Opinión | Editorial

Cuando la salud no es negocio

La decisión de la multinacional Pfizer de no proseguir una investigación que podría haber alumbrado avances contra el mal de Alzheimer, que acaba de revelar la prensa estadounidense, refleja las contraindicaciones de dejar aspectos centrales de una problemática tan delicada como la atención de la salud de la población exclusivamente en manos del mercado, que no se rige necesariamente por la lógica de la búsqueda del bien común.
La revelación de que una poderosa multinacional farmacéutica omitió profundizar la investigación sobre un posible tratamiento contra el mal de Alzheimer, y ocultó asimismo los datos que podrían haber inspirado a otros a tomar la iniciativa al respecto, no se limita a poner en tela de juicio la ética empresaria de la compañía en cuestión. El caso que acaba de revelar la prensa estadounidense refleja las contraindicaciones de dejar aspectos centrales de una problemática tan delicada como la atención de la salud de la población exclusivamente en manos del mercado, que no se rige necesariamente por la lógica de la búsqueda del bien común.



Según publicó el diario The Washington Post, el laboratorio Pfizer detectó señales que uno de sus medicamentos más conocidos, un antiinflamatorio utilizado contra enfermedades reumáticas, tenía asimismo efectos positivos contra la cruel enfermedad neurológica que, como consecuencia del aumento de la expectativa de vida, se ha constituido en uno de los principales desafíos en materia de salud a escala mundial. No obstante, para verificar lo que sugerían esos indicios era preciso realizar un estudio científico extenso, que optó por omitir, según su versión, por no considerar los elementos con los que contaba lo suficientemente sólidos como para aguardar un resultado favorable.



Sin embargo, el argumento de que los hallazgos no eran tan alentadores como algunos de los científicos de la propia compañía habían considerado al principio fue utilizado no sólo para “matar” la investigación antes de comenzarla, sino para mantenerlos en reserva, con lo cual cerraba la posibilidad de que otras empresas o instituciones estatales encararan el trabajo. Algo que desde luego no le habría resultado redituable, porque la patente del medicamento en cuestión estaba por expirar.



Esta “coincidencia” es un poderoso indicador de que Pfizer, concentrado en desarrollar otros medicamentos antirreumáticos para conservar las ventajas comparativas, tomó la decisión de no avanzar en los estudios de los efectos de su “vieja” droga sobre el Alzheimer por motivos comerciales y no científicos. Una decisión determinada por el objetivo de maximizar los beneficios para los accionistas, en la cual no tuvo la menor incidencia la posibilidad de mejorar las perspectivas de futuro y la calidad de vida de millones de seres humanos que sufren y sufrirán el deterioro cognitivo que caracteriza a la enfermedad, y de otros millones de integrantes de sus familias.



Desde luego, no se trata de negar los beneficios que deja a toda la humanidad la inversión privada en el desarrollo de medicamentos, que no existiría de no resultar rentable para quienes la realizan. Pero está claro que el afán de lucro no debería prevalecer cuando el interés público está en juego, tanto más cuando éste atañe a la salud y a la vida de las personas.