Opinión | Editorial

La deuda en el Congreso

El hecho de que la exposición frente a la Comisión Bicameral que entiende en la deuda pública se haya destacado menos por el nivel del debate que por el pequeño escándalo con que concluyó deja la situación en el punto en que estaba antes de la convocatoria, lo que en la práctica implica para el funcionario y el gobierno que integra una módica victoria sin lucimiento alguno, y para la ciudadanía una oportunidad desperdiciada.
Luego de generar un considerable volumen de expectativas y sufrir una postergación cargada de suspicacias, el paso por el Congreso del ministro de Finanzas, Luis Caputo, no parece haber aportado demasiado en términos de despejar las dudas sobre sus antecedentes y su gestión. El hecho de que la exposición frente a la Comisión Bicameral que entiende en la deuda pública se haya destacado menos por el nivel del debate que por el pequeño escándalo con que concluyó deja la situación en el punto en que estaba antes de la convocatoria, lo que en la práctica implica para el funcionario y el gobierno que integra una módica victoria sin lucimiento alguno, y para la ciudadanía una oportunidad desperdiciada.

Caputo llegó al Congreso sabiendo que debía hacer frente a dos categorías de cuestionamientos. El referido a la colocación de deuda pública, que es el camino elegido por el Gobierno para evitar realizar un ajuste brutal y políticamente inviable, fue enfrentado con el argumento de que podrá ir reduciéndose paulatinamente antes de volverse inmanejable, una tendencia que todavía no se percibe pero sigue siendo el eje de la apuesta del oficialismo.

En cualquier caso, desde la oposición no se distingue propuesta alternativa alguna, mientras sí se destaca, en cambio, la notoria falta de legitimidad para cuestionar nada que manifiesta su sector más virulento, responsable absoluto de la situación con la que el Gobierno lidia de este modo tan criticado. La pregunta de dieciocho minutos de duración del exministro Axel Kicillof demuestra, asimismo, una inocultable predilección por escucharse a sí mismo más que a prestar atención a los argumentos del adversario, ni siquiera para rebatirlos.

Sobre la famosa actividad offshore de Caputo, previa a su desembarco en el Gobierno, la reiteración de los argumentos de cada parte deja la polémica en el mismo punto muerto donde se encontraba: podrá no ser en sí misma un delito, pero la sospecha que despiertan los paraísos fiscales, asociados a la evasión, el lavado de dinero y tráficos turbios como los de drogas, armas y personas, sigue siendo totalmente imposible de levantar.

En definitiva, el gesto inapropiado de Caputo a una diputada opositora, quien con su reacción desmesurada hasta lo ridículo le brindó una excusa perfecta para retirarse airosamente, estuvo a la altura de lo observado hasta el grotesco estallido. Y asimismo airosas emergieron de la experiencia las políticas oficiales: la de endeudamiento desde luego, pero también la de privilegiar la supuesta habilidad técnica de sus agentes, adquirida lejos de la función pública, por sobre la limpieza y transparencia de sus currículums.