Opinión | Editorial

La pobreza en la coyuntura y la pobreza estructural

El cálculo de que el conjunto de argentinos en situación de pobreza se ubicaría ya en el orden del 33 por ciento, emanado de una institución del peso del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, le pone números a un estado de cosas perceptible, a la vez que interpela a un gobierno que aún no da muestras de tener un plan consistente para hacer frente al desafío.
Desde el comienzo de la corrida cambiaria que hasta ahora ha generado una devaluación de alrededor del 50 por ciento, y no da garantías de estar cerca de encontrar un techo a pesar de los esfuerzos por “tranquilizar” a los mercados con iniciativas como el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, se viene advirtiendo sobre el impacto directo que este fenómeno monetario inevitablemente ejercería sobre la economía real, esto es, el bolsillo del conjunto de la población, en especial el de los sectores más vulnerables. El cálculo de que el conjunto de argentinos en situación de pobreza se ubicaría ya en el orden del 33 por ciento, emanado de una institución del peso del Observatorio de la Deuda Social, dependiente de la Universidad Católica Argentina, le pone números a un estado de cosas perceptible, a la vez que interpela a un gobierno que aún no da muestras de tener un plan consistente para hacer frente al desafío.



La estimación del director del Observatorio, Agustín Salvia, está legitimada por la experiencia de una institución que durante el llamado “apagón estadístico” del Indec por decisión política de los gobiernos kirchneristas -que cancelaron la medición tras “reducir” fraudulentamente los índices a niveles irrisorios- se erigió como la fuente de información más confiable en el rubro. La misma validez debe atribuirse a su advertencia de que son precisamente aquellos ciudadanos que habían conseguido salir de la pobreza el año pasado -durante el cual el cuadro económico-social mejoró respecto de 2016- los que ahora están volviendo a caer en ella.



Sin embargo, siempre es preciso recordar que la cara más afligente de la problemática no pasa por las personas que entran y salen de la situación de pobreza de acuerdo con la evolución de la coyuntura, sino por aquéllos que nacieron en ese estadio indeseable o bien cayeron en él hace suficiente tiempo como para que su condición pueda considerarse crónica. Es el grupo de los llamados “pobres estructurales”, muchas veces inmersos en la categoría aun más dramática de la indigencia, un legado que en numerosos casos se ha transmitido a través de generaciones enteras.



Y es que, como advierte el propio Salvia,  "las medidas más fáciles que han tenido los gobiernos en cuanto a contener el crecimiento de la pobreza fueron programas sociales como la AUH o las moratorias jubilatorias". Y aunque se las considere necesarias porque sin ellas "casi se duplicaría la indigencia", no pueden reemplazar un verdadero “proyecto de desarrollo” que permita a las personas vivir de su trabajo y no depender de planes sociales que aunque mitiguen sus penurias en lo inmediato afianzan y eternizan su condición de pobres.



Por cierto, una coyuntura como la actual exige medidas de contención adicionales a las existentes hacia quienes se encuentran en situación más vulnerable. Pero es preciso mirar más allá de la emergencia y buscar soluciones estructurales, particularmente si se toma en cuenta que el porcentaje de niños pobres supera ampliamente el de la población general, lo que augura una agudización de la problemática para el futuro.