El derrumbe de un prejuicio sólidamente instalado
La idea de que parejas o mujeres solas procrean repetida e insistentemente con el objetivo específico de cobrar todos los subsidios posibles, y así vivir a costas del Estado sin trabajar, ha sufrido un duro golpe con el informe oficial de la Anses que describe un universo de beneficiarios de la Asignación Universal por Hijo (AUH) que no se compadece con esa imagen.
En la medida en que abandonó su condición de instrumento excepcional para hacer frente a una coyuntura particularmente delicada, y fue asentándose como obligación permanente asumida por la sociedad frente a su sector más vulnerable, la Asignación Universal por Hijo (AUH) se ha vuelto blanco de cuestionamientos en ocasiones atendibles, pero mucho más frecuentemente inspirados en prejuicios tan dañinos como infundados. Entre estos últimos, la idea de que abundan las parejas o mujeres solas que procrean repetida e insistentemente con el objetivo específico de cobrar todos los subsidios posibles, y así vivir a costas del Estado sin trabajar, ha sufrido un duro golpe con el informe oficial de la Anses que describe un universo de beneficiarios que no se compadece con esa imagen.
Desde luego, y aunque la idea ha sido sostenida hasta por dirigentes políticos que en teoría se habían informado y habían reflexionado abundantemente sobre el tema, nunca quedó del todo claro el sentido que podría tener agrandar la prole para aumentar los ingresos, si se tiene en cuenta el paralelo incremento de gastos que el nuevo hijo trae consigo. Pero en cualquier caso, si por algún motivo esa cuenta cerrara, los datos objetivos indican que no son tantas las personas que estarían sacando partido de ella. Según la Anses, más de la mitad de los padres que cobran la AUH tiene un solo hijo, y entre ellos y los que tienen dos alcanzan al 80 por ciento.
Del mismo modo, también resulta revelador el dato de que entre diciembre de 2017 y el mismo mes del año pasado tanto la cantidad de padres que perciben la asignación como el número de menores por los cuales la cobran aumentaron menos de un uno por ciento, a pesar de tratarse de un período que a partir de la corrida cambiaria de abril resultó bastante crítico, con aumento de la pobreza y destrucción de empleo formal y, sobre todo, informal. Esto desmiente otro mito, el de la “bola de nieve” que estaría formándose por el supuesto estímulo que se estaría dando desde el Estado a nuevos interesados en sumarse a la pléyade de quienes “no quieren trabajar”.
Desde luego, esto no significa que todo en la Asignación Universal por Hijo sea virtuoso, porque la propia existencia de un instrumento semejante implica el fracaso de una sociedad que no se ha mostrado capaz de garantizarles a todos sus integrantes la posibilidad de sostenerse con un trabajo digno y razonablemente remunerado. Nunca debe abandonarse el objetivo, a largo plazo, de un cuadro de situación en que subsidios como estos sean excepcionales, y no estén dirigidos a millones de personas.
Pero debe quedar en claro que su reducción y eventual eliminación debe ser el resultado de un crecimiento económico y de una reconstrucción de la cultura del trabajo en la que toda la sociedad debe comprometerse. Y no de la estigmatización de quienes, si hacen uso de este derecho, no es por oportunismo ni por vagancia, sino porque, con toda certeza, antes fueron privados de otros.
Desde luego, y aunque la idea ha sido sostenida hasta por dirigentes políticos que en teoría se habían informado y habían reflexionado abundantemente sobre el tema, nunca quedó del todo claro el sentido que podría tener agrandar la prole para aumentar los ingresos, si se tiene en cuenta el paralelo incremento de gastos que el nuevo hijo trae consigo. Pero en cualquier caso, si por algún motivo esa cuenta cerrara, los datos objetivos indican que no son tantas las personas que estarían sacando partido de ella. Según la Anses, más de la mitad de los padres que cobran la AUH tiene un solo hijo, y entre ellos y los que tienen dos alcanzan al 80 por ciento.
Del mismo modo, también resulta revelador el dato de que entre diciembre de 2017 y el mismo mes del año pasado tanto la cantidad de padres que perciben la asignación como el número de menores por los cuales la cobran aumentaron menos de un uno por ciento, a pesar de tratarse de un período que a partir de la corrida cambiaria de abril resultó bastante crítico, con aumento de la pobreza y destrucción de empleo formal y, sobre todo, informal. Esto desmiente otro mito, el de la “bola de nieve” que estaría formándose por el supuesto estímulo que se estaría dando desde el Estado a nuevos interesados en sumarse a la pléyade de quienes “no quieren trabajar”.
Desde luego, esto no significa que todo en la Asignación Universal por Hijo sea virtuoso, porque la propia existencia de un instrumento semejante implica el fracaso de una sociedad que no se ha mostrado capaz de garantizarles a todos sus integrantes la posibilidad de sostenerse con un trabajo digno y razonablemente remunerado. Nunca debe abandonarse el objetivo, a largo plazo, de un cuadro de situación en que subsidios como estos sean excepcionales, y no estén dirigidos a millones de personas.
Pero debe quedar en claro que su reducción y eventual eliminación debe ser el resultado de un crecimiento económico y de una reconstrucción de la cultura del trabajo en la que toda la sociedad debe comprometerse. Y no de la estigmatización de quienes, si hacen uso de este derecho, no es por oportunismo ni por vagancia, sino porque, con toda certeza, antes fueron privados de otros.