Río Cuarto

Cuando la melancolía y el desamparo se vuelven canción

Por Mateo Formía
El jazz. Un lenguaje complejo. Un campo musical de lo más diverso y en el que, actualmente, pocos incursionan es el resultado de las lágrimas de los esclavos africanos en tierras norteamericanas. Una angustia expresada con palmas y cantos en medio de látigos. El sol en sus espaldas, vigilados por su amo. Sin voz ni voto, trabajando la tierra para los terratenientes yankees, con los únicos trapos cubriendo de a partes la piel negra de los “salvajes”. 

Llegada la noche, todos cansados y desesperanzados, cantan con voz baja -para no despertar al amo mientras otros marcan a tempo, un ritmo lento con las manos y los pies. En esas noches la melancolía y el desamparo se vuelven canción.

“Es un error suponer felices a los esclavos porque cantan. Las canciones representan los sufrimientos, más que las alegrías de sus corazones”, dijo Frederick Douglas, esclavo huido que llegó a ser un conocido líder abolicionista. Los hombres del “diablo” aportaron a la creación del jazz desde el más profundo anhelo de libertad. El swing y el ritmo fueron sus mayores contribuciones. Fueron la base sobre la que se construyó un género musical muy abarcativo. Era un fenómeno inminente que se expandía de colonia en colonia. En su forma más primitiva, el jazz buscaba romper con los límites esclavistas. Tras la emancipación, los negros se asentaron, ya como personas de derecho, en diferentes ciudades norteamericanas. La libertad encontrada evocaba la pasión de la música y el baile y las calles de Nueva Orleans, Memphis, Kansas se iban poblando de jazz.

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