La imprescriptibilidad de los delitos de corrupción
La resolución de la Cámara de Casación de revocar la prescripción de la causa conocida como IBM-DGI, y ordenar la realización del correspondiente juicio, no sólo brinda la oportunidad de hacer justicia respecto de un acto infame de colusión entre funcionarios venales y una multinacional sin escrúpulos, sino que pone sobre la mesa un criterio que podría constituir un avance muy significativo contra una lacra que en la Argentina atraviesa gobiernos y modelos políticos y económicos.
En un momento en que el sistema de recaudación ilegal por medio de sobreprecios y sobornos montado durante las administraciones de Néstor y Cristina Kirchner ocupa un lugar central en la agenda pública -aun cuando la grave crisis financiera que amenaza con volverse incontenible lo haya en alguna medida desplazado-, ha llamado la atención la irrupción de un antiguo y olvidado escándalo de corrupción del período menemista, a través de un fallo judicial cuyo impacto podría extenderse mucho más allá del caso sobre el que versa. La resolución de la Cámara de Casación de revocar la prescripción de la causa conocida como IBM-DGI, y ordenar la realización del correspondiente juicio oral y público, no solo brinda la oportunidad de hacer justicia respecto de un acto infame de colusión entre funcionarios venales y una multinacional sin escrúpulos, sino que pone sobre la mesa un criterio que podría constituir un avance muy significativo contra una lacra que en la Argentina atraviesa gobiernos y modelos políticos y económicos.
Como su suerte de “mellizo”, el llamado IBM-Banco Nación, el caso IBM-DGI gira en torno de un contrato de informatización por el cual el Estado se comprometía a pagar enormes sobreprecios que después, en todo o en parte, regresaban en forma de “retornos” a los funcionarios involucrados en su adjudicación. Pero a diferencia de aquél, que en manos de un juez algo más diligente terminó con algunas condenas y la recuperación de una parte del dinero de las coimas, éste se eternizó en los laberintos tribunalicios, como tantos otros que rozaban al poder de la época y por lo tanto eran tratados por los magistrados con una deferencia difícil de no interpretar como complicidad.
Teniendo en cuenta que desde su estallido pasaron 24 años, la declaración de prescripción aparece como formalmente ajustada a derecho. Sin embargo, la interpretación de los camaristas del máximo tribunal del país ha sido otra, ya que de manera unánime, aunque con argumentos que en algunos casos difieren entre sí, indicaron que en este tipo de delitos el paso del tiempo no debería constituir un aliado para quienes buscan la impunidad.
Se trata de una decisión indudablemente controvertida desde lo jurídico, que ya ha sido atacada, por ejemplo, por un exfuncionario kirchnerista que se preguntó cómo podría ser imprescriptible un delito de corrupción cuando no lo es otro más grave como un homicidio. La respuesta podría estar en los propios fundamentos del fallo, que remite a la Constitución Nacional en tanto sostiene que “quien comete un grave delito doloso contra el Estado que haya conllevado enriquecimiento atenta contra el sistema democrático”. Por eso justificaría, de acuerdo con este punto de vista, un tratamiento como el aplicado a los delitos de lesa humanidad, con los que coincide, salvando las distancias, en que son difíciles de juzgar y sancionar mientras quienes los cometieron ocupan el poder.
En cualquier caso, aunque este pronunciamiento es de una trascendencia enorme por haber sido emitido por el máximo tribunal del país en materia penal, será la Corte Suprema la que tenga la última palabra. Pero por lo pronto, no deja de resultar gratificante que los responsables de los saqueos a los que el Estado fue sometido en diferentes épocas no puedan contar con la tranquilidad de saber que el paso del tiempo juega tan a su favor como esperaban.
Como su suerte de “mellizo”, el llamado IBM-Banco Nación, el caso IBM-DGI gira en torno de un contrato de informatización por el cual el Estado se comprometía a pagar enormes sobreprecios que después, en todo o en parte, regresaban en forma de “retornos” a los funcionarios involucrados en su adjudicación. Pero a diferencia de aquél, que en manos de un juez algo más diligente terminó con algunas condenas y la recuperación de una parte del dinero de las coimas, éste se eternizó en los laberintos tribunalicios, como tantos otros que rozaban al poder de la época y por lo tanto eran tratados por los magistrados con una deferencia difícil de no interpretar como complicidad.
Teniendo en cuenta que desde su estallido pasaron 24 años, la declaración de prescripción aparece como formalmente ajustada a derecho. Sin embargo, la interpretación de los camaristas del máximo tribunal del país ha sido otra, ya que de manera unánime, aunque con argumentos que en algunos casos difieren entre sí, indicaron que en este tipo de delitos el paso del tiempo no debería constituir un aliado para quienes buscan la impunidad.
Se trata de una decisión indudablemente controvertida desde lo jurídico, que ya ha sido atacada, por ejemplo, por un exfuncionario kirchnerista que se preguntó cómo podría ser imprescriptible un delito de corrupción cuando no lo es otro más grave como un homicidio. La respuesta podría estar en los propios fundamentos del fallo, que remite a la Constitución Nacional en tanto sostiene que “quien comete un grave delito doloso contra el Estado que haya conllevado enriquecimiento atenta contra el sistema democrático”. Por eso justificaría, de acuerdo con este punto de vista, un tratamiento como el aplicado a los delitos de lesa humanidad, con los que coincide, salvando las distancias, en que son difíciles de juzgar y sancionar mientras quienes los cometieron ocupan el poder.
En cualquier caso, aunque este pronunciamiento es de una trascendencia enorme por haber sido emitido por el máximo tribunal del país en materia penal, será la Corte Suprema la que tenga la última palabra. Pero por lo pronto, no deja de resultar gratificante que los responsables de los saqueos a los que el Estado fue sometido en diferentes épocas no puedan contar con la tranquilidad de saber que el paso del tiempo juega tan a su favor como esperaban.