Frente a otro módico descenso de la inflación
Tanto la cifra del Índice de Precios al Consumidor de mayo en sí misma como algunos de sus componentes ratifican que, al margen de la señal de que se encuentra momentáneamente bajo control, la inflación seguirá siendo para la Argentina, por un largo tiempo más, un problema de primer orden, muchísimo mayor que el que significa para prácticamente cualquier otro país de la región y del mundo, con raras excepciones.
El siempre esperado informe del Indec sobre la marcha del índice de precios al consumidor dejó esta semana una sensación ambigua, al confirmar la tendencia a la baja verificada en el relevamiento anterior pero sin perforar la barrera psicológica de los tres puntos como era la aspiración de los más optimistas dentro del Gobierno. De todas formas, tanto la cifra en sí misma como algunos de sus componentes ratifican que al margen de la señal de que se encuentra momentáneamente bajo control, la inflación seguirá siendo un problema de primer orden -muchísimo mayor que el que significa para prácticamente cualquier otro país de la región y del mundo, con raras excepciones-, por un largo tiempo más.
En principio, la reducción de apenas tres décimas de punto en el IPC de mayo con respecto al de abril no parece demasiado impresionante teniendo en cuenta la magnitud de las cifras que han venido manejándose en todo el último año. Acaso sea más gratificante y digno de destacar el hecho de que, tal como había ocurrido el mes anterior, en mayo los aumentos en el rubro alimentos y bebidas estuvieron nuevamente por debajo del índice general.
Esta relación, exactamente inversa a la que se daba en los meses de mayor presión inflacionaria, da cuenta de una evolución positiva: los mayores aumentos se verificaban en los productos de los que no se podía prescindir, mientras los demás se veían en parte reprimidos por la recesión. El reacomodamiento de los precios relativos podría ser interpretado como un síntoma de que el fenómeno está globalmente cediendo. Pero en lo que constituiría el cambio más perceptible, que la inflación afecte en menor medida a los artículos esenciales, implicaría que ya no son los sectores más vulnerables de la población los que sienten sus efectos con mayor dureza. Esto es, no sólo se ha ido moderando el aumento generalizado de precios, sino que de alguna manera se ha vuelto un poco menos dañino, en tanto ya no profundiza de manera tan cruel las inequidades de una sociedad injusta.
Desde luego, estos progresos no pueden ocultar que la Argentina sigue experimentando en un mes una inflación equivalente a la que un país medianamente normal sufre en un año. Esta realidad, que llevó al actual presidente de la Nación a afirmar durante su campaña electoral de 2015 que entre los problemas que iba a heredar de acceder a la Casa Rosada este era el más fácil de solucionar, sigue siendo un motivo de profunda frustración, pero también tiene un lado alentador: si naciones con muchos menos recursos naturales y humanos han llegado a vivir sin este pesado condicionante, encontrar la manera de romper con la interminable espiral no puede ser imposible.
En principio, la reducción de apenas tres décimas de punto en el IPC de mayo con respecto al de abril no parece demasiado impresionante teniendo en cuenta la magnitud de las cifras que han venido manejándose en todo el último año. Acaso sea más gratificante y digno de destacar el hecho de que, tal como había ocurrido el mes anterior, en mayo los aumentos en el rubro alimentos y bebidas estuvieron nuevamente por debajo del índice general.
Esta relación, exactamente inversa a la que se daba en los meses de mayor presión inflacionaria, da cuenta de una evolución positiva: los mayores aumentos se verificaban en los productos de los que no se podía prescindir, mientras los demás se veían en parte reprimidos por la recesión. El reacomodamiento de los precios relativos podría ser interpretado como un síntoma de que el fenómeno está globalmente cediendo. Pero en lo que constituiría el cambio más perceptible, que la inflación afecte en menor medida a los artículos esenciales, implicaría que ya no son los sectores más vulnerables de la población los que sienten sus efectos con mayor dureza. Esto es, no sólo se ha ido moderando el aumento generalizado de precios, sino que de alguna manera se ha vuelto un poco menos dañino, en tanto ya no profundiza de manera tan cruel las inequidades de una sociedad injusta.
Desde luego, estos progresos no pueden ocultar que la Argentina sigue experimentando en un mes una inflación equivalente a la que un país medianamente normal sufre en un año. Esta realidad, que llevó al actual presidente de la Nación a afirmar durante su campaña electoral de 2015 que entre los problemas que iba a heredar de acceder a la Casa Rosada este era el más fácil de solucionar, sigue siendo un motivo de profunda frustración, pero también tiene un lado alentador: si naciones con muchos menos recursos naturales y humanos han llegado a vivir sin este pesado condicionante, encontrar la manera de romper con la interminable espiral no puede ser imposible.