La militancia como excusa para falsear el discurso
Independientemente de los posicionamientos ideológicos de quienes participan de la polémica, y del valor que se atribuya a los argumentos esgrimidos, el embate de Juan Grabois contra Mercado Libre, y las justificaciones que ofreció para avalarlo, ejemplifican las groseras distorsiones y el escaso apego a la realidad que suelen invadir las campañas electorales, no sólo en el tono sino en los contenidos concretos.
El anuncio de que una firma de comercio electrónico se ha transformado en la empresa argentina mejor cotizada en el mundo pasó rápidamente de representar un ejemplo de los efectos de la revolución de las nuevas tecnologías de la información en la economía global, a emplazarse en el centro del debate político de coyuntura, luego de que un importante dirigente del kirchnerismo la acusara de deberle su éxito al contrabando, la especulación y la complicidad con el actual Gobierno nacional. Independientemente de los posicionamientos ideológicos y del valor que se atribuya a los argumentos esgrimidos, el embate de Juan Grabois contra Mercado Libre, y las justificaciones que ofreció para avalarlo, ejemplifican en cambio las groseras distorsiones y el escaso apego a la realidad que suelen invadir las campañas electorales, no sólo en el tono sino en los contenidos concretos.
En principio, las empresas surgidas al calor de las múltiples posibilidades que brinda Internet tienen un efecto profundamente revulsivo en todos los casos, ya que generan la “destrucción de miles de puestos de trabajo” -como sostiene Grabois en su invectiva- aunque también promueven la creación de otros por lo general de mayor calidad. Para muchos su impacto disruptivo supera cualquier beneficio que puedan dejar, mientras para otros oponerse a ellas equivale a lo que más de un siglo atrás habría sido resistir la expansión del ferrocarril con el argumento de que dejaba sin trabajo a criadores de caballos y herreros.
Pero sin ingresar de lleno en la discusión sobre el balance de costos y beneficios de la revolución tecnológica, resulta llamativo el ataque de Grabois al fundador y CEO de Mercado Libre, Marcos Galperín: “Sos el tipo más rico del país, pero Macri te regala el 70% de contribuciones y el 60% del impuesto a las ganancias”. Fundamentalmente porque las exenciones tributarias de las que goza la empresa no son un “regalo” del actual presidente, sino que están contempladas en normas legislativas sancionadas por gestiones anteriores a la actual.
Todavía más, a Grabois se le ha recordado que desde el momento en que comenzó a cotizar en la Bolsa de Nueva York en 2007 -el mismo año en que comenzó la gestión de Cristina Fernández de Kirchner, por cuyo retorno a la Presidencia está trabajando activamente-, hasta fines de 2015, Mercado Libre quintuplicó su valor bursátil en dólares. Es decir, durante el gobierno de Macri sólo se consolidó una tendencia que venía de los ocho años anteriores, durante los cuales los “privilegios” de los que disfrutaba no eran diferentes de los de hoy.
Colocado frente a esta contradicción, Grabois se ha justificado con una sinceridad lindante con el cinismo: “Yo soy un militante, entonces yo le doy (al juicio que había emitido sobre Mercado Libre) el sesgo que a mí me parece”. Como si la adhesión a una fuerza política lo autorizara a ignorar deliberadamente que la misma acusación realizada al “enemigo”, independientemente de su validez, le correspondería a la propia líder a la que responde.
Desde luego, de un “militante” no se puede esperar objetividad. Pero sí una mejor puntería a la hora de lanzar sus proyectiles, en el entendimiento de que hasta en los comentarios cargados de afán destructivo se puede discriminar entre los blancos legítimos -que no le faltan dentro de la gestión macrista- y los que parecen seleccionados al voleo.
En principio, las empresas surgidas al calor de las múltiples posibilidades que brinda Internet tienen un efecto profundamente revulsivo en todos los casos, ya que generan la “destrucción de miles de puestos de trabajo” -como sostiene Grabois en su invectiva- aunque también promueven la creación de otros por lo general de mayor calidad. Para muchos su impacto disruptivo supera cualquier beneficio que puedan dejar, mientras para otros oponerse a ellas equivale a lo que más de un siglo atrás habría sido resistir la expansión del ferrocarril con el argumento de que dejaba sin trabajo a criadores de caballos y herreros.
Pero sin ingresar de lleno en la discusión sobre el balance de costos y beneficios de la revolución tecnológica, resulta llamativo el ataque de Grabois al fundador y CEO de Mercado Libre, Marcos Galperín: “Sos el tipo más rico del país, pero Macri te regala el 70% de contribuciones y el 60% del impuesto a las ganancias”. Fundamentalmente porque las exenciones tributarias de las que goza la empresa no son un “regalo” del actual presidente, sino que están contempladas en normas legislativas sancionadas por gestiones anteriores a la actual.
Todavía más, a Grabois se le ha recordado que desde el momento en que comenzó a cotizar en la Bolsa de Nueva York en 2007 -el mismo año en que comenzó la gestión de Cristina Fernández de Kirchner, por cuyo retorno a la Presidencia está trabajando activamente-, hasta fines de 2015, Mercado Libre quintuplicó su valor bursátil en dólares. Es decir, durante el gobierno de Macri sólo se consolidó una tendencia que venía de los ocho años anteriores, durante los cuales los “privilegios” de los que disfrutaba no eran diferentes de los de hoy.
Colocado frente a esta contradicción, Grabois se ha justificado con una sinceridad lindante con el cinismo: “Yo soy un militante, entonces yo le doy (al juicio que había emitido sobre Mercado Libre) el sesgo que a mí me parece”. Como si la adhesión a una fuerza política lo autorizara a ignorar deliberadamente que la misma acusación realizada al “enemigo”, independientemente de su validez, le correspondería a la propia líder a la que responde.
Desde luego, de un “militante” no se puede esperar objetividad. Pero sí una mejor puntería a la hora de lanzar sus proyectiles, en el entendimiento de que hasta en los comentarios cargados de afán destructivo se puede discriminar entre los blancos legítimos -que no le faltan dentro de la gestión macrista- y los que parecen seleccionados al voleo.