El superávit de septiembre en el comercio exterior
El hecho de que en septiembre último el valor de las exportaciones haya superado por 314 millones de dólares el de las importaciones, luego de que durante el gobierno de Cambiemos se volviera prácticamente rutinario el déficit comercial, sugiere que ha comenzado a corregirse un desequilibrio que figura entre los principales responsables del descalabro de los últimos meses, aunque a un costo que, desde luego, seguirá sintiéndose en las estadísticas y en los bolsillos durante mucho tiempo más.
En un momento en el que la mayor parte de los números de la economía tienen un comportamiento descorazonador, y cada nueva información al respecto confirma las malas sensaciones que se verifican en la calle, no puede dejar de destacarse la señal relativamente favorable brindada por el comercio exterior, que por primera vez en largos meses registró en septiembre último un saldo positivo. El hecho de que el valor de las exportaciones haya superado por 314 millones de dólares el de las importaciones sugiere que ha comenzado a corregirse un desequilibrio que figura entre los principales responsables del descalabro de los últimos meses, aunque a un costo que, desde luego, seguirá sintiéndose en las estadísticas y en los bolsillos durante mucho tiempo más.
Entre la miríada de intentos de desentrañar las causas de la corrida cambiaria que derrumbó el valor del peso a la mitad en cuestión de meses, se destacó una explicación con los méritos y las limitaciones de la simplicidad: en la Argentina el dólar se encarece porque escasea, y escasea porque los dólares que ingresan por las ventas en el exterior son menos que los que se necesitan para nuestras compras fronteras afuera. Cuando este desfasaje dejó de financiarse con préstamos y el ingreso de capitales especulativos, es lógico que ese artículo cuyas existencias se volvieron insuficientes suba de precio.
En ese marco, las cifras del comercio exterior de septiembre indican -no linealmente, ya que los fenómenos económicos nunca son en realidad simples, pero al menos a grandes rasgos- que la oferta y la demanda de dólares podrían tender a emparejarse, uno de los aspectos -junto al ajuste entre los ingresos y los gastos del Estado- con los que el Gobierno aspira a lograr una economía suficientemente estable como para poner en marcha un ciclo de crecimiento. Más allá de la confianza que se pueda tener en que esta vez el optimismo se construya sobre fundamentos más sólidos que en el pasado inmediato, no puede negarse que el superávit comercial siempre aparece como un estado de cosas virtuoso y un signo de prosperidad en cualquier país.
Sin embargo, el desglose del dato dado a conocer esta semana obliga a relativizar su valor, dado que no se basa precisamente en una explosión de las ventas al exterior como la que según algunos análisis podía esperarse a partir de un tipo de cambio como el que dejó la corrida. De hecho, las exportaciones cayeron, sólo que lo hicieron en un grado mucho menor que las importaciones (4 por ciento contra 22 por ciento), de lo cual podría deducirse que el superávit en la balanza de pagos de septiembre tiene mucho más que ver con la recesión que con las ventajas competitivas emanadas del fuerte encarecimiento del dólar.
Garantizar un ingreso de dólares suficientes como para mantener en calma la cotización de la divisa -de dólares genuinos, se entiende, no capitales golondrina que dejan el tendal apenas cambian los vientos- es imprescindible para atender a una emergencia que, por mucho que se haya empeñado el Gobierno en afirmar que siempre tuvo todo bajo control, para los argentinos amenazó por momentos con traer un nuevo colapso, y todavía lo hace. Si se mira a largo plazo, en cambio, da la impresión de que el camino hacia una balanza comercial más sólida, que no dependa para ser positiva de la contracción del mercado interno, no parece haber comenzado todavía a transitarse.
Entre la miríada de intentos de desentrañar las causas de la corrida cambiaria que derrumbó el valor del peso a la mitad en cuestión de meses, se destacó una explicación con los méritos y las limitaciones de la simplicidad: en la Argentina el dólar se encarece porque escasea, y escasea porque los dólares que ingresan por las ventas en el exterior son menos que los que se necesitan para nuestras compras fronteras afuera. Cuando este desfasaje dejó de financiarse con préstamos y el ingreso de capitales especulativos, es lógico que ese artículo cuyas existencias se volvieron insuficientes suba de precio.
En ese marco, las cifras del comercio exterior de septiembre indican -no linealmente, ya que los fenómenos económicos nunca son en realidad simples, pero al menos a grandes rasgos- que la oferta y la demanda de dólares podrían tender a emparejarse, uno de los aspectos -junto al ajuste entre los ingresos y los gastos del Estado- con los que el Gobierno aspira a lograr una economía suficientemente estable como para poner en marcha un ciclo de crecimiento. Más allá de la confianza que se pueda tener en que esta vez el optimismo se construya sobre fundamentos más sólidos que en el pasado inmediato, no puede negarse que el superávit comercial siempre aparece como un estado de cosas virtuoso y un signo de prosperidad en cualquier país.
Sin embargo, el desglose del dato dado a conocer esta semana obliga a relativizar su valor, dado que no se basa precisamente en una explosión de las ventas al exterior como la que según algunos análisis podía esperarse a partir de un tipo de cambio como el que dejó la corrida. De hecho, las exportaciones cayeron, sólo que lo hicieron en un grado mucho menor que las importaciones (4 por ciento contra 22 por ciento), de lo cual podría deducirse que el superávit en la balanza de pagos de septiembre tiene mucho más que ver con la recesión que con las ventajas competitivas emanadas del fuerte encarecimiento del dólar.
Garantizar un ingreso de dólares suficientes como para mantener en calma la cotización de la divisa -de dólares genuinos, se entiende, no capitales golondrina que dejan el tendal apenas cambian los vientos- es imprescindible para atender a una emergencia que, por mucho que se haya empeñado el Gobierno en afirmar que siempre tuvo todo bajo control, para los argentinos amenazó por momentos con traer un nuevo colapso, y todavía lo hace. Si se mira a largo plazo, en cambio, da la impresión de que el camino hacia una balanza comercial más sólida, que no dependa para ser positiva de la contracción del mercado interno, no parece haber comenzado todavía a transitarse.