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Eterno resplandor

Hace 50 años, el país vivía su último golpe militar. Cada gobierno definió un marco de interpretación sobre la historia y la memoria. El recuerdo como una manera de entender la propia identidad

La casa de la playa se desmorona, la arena va tragándola sin piedad. Es el último recuerdo que Joel tiene de Clementine y se le está esfumando. Los dos decidieron olvidarse o, mejor dicho, someterse a un procedimiento técnico de borrado en una clínica llamada Lacuna Inc. que promete una limpieza selectiva de la memoria. Sin dolor hay felicidad.

“Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”, de 2004, es una película sobre un amor traumático y traumado pero, fundamentalmente, es una reflexión sobre la identidad y sobre la arquitectura que nos sostiene como personas.

¿Por qué nos moviliza esa historia que podría parecer pequeña pero que es inmensa, en la que un hombre y una mujer, el melancólico Joel de Jim Carrey y la alocada Clementine de Kate Winslet, se borran uno al otro, se anulan mutuamente? Nos conmueve la desesperada lucha de Joel cuando, en pleno proceso de borrado, se arrepiente y hace hasta lo imposible por aferrarse a lo último que le queda de Clementine. Pero, sobre todo, nos duele que dos personas hayan elegido deshumanizarse, desprenderse de un capítulo de su historia que los convirtió en lo que son. Cuando se sometieron al tratamiento para borrar al otro, se estaban mutilando en realidad a sí mismos.

Es preferible, dice la película, la profundidad del recuerdo y el dolor que una felicidad insustancial, artificial, sin humanidad.

En Argentina se cumplen 50 años del golpe militar y de la última dictadura que vivió el país. Fue una época traumática, no sólo por la anulación de las libertades civiles y los derechos políticos, sino por los muertos y desaparecidos, por las violaciones, los secuestros, las ejecuciones, los chicos apropiados, las búsquedas durante décadas. Cuando volvió la democracia, en el gobierno de Raúl Alfonsín, hubo un proceso de reconstrucción y de investigación para conocer la verdad y para condenar los crímenes.

Pero, después, con la llegada de Carlos Menem, la intención, a través del discurso y de los indultos, fue instalar desde el poder la idea de que era mejor dar vuelta la página, de que un país no puede crecer si se detiene en su historia. Como si mirar al futuro y recordar el pasado fueran excluyentes, como si el ser humano y la sociedad no fueran capaces de tener memoria y de proyectarse a la vez.

Menem postulaba un país enfocado en lo económico, en una modernización entendida como acumulación y banalidad. Borrar la memoria, no para una pareja lastimada sino para todo un país, era el camino deseable hacia la felicidad. Había que convencer a los hijos, madres, hermanas, padres de los desaparecidos, de los torturados y fusilados de que, por el bien de todos, era mejor olvidar.

El kirchnerismo cambió esa lógica. Y más allá de que los detractores señalan que hubo una utilización y una apropiación simbólica y política de ese período, tal vez el mayor desacierto del kirchnerismo haya sido que inmovilizó la historia, que la fosilizó, la convirtió en un capítulo reciente que sólo podía leerse e interpretarse de una única manera. Hasta el lenguaje asociado a la dictadura se transformó en algo inerte: las palabras empezaron a parecer vaciadas de sentido. La historia es una materia viva, que nunca es igual a sí misma, que va mutando. Fijarla implica quitarle su capacidad de movilizar.

En 2024, Leila Guerriero publicó “La llamada”, un libro que relata la vida de Silvia Labayru, una exmilitante de Montoneros que tuvo a su hija Vera en la Esma y que sobrevivió a las torturas y las violaciones. Podría parecer otro testimonio entre los miles que se escucharon y que permitieron conocer cómo se vivió el horror de los centros clandestinos. Sin embargo, “La llamada” tiene una virtud fundamental: provoca preguntas en el lector, lo lleva a cuestionarse sobre qué habría hecho si hubiera estado en el lugar de algunos de esos jóvenes que fueron sometidos a situaciones límite.

Silvia Labayru fue, durante mucho tiempo, una apestada entre los militantes que partieron al exilio. Cargaba con la sospecha de haber sobrevivido a la Esma y con las acusaciones de que había colaborado con los militares y, sobre todo, con Alfredo Astiz en la traición a las Madres de Plaza de Mayo que terminó con el secuestro de 12 personas, entre ellas Azucena Villaflor y las monjas francesas Alice Domon y Leonnie Duquet.

Guerriero narra cuál fue la participación real de Labayru en esos episodios, el sufrimiento que padeció adentro de la Esma y afuera y cómo fue mitigándose aquella sombra que la persiguió en el exilio. Pero, sobre todo, despierta en el lector una serie de preguntas. La figura del héroe suele estar asociada a aquel que soportó las torturas y que no entregó a nadie. Pero, ¿se puede culpar a la vez o señalar a quien entonces tenía 20 años, estaba embarazada, fue violada en la Esma y humillada, y que tenía la plena seguridad de que sería ejecutada ni bien tuviera a su hija? Labayru dice que nunca delató a nadie -en el episodio de las Madres estuvo como acompañante de Astiz sin decir una palabra- y que padeció horrores para seguir con vida.

El libro de Guerriero, más allá de lo que despierte la historia de la protagonista, vuelve a problematizar ese período de la historia argentina. Además, Labayru no romantiza su pasado sino que es crítica consigo misma y con la acción y la visión de Montoneros.

¿Es la verdad revelada? Por supuesto que no, pero vuelve a hacer que la historia entre en movimiento. La historia puede revisarse, revisitarse. Si no, ofrece esos próceres de bronce que solían enseñarse en las escuelas y que parecían estar fuera de la escala humana. Cada período puede reinterpretarse. Lo que no puede hacerse con un capítulo doloroso como el que vivió Argentina es negarlo o, incluso, relativizarlo. Menos si esas operaciones se hacen desde el poder.

Es lo que actualmente está ocurriendo en el país. Cada 24 de marzo, con el discurso de que hay que recuperar la verdad completa, el gobierno de Javier Milei publica algún video, que suele estar protagonizado por “intelectuales” de la talla de Agustín Laje, que en realidad persigue una intención justificatoria. La muerte organizada desde un Estado usurpado por militares tenía, según esta visión, una razón de ser.

Hay argumentos de peso contra esa construcción discursiva pero existe sobre todo un aspecto que es imposible de aceptar en un gobierno. El mileísmo reduce todo, incluso aquel período histórico, a una confrontación de modelos, ya sean económicos o sociales. El comunismo -su amplísima idea de comunismo- debe ser extirpado porque es el causante de todos los males. Pero, una vez más, prescinde ahí de la dimensión humana:no hay concepto ante crímenes como los que se cometieron, ya no eran cosmovisiones enfrentadas sino, en el momento definitivo, era una persona que ejecutaba a otra, que la hacía desaparecer, que se aprovechaba de su debilidad, de su vulnerabilidad, de su indefención para ejercer la crueldad de la tortura y la muerte. ¿Cómo puede un gobierno relativizar ese acto de barbarie? Y, más general:¿cómo puede a la vez no condenar que esas acciones se hayan organizado desde el Estado?

Viktor Frankl fue un neurólogo y psiquiatra austríaco que publicó “El hombre en busca de sentido”, un libro breve en el que cuenta sus días como prisionero en Auschwitz y en el que reflexiona sobre la manera en que el ser humano puede responder ante un acontecimiento extremo.

El libro termina con una frase muy potente: “El hombre es ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero también es el ser que ha entrado a esas cámaras de gas con la cabeza en alto”. La infamia y la dignidad.

Frankl dice que cada época tiene su propia neurosis colectiva. La enfermedad actual podría ser ese mecanismo omnipresente de deshumanización. La memoria, el ejercicio del recuerdo, es una manera de conjurarla.