios gráficos y radiales de Buenos Aires.
Concretamente, anunció que a las cinco de la tarde del domingo se iba a reunir con funcionarios y expertos en salud y allí definirían la conveniencia o no de un parate general en esta desigual batalla contra el virus que desvela al planeta.
Falsa alarma
Cerca de las 20, Fernández ofreció una conferencia de prensa en la que descartó -siempre “por ahora”- la cuarentena. Anunció el cierre de escuelas y jardínes por dos semanas, la clausura de las fronteras para quienes quieran entrar al país, pero no mencionó por el momento un enclaustramiento domiciliario por los devastadores efectos que eso traería a una economía que ya viene dañada.
Ahora bien, desde que el rumor se instaló hasta que quedó desechado, pasaron largas horas que fueron utilizadas por los riocuartenses (y, obviamente, por otros tantos a lo largo del país) para llevar lo necesario, pero también lo que podrían llegar a precisar en una eventual emergencia que impidiera moverse libremente o que involucrara el cierre de los comercios.
No sucedió ni una cosa ni la otra.
En la conferencia de prensa que el Presidente ofreció escoltado por el gobernador Kicillof y por el jefe de Gobierno Larreta -cuyo inoportuno estornudo se hizo viral en las redes-, quedó en claro que no se iba a disponer -“por ahora”- el cierre de los supermercados.
De todos modos, el mandatario recordó que la consigna es evitar las aglomeraciones. “Tenemos que cuidarnos y cuidar a los otros”, prescribió. Por eso recomendó evitar las horas pico en los trámites y en las compras diarias.
Sin embargo, al menos ayer lo que sucedió en los grandes comercios de la ciudad fue exactamente lo que los especialistas desaconsejan: en nombre de un abastecimiento preventivo, miles de consumidores se apretujaban en los pasillos de los súper.
“No tienen que tener miedo del desabastecimiento de alimentos o el cierre de los negocios porque no es algo que estemos previendo”, tranquilizó Fernández a la población.
También les destinó unas palabras finales a los especuladores que remarcan precios aprovechando la emergencia. “Ya dijimos que se acabó el tiempo de los vivos y de bobos, ¿okey?”, advirtió y agregó que va a poner en marcha las herramientas que el Estado tiene a mano para sancionar a los que sólo piensan en su beneficio personal sin pensar en el bien común.
Entretanto, “a río revuelto” una vez más hubo “ganancia de pescadores”.
Desde el Gobierno señalaron que en las últimas horas los supermercadistas vendieron volúmenes similares a los que mueven durante las fiestas de fin de año. Si el tiempo de los vivos y los bobos definitivamente quedó atrás, es de esperar que la inesperada “reactivación” no se traduzca en un nuevo golpe al castigado bolsillo de los argentinos.
Alejandro Fara. Redacción Puntal
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En medio de una carrera de carritos que enfilaban hacia la góndola de las yerbas, los tés y los cafés, los empleados identificados con remereas rojas evaluaban cómo seguir alimentando la fiebre consumista que, a esa hora, amenaza desbordarlos.
-Loco, ya no sé qué hacer. Les pongo pilas de fideos y los llevan al toque, agarro las cajas de arroz y se llevan el arroz, con las galletitas pasa lo mismo. No importa lo que les pongás se lo llevan en el acto-, decía uno de ellos, con cara de preocupación.
Después del breve intercambio de palabras, los tres veinteañeros volvieron a la carga y siguieron colocando a las apuradas la mercadería que los clientes les sacaban de las manos, sin darles tiempo a acomodarlas.
Pasó en ese comercio desde temprano, pero el panorama se repitió ayer en cada uno de los hipermercados de la ciudad. Las colas se extendían de punta a punta de los locales y los que no tenían chance de pasar por las cajas rápidas debían armarse de paciencia y prepararse para una larga amansadora.
Tema de conversación no les faltaba. El coronavirus monopolizaba las charlas entre los desconocidos que se pertrechaban a diestra y siniestra con lo que encontraban a mano.
La fiebre de domingo por la tarde hizo foco sobre todo en los productos no perecederos, pero también se veían carritos colmados, por ejemplo, de rollos de papel de cocina como si se avecinaran meses de desabastecimiento.
Acompañado de su hijo de unos 8 años, una mujer se agachó hasta el diezmado sector de los dulces de leche y con un movimiento ágil del brazo arrasó con cinco potes.
-No es la marca que me gusta, pero son los que quedan. Fijate que ahí quedó uno-, dijo al cronista de Puntal, como disculpándose por el arrebato.
Sin posibilidad de ir a las canchas de fútbol, con el resto de las disciplinas suspendidas y con la mayoría de los espectáculos públicos aplazados, la concurrencia a los súper fue la actividad excluyente para cientos de familias.
Los rumores
El disparador de semejante ola consumista fue la posibilidad de que el gobierno nacional decretara una cuarentena de diez días para todos los argentinos. La chance la dejó latente el propio presidente Alberto Fernández en las entrevistas que les concedió a medios gráficos y radiales de Buenos Aires.
Concretamente, anunció que a las cinco de la tarde del domingo se iba a reunir con funcionarios y expertos en salud y allí definirían la conveniencia o no de un parate general en esta desigual batalla contra el virus que desvela al planeta.
Falsa alarma
Cerca de las 20, Fernández ofreció una conferencia de prensa en la que descartó -siempre “por ahora”- la cuarentena. Anunció el cierre de escuelas y jardínes por dos semanas, la clausura de las fronteras para quienes quieran entrar al país, pero no mencionó por el momento un enclaustramiento domiciliario por los devastadores efectos que eso traería a una economía que ya viene dañada.
Ahora bien, desde que el rumor se instaló hasta que quedó desechado, pasaron largas horas que fueron utilizadas por los riocuartenses (y, obviamente, por otros tantos a lo largo del país) para llevar lo necesario, pero también lo que podrían llegar a precisar en una eventual emergencia que impidiera moverse libremente o que involucrara el cierre de los comercios.
No sucedió ni una cosa ni la otra.
En la conferencia de prensa que el Presidente ofreció escoltado por el gobernador Kicillof y por el jefe de Gobierno Larreta -cuyo inoportuno estornudo se hizo viral en las redes-, quedó en claro que no se iba a disponer -“por ahora”- el cierre de los supermercados.
De todos modos, el mandatario recordó que la consigna es evitar las aglomeraciones. “Tenemos que cuidarnos y cuidar a los otros”, prescribió. Por eso recomendó evitar las horas pico en los trámites y en las compras diarias.
Sin embargo, al menos ayer lo que sucedió en los grandes comercios de la ciudad fue exactamente lo que los especialistas desaconsejan: en nombre de un abastecimiento preventivo, miles de consumidores se apretujaban en los pasillos de los súper.
“No tienen que tener miedo del desabastecimiento de alimentos o el cierre de los negocios porque no es algo que estemos previendo”, tranquilizó Fernández a la población.
También les destinó unas palabras finales a los especuladores que remarcan precios aprovechando la emergencia. “Ya dijimos que se acabó el tiempo de los vivos y de bobos, ¿okey?”, advirtió y agregó que va a poner en marcha las herramientas que el Estado tiene a mano para sancionar a los que sólo piensan en su beneficio personal sin pensar en el bien común.
Entretanto, “a río revuelto” una vez más hubo “ganancia de pescadores”.
Desde el Gobierno señalaron que en las últimas horas los supermercadistas vendieron volúmenes similares a los que mueven durante las fiestas de fin de año. Si el tiempo de los vivos y los bobos definitivamente quedó atrás, es de esperar que la inesperada “reactivación” no se traduzca en un nuevo golpe al castigado bolsillo de los argentinos.
Alejandro Fara. Redacción Puntal
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