El riesgo de caminar con torpeza en un terreno minado
El terremoto financiero de ayer, que incluyó explosivas subas en la cotización del dólar y en el índice de riesgo país y fuertes caídas en las acciones y los bonos de deuda, implica el ingreso del país en un terreno minado, plagado de amenazas, entre las cuales la de un rebrote inflacionario es prácticamente una certeza. Se pone así a prueba la capacidad de un gobierno que no ha demostrado demasiada solvencia para manejarse en escenarios hostiles aun cuando su situación era de mucho mayor fortaleza que la actual.
Tal como era previsible, la abrumadora victoria de la fórmula del Frente de Todos en la elecciones primarias del domingo fue recibida ayer por los mercados con un terremoto financiero que incluyó explosivas subas en la cotización del dólar y en el índice de riesgo país y fuertes caídas en las acciones y los bonos de deuda. Se ha ingresado así en un terreno minado, plagado de amenazas, entre las cuales la de un rebrote inflacionario es prácticamente una certeza, que pone a prueba la capacidad de un gobierno que no ha demostrado demasiada solvencia para manejarse en escenarios hostiles aun cuando su situación era de mucho mayor fortaleza que la actual.
Si después del tembladeral de ayer la palabra presidencial cobraba particular relevancia, la conferencia de prensa brindada por Mauricio Macri difícilmente pueda haber contribuido a despejar las dudas sobre si está o no a la altura del desafío. La decisión de no interpretar la derrota como decisiva, y resistirse por lo tanto a entender el período que se inicia como una transición entre dos gobiernos, es desde luego legítima, pero poco realista, y dificulta la posibilidad de encontrar consensos que permitan administrar mejor la crisis.
Tanto más cuando -y esto sí resulta más cuestionable- la ratificación de sus convicciones acerca del rumbo que debe seguir el país se formula en un tono que da la impresión de intentar utilizar la crisis como argumento de una remozada “campaña del miedo” con la advertencia: “esto es una muestra de lo que puede pasar”. Responsabilizar a la oposición y a sus votantes por “no entender” lo que según él el mundo ha entendido refleja, más que una falta de autocrítica, un exceso de obcecación, de dudosa efectividad tanto para pedir la colaboración de quienes luego de haberlo vencido siguen siendo sus rivales como para convencer a la ciudadanía de devolverle en dos meses y medio la confianza que le retiró en virtud de una gestión de casi cuatro años.
Por supuesto, puede descontarse que parte del terremoto de ayer se relaciona con la marcada hostilidad a los mercados por parte de las pasadas gestiones kirchneristas, o hasta con la puntual declaración del candidato Alberto Fernández sobre el presunto retraso de la cotización del dólar. Pero esta no es la primera vez que los mercados maltratan la gestión de Macri: lo hicieron incluso cuando la amenaza de un regreso del populismo parecía muy remota, por motivos diversos, pero siempre con el telón de fondo de un modelo de apertura irrestricta y de endeudamiento sistemático que incrementa la vulnerabilidad de la economía, sin necesidad del factor de inestabilidad adicional proporcionado por un proceso electoral adverso.
En consecuencia, culpar por la zozobra al gobierno que probablemente lo suceda es incluso más improductivo que culpar al que lo precedió, más allá del grado de razón que pueda asistirlo parcialmente en cada caso. Y atentar contra su propia gobernabilidad en el lapso que le queda para completar su mandato, apenas cuatro meses que, sin embargo, pueden asemejarse a una eternidad de tintes pesadillescos si los implacables mercados mantienen su terrorífico comportamiento de ayer.
Si después del tembladeral de ayer la palabra presidencial cobraba particular relevancia, la conferencia de prensa brindada por Mauricio Macri difícilmente pueda haber contribuido a despejar las dudas sobre si está o no a la altura del desafío. La decisión de no interpretar la derrota como decisiva, y resistirse por lo tanto a entender el período que se inicia como una transición entre dos gobiernos, es desde luego legítima, pero poco realista, y dificulta la posibilidad de encontrar consensos que permitan administrar mejor la crisis.
Tanto más cuando -y esto sí resulta más cuestionable- la ratificación de sus convicciones acerca del rumbo que debe seguir el país se formula en un tono que da la impresión de intentar utilizar la crisis como argumento de una remozada “campaña del miedo” con la advertencia: “esto es una muestra de lo que puede pasar”. Responsabilizar a la oposición y a sus votantes por “no entender” lo que según él el mundo ha entendido refleja, más que una falta de autocrítica, un exceso de obcecación, de dudosa efectividad tanto para pedir la colaboración de quienes luego de haberlo vencido siguen siendo sus rivales como para convencer a la ciudadanía de devolverle en dos meses y medio la confianza que le retiró en virtud de una gestión de casi cuatro años.
Por supuesto, puede descontarse que parte del terremoto de ayer se relaciona con la marcada hostilidad a los mercados por parte de las pasadas gestiones kirchneristas, o hasta con la puntual declaración del candidato Alberto Fernández sobre el presunto retraso de la cotización del dólar. Pero esta no es la primera vez que los mercados maltratan la gestión de Macri: lo hicieron incluso cuando la amenaza de un regreso del populismo parecía muy remota, por motivos diversos, pero siempre con el telón de fondo de un modelo de apertura irrestricta y de endeudamiento sistemático que incrementa la vulnerabilidad de la economía, sin necesidad del factor de inestabilidad adicional proporcionado por un proceso electoral adverso.
En consecuencia, culpar por la zozobra al gobierno que probablemente lo suceda es incluso más improductivo que culpar al que lo precedió, más allá del grado de razón que pueda asistirlo parcialmente en cada caso. Y atentar contra su propia gobernabilidad en el lapso que le queda para completar su mandato, apenas cuatro meses que, sin embargo, pueden asemejarse a una eternidad de tintes pesadillescos si los implacables mercados mantienen su terrorífico comportamiento de ayer.