Opinión | Editorial

La pobreza, un desafío que se vuelve más crítico

Al margen de los reparos que históricamente ha suscitado el instrumento, el informe que periódicamente emite el Observatorio de la Deuda Social dependiente de la UCA pone en evidencia un panorama que a su aspecto desolador en lo estructural suma una coyuntura particularmente desfavorable, con perspectivas de corto y mediano plazo en el mejor de los casos inciertas.
No por esperada y previsible, luego de los largos meses que lleva la devastadora mezcla de inflación y recesión que sucedió a la escalada del dólar, deja de resultar estremecedora la noticia de que se ha registrado un nuevo incremento en las cifras de pobreza en el país. Una vez más, y al margen de los reparos que históricamente ha suscitado el instrumento, el informe que periódicamente emite el Observatorio de la Deuda Social dependiente de la Universidad Católica Argentina pone en evidencia un panorama que a su aspecto desolador en lo estructural suma una coyuntura particularmente desfavorable, con perspectivas de corto y mediano plazo en el mejor de los casos inciertas.



Los informes de la UCA tomaron particular relevancia durante los últimos años debido a la decisión de las administraciones de Néstor y Cristina Kirchner de manipular de manera fraudulenta las estadísticas oficiales, particularmente la de inflación, lo que distorsionó por completo las mediciones de pobreza por ingresos. Así, las cifras suministradas por la Encuesta Permanente de Hogares del Indec fueron volviéndose fraudulentas hasta alcanzar niveles tan absurdos (la propia Cristina Kirchner llegó a mencionar un índice de 6 por ciento en un foro de la ONU en Suiza) que se terminó por suspender, y afianzó el valor del relevamiento privado más amplio y extensivo.



Con el Indec normalizado, la medición del Observatorio vuelve a ser una alternativa que presenta variaciones respecto de la oficial por cuestiones metodológicas y, sobre todo, de selección de la muestra, que según quienes la objetan sobredimensiona la pobreza. Sin embargo, y como también se ha señalado, las diferencias no son tan marcadas como para llevar la discusión al respecto a un primer plano. Y, sobre todo, giran en torno de los porcentajes y no de cómo es su evolución, que en cualquier caso resulta marcadamente negativa, con tantos y tantos de “nuevos pobres”.



Claro está, se entiende que aquellos que cayeron por debajo del límite de la pobreza entre la medición precedente y la conocida esta semana se encuentran, en términos generales, en condiciones de volver a sobrepasarla apenas la economía dé señales de recuperación, tal como enseña la experiencia y demuestra el cotejo de estos informes con la marcha de las demás variables. Hoy, sin embargo, el optimismo que intenta transmitir el Gobierno no alcanza para construir al respecto expectativas demasiado elevadas: como reflejan desde los sondeos de opinión pública hasta el índice de riesgo país, ni entre la población en general ni entre inversores y especuladores hace demasiado pie la idea de que la senda de crecimiento habrá de retomarse en pocos meses.



Mientras lo sombrío de la coyuntura absorbe la mayor parte de las preocupaciones, queda inevitablemente postergado –más que de costumbre– el que se ha transformado en el núcleo del problema, en tanto subsiste incluso en etapas mucho más prósperas y alentadoras que la que se está transitando. La pobreza estructural, aquella estratificada no sólo a través de los años sino a través de las generaciones, y que los observadores ubican entre un 20 y un 25 por ciento de la población, sigue planteando un desafío monumental que no puede ser encarado simplemente con palabras, gestos compungidos y promesas de campaña. Tanto más cuando un dato tan significativo como el de que entre los menores el índice llega al 50 por ciento anticipa un futuro todavía más problemático en este plano.