Desastres naturales y defecciones de la política
Frente a las inundaciones que una vez más han afectado regiones del norte y del noreste del país, es preciso advertir que lo que aparece como un ensañamiento de la naturaleza no responde exclusivamente a la fatalidad, sino que se ve potenciado por acciones humanas que se siguen reiterando pese a que sus consecuencias negativas son vastamente conocidas.
Tal como habían anticipado estudiosos del clima, el período de sequía que tantos inconvenientes generó el año pasado fue seguido por una nueva eclosión del fenómeno del “Niño”, con su carga de lluvias intensas que en la Argentina redundan en buenas cosechas en términos generales, pero con la contracara de excesos hídricos que en ciertos puntos específicos alcanzan dimensiones de catástrofe. Una vez más, es preciso advertir que lo que aparece como un ensañamiento de la naturaleza no responde exclusivamente a la fatalidad, sino que se ve potenciado por acciones humanas que se siguen reiterando pese a que sus consecuencias negativas son vastamente conocidas.
Desde luego, los fenómenos climáticos extremos existen desde siempre, y las regiones del norte y del nordeste del país que resultaron más afectadas en las primeras semanas del año están familiarizadas con las lluvias torrenciales y la acumulación de agua que suelen ocasionar, a veces por sí mismas y otras por los desbordes de cursos fluviales. Sin embargo, también está claro que su impacto no sería el mismo si los suelos no hubieran perdido capacidad de absorción debido a la tala sistemática de bosques que en los últimos años ha arreciado debido a la expansión de las tierras dedicadas a la siembra y al pastoreo, estimulada por los buenos precios internacionales de las commodities.
No se trata solamente de la teoría -que en rigor la mayor parte de la comunidad científica ya da por comprobada- de que las inundaciones son más copiosas que en el pasado, así como los huracanes más violentos y las sequías más devastadoras, debido al proceso de cambio climático que hace ya varias décadas ha sido identificado como una de las más acuciantes amenazas que enfrenta el planeta. Por estos días, también, la inusual ola de frío en América del Norte así como las temperaturas altísimas registradas en nuestra Tierra del Fuego, parecieron conspirar para reforzar la idea de que los fenómenos extremos son más extremos, además de más frecuentes, y que si existen quienes se empecinan en negarlo es por afán de lucro y conveniencia política, más que por la existencia de alguna hipótesis alternativa.
Pero en este punto, poco es lo que puede hacer un país periférico como la Argentina si las naciones más contaminantes, en especial los Estados Unidos y China, no asumen las responsabilidades que les corresponden en materia de reducción de las emisiones de gases provenientes de la actividad industrial, causantes del llamado “efecto invernadero”. En este sentido, la decisión del presidente Donald Trump de retirarse del Acuerdo de París ha significado un retroceso muy serio en una carrera que quienes intentan detener el cambio climático, o al menos reducir la velocidad a la que se está materializando, ya estaban perdiendo.
Pero si no es posible evitar el impacto del calentamiento global sobre el clima, en particular su incidencia sobre los fenómenos extremos, sí está al alcance de los poderes políticos locales tomar medidas para morigerar su impacto: medidas tan simples como frenar la deforestación, recuperar bosques donde sea posible, diseñar obras de infraestructura que faciliten el escurrimiento de las aguas en lugar de dificultarlo, permitirían que la misma cantidad de milímetros de lluvia en el mismo lapso de tiempo generaran problemas significativamente menores para las poblaciones afectadas. Sin embargo, no habrá muchas posibilidades de que se avance en esa línea en tanto se siga prefiriendo asumir el costo económico de lidiar con las consecuencias de un desastre que el costo político de prevenirlo.
Desde luego, los fenómenos climáticos extremos existen desde siempre, y las regiones del norte y del nordeste del país que resultaron más afectadas en las primeras semanas del año están familiarizadas con las lluvias torrenciales y la acumulación de agua que suelen ocasionar, a veces por sí mismas y otras por los desbordes de cursos fluviales. Sin embargo, también está claro que su impacto no sería el mismo si los suelos no hubieran perdido capacidad de absorción debido a la tala sistemática de bosques que en los últimos años ha arreciado debido a la expansión de las tierras dedicadas a la siembra y al pastoreo, estimulada por los buenos precios internacionales de las commodities.
No se trata solamente de la teoría -que en rigor la mayor parte de la comunidad científica ya da por comprobada- de que las inundaciones son más copiosas que en el pasado, así como los huracanes más violentos y las sequías más devastadoras, debido al proceso de cambio climático que hace ya varias décadas ha sido identificado como una de las más acuciantes amenazas que enfrenta el planeta. Por estos días, también, la inusual ola de frío en América del Norte así como las temperaturas altísimas registradas en nuestra Tierra del Fuego, parecieron conspirar para reforzar la idea de que los fenómenos extremos son más extremos, además de más frecuentes, y que si existen quienes se empecinan en negarlo es por afán de lucro y conveniencia política, más que por la existencia de alguna hipótesis alternativa.
Pero en este punto, poco es lo que puede hacer un país periférico como la Argentina si las naciones más contaminantes, en especial los Estados Unidos y China, no asumen las responsabilidades que les corresponden en materia de reducción de las emisiones de gases provenientes de la actividad industrial, causantes del llamado “efecto invernadero”. En este sentido, la decisión del presidente Donald Trump de retirarse del Acuerdo de París ha significado un retroceso muy serio en una carrera que quienes intentan detener el cambio climático, o al menos reducir la velocidad a la que se está materializando, ya estaban perdiendo.
Pero si no es posible evitar el impacto del calentamiento global sobre el clima, en particular su incidencia sobre los fenómenos extremos, sí está al alcance de los poderes políticos locales tomar medidas para morigerar su impacto: medidas tan simples como frenar la deforestación, recuperar bosques donde sea posible, diseñar obras de infraestructura que faciliten el escurrimiento de las aguas en lugar de dificultarlo, permitirían que la misma cantidad de milímetros de lluvia en el mismo lapso de tiempo generaran problemas significativamente menores para las poblaciones afectadas. Sin embargo, no habrá muchas posibilidades de que se avance en esa línea en tanto se siga prefiriendo asumir el costo económico de lidiar con las consecuencias de un desastre que el costo político de prevenirlo.