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Ciberbullying: el maltrato virtual que vino a extender los límites del acoso escolar

Gisela Constantino, especialista en Psicología Infanto Juvenil, advirtió sobre el incremento de las prácticas de hostigamiento cibernético entre niños y adolescentes, cuyos efectos son mucho más trascendentes producto de la instantaneidad y réplica exponencial de los entornos virtuales.

Una niña de 8 años no se anima a salir al recreo. Un niño de 10 insiste ante sus padres su deseo de no ir a la escuela. Una adolescente de 13 años detona de angustia al ser eliminada, otra vez, del grupo de WhatsApp que conforman sus compañeras. Un joven de 15 estalla de ansiedad al ver mutar su foto, viralizada en las redes, en un motivo de risa.

La disimilitud de las experiencias esconde un rasgo común: el hostigamiento malintencionado y reiterado de un niño o adolescente -o de un grupo de ellos- hacia un par de la misma edad. En otras palabras, el bullying, y en su versión más reciente, con la mediación tecnológica, el ciberbullying.

Ahora bien, ¿es el acoso escolar un fenómeno nuevo? “Sin duda, no”, enfatiza la licenciada en Psicología Gisela Constantino, psicóloga infanto-juvenil especializada en adolescencia. Siguiendo la línea de pensamiento de Jorge Cardona, miembro del Comité de Derechos del Niño de Naciones Unidas, añade: “El maltrato psicológico, verbal o físico producido entre escolares de forma reiterada a lo largo de un tiempo determinado, ha existido tradicionalmente”.

“La pregunta que hay que plantearse -dice- es otra: ¿Qué es lo que ha cambiado ahora para convertirse en un grave problema?”, a lo que responde: “La frecuencia, la intensidad y las formas”.

Las cifras

Los últimos datos oficiales que hay en el país respecto de la temática corresponden a los resultados de la prueba Aprender 2017, publicados en marzo del año pasado, los cuales advierten que seis de cada diez estudiantes de la secundaria (63%) dijeron haber presenciado escenas de “discriminación por alguna característica personal o familiar, ya sea religión, orientación sexual, nacionalidad, etnia o características físicas”. Mientras que, en el nivel primario, dicho porcentaje desciende, aunque se mantiene en niveles alarmantes, al 55%.

Por su parte, el último relevamiento de la ONG Bullying Sin Fronteras, cuyos resultados fueron difundidos en diciembre de 2018, registra un aumento del 33% de los casos de bullying en el período noviembre 2017-noviembre 2018. En términos concretos, se pasó de 2.236 denuncias por bullying en 2017 a  2.974 en 2018, lo que es calificado por la ONG referente en la problemática como “una situación alarmante”.

Un dato no menor que remarca el informe es el aumento de los niveles de violencia que presentaron los casos, “con al menos 120 intentos de suicidio entre niños de primaria, adolescentes de secundaria y jóvenes universitarios, que ya no podían soportar la tortura cotidiana del acoso escolar”.

En lo que respecta a las causas del bullying, el estudio advierte que para las chicas son: belleza (45%), rendimiento escolar superior (25%), defectos físicos (15%), rendimiento escolar inferior (10%), rendimiento deportivo inferior (5%). En tanto, para los varones: rendimiento deportivo inferior (35%), rendimiento escolar superior (25%), belleza (20%), rendimiento escolar  y defectos físicos (10% cada uno).

En cuanto al mapa geográfico de las denuncias, con 298 presentaciones, Córdoba se ubica en el cuarto lugar, por detrás de la provincia de Buenos Aires (654), Capital Federal (527) y Santa Fe (377).

Asimismo, es preciso advertir que el trabajo reúne los casos que por su gravedad se materializaron en presentaciones formales ante la Justicia y los Ministerios de Educación, reportes de hospitales públicos y denuncias en correos y redes sociales de la ONG, lo cual no significa que ello represente la totalidad de la problemática, sino por el contrario, la punta del iceberg. Por ello, en el mismo informe se advierte que “la cifra total de casos de acoso escolar y ciberacoso en la Argentina puede ser aún mayor”.

Más consultas

El escenario local no es ajeno al escenario provincial y nacional. En diálogo con Puntal, la especialista Gisela Constantino advirtió que, si bien la problemática del acoso escolar no es nueva, sí se manifiesta en los últimos años un aumento tanto en la frecuencia como en la intensidad de las prácticas violentas en el entorno escolar, lo cual se ve traducido en el aumento del número de consultas en lo que es clínica psicológica.

“La cantidad de casos de acoso escolar se ha multiplicado en los últimos años a la vez que se ha incrementado la intensidad en el ejercicio del maltrato escolar entre pares. Es decir, las situaciones que se enmarcan dentro de la modalidad de violencia del bullying, cada día son más y a la vez cada vez más intensas y agresivas”, consideró.

“Y cuando hablamos de bullying no nos referimos a hechos de violencia aislados entre niños o adolescentes, sino al maltrato que se produce de manera reiterada en el tiempo, es decir, que se manifiesta de manera crónica, que es ejercido de manera negativa e intencionada por uno o varios compañeros contra otro, al que se lo elije de víctima de repetidos ataques”, explicó.

Paralelamente, Constantino señaló que, si bien el maltrato físico constituye la modalidad más visible, existe un amplio abanico de formas que asume el acoso escolar. Al respecto, indicó que la violencia física suele constituir la fase extrema a la que se llega luego de sucesivos hostigamientos verbales, psicológicos y sociales -tales como el rechazo y aislamiento sistemáticos del grupo de pares-, los cuales van incrementando el nivel de violencia hasta desencadenar, en ciertos casos, el ataque físico.

Acoso sexual

Asimismo, se refirió a otras dos modalidades que han cobrado mayor evidencia en el último tiempo: el acoso virtual, también denominado ciberacoso escolar o ciberbullying, y el acoso sexual en el ámbito escolar.

“La modalidad de acoso sexual ha mostrado un incremento en los últimos años. Generalmente, consiste en insinuación verbal del tipo sexual en forma reiterada, otras veces a través de la mediación tecnológica, y en casos más extremos en el intento de acceder a tocar partes del cuerpo de otro niño o adolescente”, remarcó. 

Y añadió: “Si bien, por tratarse de casos protagonizados por menores de edad no están tipificados por la ley, este tipo de casos son situaciones extremas que pueden llegar a suceder y, de hecho, a nivel país se dan, lo cual genera mucha preocupación en el sistema escolar”.

Ciberbullying

En cuanto al ciberacoso escolar, más conocido como ciberbullying, Constantino explicó que constituye una modalidad que se da con una importante frecuencia en la actualidad, sobre todo en los adolescentes, y que en tanto se vale de la inmediatez, la réplica exponencial y el alcance ilimitado e imprevisible de los entornos virtuales, ha extendido los límites del acoso escolar a tal punto de ya no ser cuantificable el daño y las consecuencias que produce. 

En esa línea, indicó que el ciberbullying comparte las mismas características del acoso escolar tradicional -es violencia, es intencional y dirigido, es crónico, es progresivo en el tiempo, se da entre pares y genera un daño en el destinatario de los repetidos ataques-, a las que se añaden otras propiedades específicas producto de la mediación tecnológica y virtual. 

“El alcance de los entornos virtuales, principalmente las redes sociales, aunque también se dan casos a través de WhatsApp, multiplica el alcance de las acciones de acoso, tanto temporalmente como espacialmente. Es decir, este tipo de acoso se puede realizar en cualquier momento y desde cualquier lugar, de modo que no sólo se produce en el entorno escolar, sino que continúa después”, precisó.

“Paralelamente, genera la aparición de otro tipo de daños como la vulneración o el ataque a la intimidad y privacidad del menor, por ejemplo, a través de la difusión de fotos o videos de él sin su consentimiento; a la vez que se multiplica el número de testigos, ya que es incalculable la cantidad de personas a las que le llegan esos materiales”.

Finalmente, “el tratamiento también reviste mayor complejidad ya que, por un lado, la víctima tiene menos control sobre lo que puede hacer en tanto el agresor tiene la posibilidad de la no presencia física e incluso el anonimato; lo cual dificulta, por otra parte, el abordaje y el tratamiento del sujeto agresor a fines de que la conducta no se siga repitiendo con el mismo blanco, o con otros”.

Amir Coleff

Redacción Puntal