"Vemos que la gente llega desesperada a pedir a la parroquia"
A 21 años de la crisis de 2001 en la que la Iglesia cobró un protagonismo central al convocar al Diálogo Argentino a distintos actores de la vida social, empresaria, gremial y política, el padre Jorge Luis Basso, vicepresidente de Cáritas diocesana, no duda en remarcar que “da la sensación de que perdimos 20 años porque aquel diálogo no se pudo sostener y en parte eso explica esta nueva crisis que estamos viviendo”.
Desde La Carlota, donde comenzó su tarea pastoral hace 5 meses, Basso dijo a Puntal que nuevamente ven “que la gente llega desesperada a pedir a la parroquia”.
“La crisis afecta a la sociedad en su conjunto porque uno escucha a empresarios con dificultades para hacer funcionar a las empresas y eso se traduce en dificultad para los trabajadores; y los sectores más debilitados de la economía son los que siempre sufren mayor dolor ante esto. La crisis se prolongó durante muchos años y por eso uno piensa en que necesitamos repensar el país desde lo político, lo social, lo económico, lo gremial, lo público, lo privado. No podemos seguir improvisando recetas y seguir echándoles culpas al mercado, al mundo, a otros digamos”.
Y agregó: “Sumemos los niveles de corrupción de tantos años y que la sociedad la permitió. Y eso también hizo que algunos se llenaran mientras otros se vaciaban, no sólo pensando en el dinero, sino que se quedaban sin trabajo, sin escuela, sin salud. Es una crisis muy compleja. Y si de verdad los gobernantes no repiensan esto a mediano y largo plazo, será cada vez peor”, vaticinó.
Para Basso, “el escepticismo que hay con respecto a la clase política es impresionante. Por eso necesitamos repensar rápidamente una democracia seria, más transparente, más justa, más fraterna, para no seguir repitiendo que este país tiene un potencial enorme. La verdad es que el país está fundido, por lo menos para una gran mayoría”.
-¿Cómo se ve la crisis desde la Iglesia?
-La gente llega desesperada a pedir. Pide comida, remedios, consuelo, escucha. No es que hay una parte del sistema que está deteriorada, todo está tocado por la crisis. Porque uno piensa en poner la esperanza en la escuela, por ejemplo, pero la verdad es que esa institución también fue alcanzada y uno observa a los docentes decir que los chicos tienen que pasar sí o sí de año porque es la exigencia de los superiores. Tenemos un problema que intentamos disimular y que nos da una de las peores pobrezas, porque el nivel educativo se derrumba. Después decimos cómo puede ser que en la secundaria haya problemas para leer o para comprender un texto. Eso es pobreza estructural que no tiene que ver con la comida o el remedio y alcanza en profundidad al ser humano y la dignidad.
Para Basso, “hay que reflexionar más sobre el presente y futuro de las generaciones. Yo pienso en los chicos remando en 20 o 30 años sobre el escenario que vamos a dejar. Y tenemos a muchos chicos que se quieren ir porque vivir en Argentina se volvió muy difícil. Y no dejemos de lado que todo esto potencia las posibilidades de violencia social. Hay mucha gente que la sufre y con una perspectiva compleja por delante.
-La Iglesia en 2001 tomó un rol protagónico, ¿está hoy en condiciones de retomar aquella tarea?
-La Iglesia en 2001, junto a Naciones Unidas, jugó un rol protagónico, con sectores sociales y políticos. Pero siempre nos pasa lo mismo. En aquel momento hubo una devaluación, después la cosa se acomodó un poco y finalmente ingresamos en otros procesos de crisis. Si nosotros hubiésemos tomado en serio el diálogo social hace 20 años, hoy no estaríamos como estamos. Si uno evalúa el 2001 frente al 2022, hemos perdido miserablemente 20 años en pujas internas, peleas intestinas, que no hicieron más que seguir empeorando una situación que ya era malísima.
-¿Podría repetir la experiencia?
-La Iglesia siempre va a estar dispuesta al diálogo. Y lo que vemos es que el diálogo social se ve interrumpido por intereses egoístas y provisorios y sin diálogo tampoco puede haber amistad social, porque están ligadas. Eso llevó ininterrumpidamente a problemas sociales que se van manifestando de distinta manera y en distintos lugares, pero es reflejo de lo mismo. Es como si la democracia no hubiese aprendido a escuchar al otro, sino a imponerle un punto de vista, sin importar el bien común. Lo importante no es sentarse para la foto, es sostener ese diálogo en el tiempo.