El adiós de May y el empantanamiento del Brexit
La renuncia de la primera ministra Theresa May al cargo al que había accedido poco después del referéndum mediante el cual la ciudadanía del Reino Unido se pronunció por la separación del país de la Unión Europea, el llamado Brexit, da cuenta del fracaso de un proceso en el cual la demagogia y el primitivismo de parte de la dirigencia política prevalecieron sobre la racionalidad y el sentido de responsabilidad.
Luego de asumir que su última propuesta para encarar la separación del Reino Unido de la Unión Europea iba camino a fracasar como todas las anteriores, ante la imposibilidad de obtener un respaldo suficiente en el Parlamento, la primera ministra Theresa May presentó su renuncia al cargo al que había accedido poco después del referéndum mediante el cual la ciudadanía de su país avaló el demorado “divorcio”. De este modo, el mismo infortunado proceso que le dio la oportunidad de acceder al más alto honor al que puede aspirar un político británico es el que pone punto final a una gestión durante la cual apenas si parece haber tenido tiempo de dedicarse a alguna otra cosa.
El denominado “Brexit” ha probado ser infinitamente más complicado que el proceso electoral que lo habilitó, convocado por el entonces premier David Cameron en la certeza de que una victoria de la opción por la permanencia fortalecería su liderazgo a nivel nacional y sobre todo dentro del Partido Conservador. La derrota frente al discurso chauvinista y patriotero de quienes descargaron en la UE la culpa de todas las desgracias reales e imaginarias que sufren los británicos, en cambio, lo forzó a renunciar y a abrirle la puerta a May, que desde entonces intentó negociar con la organización una salida lo menos traumática posible para ambas partes.
Más allá de los obstáculos específicos que aparecieron en el camino –el más importante es el establecimiento de una frontera “seca” entre Irlanda del Norte, que es un territorio británico, y la República de Irlanda, que permanece dentro de la UE–, el proceso confirmó lo que la mayor parte de los analistas serios siempre sostuvieron: no existe una manera sencilla de resolver una separación que inevitablemente tendrá consecuencias negativas para las dos partes, pero sobre todo para el que la decidió. Una Europa sin el Reino Unido será una Europa algo más pequeña, pero seguirá en pie; un Reino Unido sin Europa verá caer inevitablemente su economía y terminará por jugar un papel mucho menor en el mundo, a pesar de mayor “independencia” que teóricamente ganaría. Es más, algunos de los efectos ya se están haciendo sentir, con la caída de la libra esterlina, el retiro de las sedes centrales de multinacionales y la desaparición de algunos negocios, a pesar de que la ruptura todavía sigue sin formalizarse.
Frente a ello ha surgido la alternativa de un segundo referéndum, promovido por quienes perciben que, si bien los políticos que impulsaron el Bréxit siguen empeñados en llevarlo adelante, con el mismo discurso anclado en la xenofobia, podría haber cambiado de opinión un número de ciudadanos comunes suficiente como para revertir el estrecho resultado de la consulta llevada a cabo en 2015. Parece la única manera de evitar no ya las consecuencias negativas de una separación ordenada, sino el impacto casi catastrófico que cabría esperar de un divorcio sin acuerdo alguno.
Cualquiera sea el desenlace de la crisis, las lecciones que deja para quien quiera escucharlas en cualquier rincón del planeta son las mismas: permitir que, sea por ignorancia, por oportunismo o por una mezcla de ambas cosas, la demagogia y el primitivismo prevalezcan sobre la racionalidad y el sentido de responsabilidad, puede permitir éxitos políticos de corto plazo. Pero tiene un potencial de daño enorme, que será mayor en la medida en que el empecinamiento en el error se imponga a la humildad de reconocerlo.
El denominado “Brexit” ha probado ser infinitamente más complicado que el proceso electoral que lo habilitó, convocado por el entonces premier David Cameron en la certeza de que una victoria de la opción por la permanencia fortalecería su liderazgo a nivel nacional y sobre todo dentro del Partido Conservador. La derrota frente al discurso chauvinista y patriotero de quienes descargaron en la UE la culpa de todas las desgracias reales e imaginarias que sufren los británicos, en cambio, lo forzó a renunciar y a abrirle la puerta a May, que desde entonces intentó negociar con la organización una salida lo menos traumática posible para ambas partes.
Más allá de los obstáculos específicos que aparecieron en el camino –el más importante es el establecimiento de una frontera “seca” entre Irlanda del Norte, que es un territorio británico, y la República de Irlanda, que permanece dentro de la UE–, el proceso confirmó lo que la mayor parte de los analistas serios siempre sostuvieron: no existe una manera sencilla de resolver una separación que inevitablemente tendrá consecuencias negativas para las dos partes, pero sobre todo para el que la decidió. Una Europa sin el Reino Unido será una Europa algo más pequeña, pero seguirá en pie; un Reino Unido sin Europa verá caer inevitablemente su economía y terminará por jugar un papel mucho menor en el mundo, a pesar de mayor “independencia” que teóricamente ganaría. Es más, algunos de los efectos ya se están haciendo sentir, con la caída de la libra esterlina, el retiro de las sedes centrales de multinacionales y la desaparición de algunos negocios, a pesar de que la ruptura todavía sigue sin formalizarse.
Frente a ello ha surgido la alternativa de un segundo referéndum, promovido por quienes perciben que, si bien los políticos que impulsaron el Bréxit siguen empeñados en llevarlo adelante, con el mismo discurso anclado en la xenofobia, podría haber cambiado de opinión un número de ciudadanos comunes suficiente como para revertir el estrecho resultado de la consulta llevada a cabo en 2015. Parece la única manera de evitar no ya las consecuencias negativas de una separación ordenada, sino el impacto casi catastrófico que cabría esperar de un divorcio sin acuerdo alguno.
Cualquiera sea el desenlace de la crisis, las lecciones que deja para quien quiera escucharlas en cualquier rincón del planeta son las mismas: permitir que, sea por ignorancia, por oportunismo o por una mezcla de ambas cosas, la demagogia y el primitivismo prevalezcan sobre la racionalidad y el sentido de responsabilidad, puede permitir éxitos políticos de corto plazo. Pero tiene un potencial de daño enorme, que será mayor en la medida en que el empecinamiento en el error se imponga a la humildad de reconocerlo.