Río Cuarto

De sol a sol, los artesanos de la tierra fabrican dos mil piezas al día

La extenuante jornada de una familia boliviana refleja el esfuerzo de cientos de obreros de los hornos que, bajo temperaturas infernales, se ganan el sustento en el oeste de la ciudad
De sol a sol, los artesanos de la tierra fabrican dos mil piezas al día
 
La humedad asfixia. El calor barre el ánimo. Una brisa moribunda se diluye en mitad del recorrido. Nada se mueve. Nada interrumpe el sol. Y pega. Pega y fuerte. Te noquea y te atonta.

En los últimos 20 años, cientos de familias bolivianas se instalaron en Río Cuarto para fabricar ladrillos. Hombres y mujeres, por igual, trabajan en el rubro y encuentran en la tierra su sustento. Esta actividad productiva, que mueve más de 60 millones de pesos al año, se desarrolla en medio de la informalidad laboral y la precariedad habitacional.

En las cortadas de ladrillos no hay árboles. El trabajo se hace a pleno sol y nada sirve para amortiguar los 35 grados. De las mangueras el agua sale tibia. Sirve para preparar un té, pero no para calmar la insolación. De todas maneras, el agua es prioridad para preparar el barro (mezcla de tierra negra, aserrín y estiércol) con el que se arman los bloques. Los insumos utilizados en la totalidad de los hornos son la tierra, el aserrín y el agua para el mezclado. La tierra, el aserrín y el estiércol son comprados en todos los casos.

Así trabajan todos los días los hombres que fabrican ladrillos. De sol a sol, “con el horario de las gallinas”, dirá uno de ellos. A veces, la necesidad los empuja a que sus hijos y esposas los acompañen.

El empuje de los bolivianos que vinieron a la Argentina en búsqueda de mejores oportunidades está sujeto a una red de empleo no registrado que vulnera sus derechos.

El dominio de los ladrilleros de Río Cuarto es el barrio Las Quintas, en el oeste. Diego lleva horas trabajando sin parar y en su rostro corren gotas que se transforman en barro cuando tocan la arcilla seca que se le pega en la frente. Sus manos y su cintura se mueven sin descanso. Tiene que cortar más de 2.000 ladrillos para que la jornada rinda y el esfuerzo se traduzca en algo más de 800 pesos. Su esposa, parada a tres metros de altura, apila en una hornalla miles de piezas. Cuando terminen de quemarse, quedarán listas para la venta. Su hijo de 13 años empuja una carretilla llena de barro; cuando él se cansa, continúan sus hermanos.

Como esta familia, cuyos nombres han sido cambiados para proteger su identidad, otras cientas viven en las afueras de Río Cuarto. Los ladrillos que se elaboran acá son conocidos por su calidad en todo el centro del país. 



El negocio del ladrillo



En cada casa existe una zona de trabajo en la que están localizados los pisaderos (espacio en el que se arma la mezcla del barro para los ladrillos), las canchas (donde se cortan y se dejan secar los ladrillos) y las hornallas en las que se cocinan las piezas. Generalmente, las viviendas o habitaciones que ocupan los obreros están ubicadas en un extremo del campamento.

En la elaboración de los ladrillos existen diferentes puestos de trabajo. Los cortadores, como su nombre lo indica, se encargan de cortar los ladrillos y son los más buscados por los propietarios de los hornos. Cada uno recibe un pago de 4.000 pesos por mes. Para que el corte rinda, estos obreros deben conjugar la técnica con la velocidad. El banquetero se encarga de trasladar los ladrillos que se secaron en la cancha hasta el lugar en el que se cocerán. Una labor mayoritariamente a cargo de mujeres o niños es la de los apiladores: ordenan las piezas de barro para construir las hornallas. 

Ninguno de estos hornos posee galerías para el secado de los adobes o galpones, tanto para el almacenamiento de los insumos como para el acopio de los ladrillos terminados. Los adobes son depositados sobre las canchas y secados al aire libre o, a lo sumo, tapados con nailon.

Los ladrillos se venden en las mismas quintas. Hasta allí llegan transportistas que trasladan las piezas de barro hasta las obras, corralones o puntos de reventa.

Cada día, decenas de camiones ingresan al barrio Las Quintas para comprar ladrillos. La carga es tan irregular como el resto de las actividades y es realizada por “changas” de nacionalidad argentina. A veces los camioneros levantan a los cargadores en el ingreso al camino y les pagan 100 pesos por cada 1.000 ladrillos estibados, pero hay días en que la misma familia se encarga de cargar el camión. 

A corto o mediano plazo, se lee en el rostro de los cargadores el peso del trabajo, que termina provocando severas lesiones en la cintura y en la columna. Muchas veces se ven adolescentes acarreando los ladrillos desde las hornallas hasta los camiones.

Cuando Juan nació, hace 21 años, Ernesto, su padre, ya trabajaba en las cortadas. No se acuerda cómo, pero hace seis años comenzó a acompañarlo. De tanto verlo aprendió la técnica rudimentaria para armar los bloques.

Ernesto está descalzo y de una carreta va extrayendo el barro que luego coloca en un molde rectangular de madera. Empareja con las manos, lo alza y lo desmolda en el piso de tierra. Con la tierra mojada ese molde de dos bloques de barro pesa seis kilos. Al procedimiento lo repite 1.000 veces por día para lograr los 2.000 ladrillos por los que cobrará 440 pesos, en el mejor de los casos. "Si tienen fallas te pagan 210 pesos, los mejores ladrillos son los que están en el centro, por esos pagan más y son los que se venden más rápido. Por el resto te dan lo que quieren", explica Juan. Cada ladrillo tiene un valor entre los 2.80 y 2.90 pesos.  En los corralones están cotizados entre los 6 y los 8 pesos, el doble y hasta casi el triple de lo que los venden estas familias.

Pasa un rato y el calor desespera. No tienen hacia dónde huir. Todavía les faltan dos horas para frenar e ir a comer algo. Algo que ellos mismos tienen que proporcionarse. El barro seco cubre el cuerpo de Juan e iguala la piel de sus manos con las mangas de la camisa oscura. No habla, no frena, no levanta la mirada. Parece una máquina realizando un trabajo artesanal. El combustible, en su caso, son las hojas de coca que mastica todo el día. “Lo hacemos porque así nos rinde la jornada, si no, no haríamos esta cantidad”, precisa Juan. Cuando se mastica, la hoja de coca actúa como un estimulante ligero y ayuda a combatir el hambre, la sed, el dolor y el cansancio.

“Hace 13 años vivimos en Argentina. Primero trabajamos en Mendoza, pero nos robaron. En ese momento éramos empleados, desconfiaron de nosotros y por eso nos vinimos a Río Cuarto”, cuenta Estela. Después de eso no quiso volver a Mendoza y tampoco a su país.

La jornada en la cortada comienza a las 5.30 de la mañana y termina a las 5 de la tarde. “Hacemos el horario de las gallinas”, dice Juan. En el medio paran para almorzar y les dan tiempo a los bloques para que se sequen. Si se larga el agua en la mitad del día, el trabajo corre peligro. 

Cuando está seco arman unas pirámides de 35.000 o más ladrillos, que se llaman tabiques. En los huecos que dejan en la base meten leña y encienden el fuego. Allí tienen que estar entre 5 y 8 días cocinándose, días en los cuales siempre hay alguien cuidando que el horno no se apague. 24 horas. En los alrededores del tabique el termómetro ya no marca el calor. Es el mismo infierno.

Por la ruta A005, cruzando el desarmadero “El Tutu”, en el fondo del barrio Las Quintas, de un lado y del otro se multiplican las cortadas. La mayoría son tierras en las que alguna vez se sembró caña. Pero los dueños vieron que era mejor negocio arrendar esos terrenos para que otros fabriquen ladrillos.

Los que trabajan esperan hasta el sábado, que es el día del pago. Otros arriendan y venden de forma individual y le entregan al dueño de la tierra el 50 por ciento de la producción, que es alrededor de 1.250 dólares, como forma de pago en cuotas para adquirir su terreno de una hectárea a un plazo de 5 años. Un día que no trabajan porque llueve o se enferman es un día menos para cobrar.

Las condiciones climáticas influyen de manera notable sobre la producción en la actividad ladrillera, dado que es un trabajo       desarrollado a la intemperie, a lo que se suma que, en la mayoría de los casos, los productores no cuentan con galpones para el almacenamiento de sus productos o de sus insumos, o de galerías para el secado de los adobes.

Por este motivo, se considera a la producción artesanal de ladrillos como una actividad altamente estacional. Si bien en todos los meses del año hay una gran mayoría de hornos que producen ladrillos, tanto en enero y febrero como en julio y agosto, hay menor cantidad de horneadas, aunque por diversos motivos.

En los meses de invierno, el frío es el principal obstáculo para la quema de ladrillos. En cambio, en los meses de verano los inconvenientes son la poca demanda y la menor cantidad de mano de obra disponible debido a que muchos ladrilleros se dedican a otras actividades, como la cosecha.

Los meses de alta producción de la gran mayoría de los ladrilleros son marzo, abril, mayo y septiembre. En la época de mayor demanda los responsables de los hornos convocan a trabajadores de otras localidades cuando tienen gran cantidad de pedidos, pero la mayor parte de las veces el trabajo se hace en familia.

Nada disimula el humo ni frena el viento. Pese a la cortina oscura, una nena juega al borde de una pila de ladrillos. Una madre, junto a su niño, barre el ingreso de un rancho al que le falta todo, pero al lado se estaciona una camioneta de gama media. El vehículo es usado exclusivamente para el transporte de ladrillos y para llevar y buscar a los más chicos a la escuela, ubicada a unos 3,5 km de sus viviendas. Para las familias lo más importante es la educación y el bienestar de sus hijos, aseguran.

En general, una de las principales razones que llevan a los ladrilleros a vivir en el mismo predio en el que se encuentran los hornos en los que trabajan es el hecho de que no dispongan de galerías para el secado de los adobes, lo que genera que ante condiciones climáticas adversas los ladrilleros deban salir con urgencia a tapar con lonas el producto no terminado que se encuentra depositado en las canchas para que no pierda calidad y, por lo tanto, valor.

“Preferimos que nuestros hijos al salir de la escuela nos ayuden antes de que terminen en problemas de droga”, remarca Estela con respecto al trabajo de los niños. Para ella, como para la mayoría de las familias, no es trabajo infantil. 

El discurso de las autoridades escolares de nivel primario es que, independientemente de las actividades laborales que los niños y niñas puedan realizar en los hornos, eso no afecta la asistencia escolar. 

En un informe del Ministerio de Educación de la Nación con respecto al trabajo infantil en las ladrilleras, se expone: “Desde la perspectiva de las autoridades educativas, se reconoce como una práctica cotidiana la colaboración por parte de los más pequeños en el cuidado de los hermanos y en la realización de algún quehacer doméstico. Se entiende que los niños colaboran en distintas actividades, pero éstas no son percibidas por los miembros de la comunidad educativa como trabajo infantil”.

En cuanto a la educación secundaria y universitaria, se nota más la deserción. La hermana de Diego dejó la secundaria y en su casa puso un kiosco. Su otro hermano, Joaquín, empezó a estudiar Ingeniería Mecánica en la Universidad Nacional de Río Cuarto. “Al principio pensé que era fácil estudiar y trabajar en la ladrillera, perdí un año y me di cuenta de que no era así”, relata Joaquín. Desde entonces sólo se dedica a estudiar y cuando tiene tiempo libre ayuda a sus papás. Él va a ser el primer recibido de una universidad pública en su familia.

La fabricación de ladrillos se realiza tanto en forma artesanal como industrial. En los países del tercer mundo predomina la producción artesanal a manos de pequeños y medianos productores, para quienes los hornos son su única fuente de supervivencia e ingresos. 

En Argentina, según la Unión Ladrillera de la República Argentina: “Las fábricas ladrilleras están localizadas en Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, pero a ello hay que agregar las fábricas artesanales, que están presentes en la mayor parte de las provincias, excepto Santa Cruz y Tierra del Fuego”.

Las condiciones actuales de trabajo, en cada una de las etapas de la producción del ladrillo artesanal, son difíciles, complejas e insalubres, principalmente en la etapa de la "quema". A pesar de que es uno de los trabajos que presentan más déficit en las condiciones laborales, estas familias hacen con total dedicación su trabajo. Consideran que es su forma de vivir y que, “aunque no sea igual a la de los argentinos”, como dijo Luis, ellos son felices.  

Trabajan de lunes a sábado y en ocasiones las jornadas sin descanso se prolongan más 12 horas. Todos los domingos los ladrilleros se toman un respiro. Ese día se juntan a comer asado o a jugar a las bochas: es el regalo que les da la tierra.



Ana Velázquez. Estudiante de Ciencias de la Comunicación de la UNRC.