Una despedida a la altura de ese país que nos merecemos
Qué coincidencia, justamente después de que abordáramos en la columna de la semana pasada la naturaleza evanescente del país que nos merecemos, a partir de la convocatoria de nuestro Presidente de la Nación a encarar de una vez por todas el atrapante desafío de construirlo, la decisión del Barba de sacarle el banquito a su pupilo y competidor más avezado nos ha presentado la oportunidad de verlo, a ese país que nos merecemos, desplegado ante nuestros ojos. Una excelsa combinación de la capacidad de organización de nuestras autoridades y el comportamiento disciplinado y responsable de nuestro pueblo no podía dar como resultado otra cosa que una memorable fiesta popular donde el supuestamente luctuoso motivo desencadenante fue, no digamos lo de menos, pero sí impotente para impartir cualquier molesto e inoportuno freno inhibitorio. No sabemos si lo del jueves habrá estado a la altura de lo que se merecía el Diego, de todas formas no estará hoy entre sus prioridades la de venir a reclamarnos nada. Pero pocas dudas puede haber en cuanto a que estuvo al menos cerca de lo que nos merecemos nosotros, incluso con alguna muestra de autosuperación.
Deberíamos comenzar por aplaudir el decreto de necesidad y urgencia por el cual se dispuso la suspensión de los contagios de Covid-19 por 48 horas, una medida inteligente sin cuya oportuna adopción haber llamado a una concentración como la del jueves habría sido aprovechado por odiadores seriales y corporaciones mediáticas para tildar al gobierno nacional y popular de estar gestando un genocidio sanitario como el promovido por los banderazos de la intensa minoría de terraplanistas que incordia a Alberto. No hemos visto el DNU publicado en el Boletín Oficial, suponemos que se les habrá traspapelado, pero sabemos de su existencia porque un proyecto político que privilegia la preservación de la salud y la vida de los argentinos y las argentinas por sobre la economía y las mezquinas especulaciones políticas habrá tomado todos las recaudos necesarios como para que los amuchamientos no deriven en el viaje anticipado a hacerle compañía al Diego de una banda de los dolidos deudos que concurrieron a despedirlo. Igualmente, yo prepararía un proyecto de ley para instaurar severas sanciones contra el Covid-19 o cualquier otro virus que viole las disposiciones sanitarias del Gobierno, y mientras tanto presentaría un amparo ante la Justicia para que le dictara una orden de restricción.
No vimos el DNU, decíamos, pero lo que sí vimos es un tuit del Ministerio de Salud al que desde el principio cabía augurarle casi la misma eficacia preventiva: “Es muy importante que respetemos todas las medidas de prevención y los protocolos sanitarios. Usá barbijo, dejá dos metros de distancia, utilizá alcohol en gel y evitá las aglomeraciones. La pandemia no terminó. Por Diego, por vos, por todos. Sigamos cuidándonos” (sic). Un poco redundante, es cierto, esto de dar consejos cuando la prohibición normativa debería ser suficiente, pero bueno, lo que abunda no daña. En cualquier caso, las imágenes recogidas el jueves dan cuenta sobradamente del profundo impacto alcanzado por el mensaje en el ánimo y en la conducta de aquellos a quienes iba dirigido. Seguramente tuvo mucho que ver el pedido de que nos sigamos cuidando “por Diego”, todo un hallazgo comunicacional si pensamos en lo consciente que a lo largo de toda su existencia el tipo demostró ser de la necesidad de cuidar su salud: o sea, casi tanto como de los beneficios de la planificación familiar.
En cualquier caso, el decreto y el tuit no fueron las únicas herramientas del arsenal dispuesto para que la despedida del Diego estuviera lo más cerca posible de la que los argentinos y las argentinas nos merecemos. Hizo falta además afinar el lápiz y calcular cada paso con una precisión comparable a la que se utiliza para elaborar la ley de presupuesto o las licitaciones para las compras del Estado, cosa de no encontrarse con ninguna sorpresa desagradable. Nos imaginamos que el Gobierno habrá recurrido a los mejores matemáticos del think tank de científicos que lo respalda para hacer los números: al millón de personas esperados le alcanzarían cómodamente las diez horas de funeral previstas para decirle a Dios adiós, bastaba con que pasaran delante del féretro unos treinta deudos del Diego por segundo. Eso sí, después de formar una fila que, para cumplir con los dos metros de distanciamiento pedidos por el tuit del Ministerio de Salud, iba a tener unos dos mil kilómetros de largo. Lástima que no hubo tiempo de que Alberto nos presentara el plan para el velorio con una serena exposición enriquecida por filminas, que con su erudición en materia de cifras seguramente nos habría realizado una descripción del acto tan ajustada a la realidad como cuando usa el método para espabilarnos sobre el coronavirus.
Ojo, no debemos olvidar el último detalle de un plan impecable que no debía dejar nada librado al azar: la cláusula de aplicación universal según la cual queda establecido que si a pesar de tanto celo salía algo mal, la culpa iba a ser de Horacio Rodríguez Larreta. Es que incluso en momentos en que da la impresión de que la pesada herencia macrista ya no garpa, siempre se puede encontrar alguna manera oblicua de sacarle un poco más el jugo, aun sin necesidad de que Mauricio dé una mano abriendo la boca. No nos dejemos engañar por la peregrina idea de que los problemitas que puedan surgir en un operativo son responsabilidad de quien lo organiza: Rodríguez Larreta es culpable de una de esas represiones salvajes neoliberales de las cuales los únicos heridos que emergen son invariablemente del bando de los represores. También debe de haber dado la orden de cerrar las puertas de la Casa Rosada para poner nerviosos a los que estaban esperando, de reabrir las puertas para que ingresen en malón convencidos de que era ahora o nunca, de que la familia haya tenido que trasladar el féretro de salón, de los gases lacrimógenos por si no se hubiera llorado lo suficiente, de las corridas, los abrazos y los cantos con intercambio de fluidos, y por lo tanto de los contagios que pudiere haber por culpa de las mutaciones anticuarentena del virus desentendidas de la orden del DNU de Alberto. Jodido el pelado, vayámoslo sabiendo para cuando dentro de tres años nos proponga unir a los argentinos, terminar con la pobreza y ofrecerse como imán de inversiones multimillonarias.
De lo que no estamos tan seguros es de si debemos culpar a Rodríguez Larreta también por el ingreso en la Casa Rosada, como invitados vip, del Rafa Di Zeo y la plana mayor de La Doce, porque todavía resuena en nuestros oídos esa maravillosa música que son el grito apasionado de las hinchadas en las tribunas y, sobre todo, un memorable discurso por cadena nacional de la íntima amiga de Diego: aquél en el que encomiaba el arduo trabajo de los muchachos que desde el paraavalanchas se desentendían del partido para recordarles a los abombados que fueron nomás a mirar que hay que alentar, hay que alentar, porque si no van a cobrar. No vaya a ser cosa que le endilguemos a un figurín de la opo un logro que debe atribuirse a quien corresponde, ese proyecto que trabaja como ninguno en concederles a los argentinos y las argentinas todo lo que merecen, incluido el velorio con aditivos que con tanta congoja, pasión y equilibrio acabamos de transitar.