Opinión | Editorial

La privacidad en tiempos del auge de las redes sociales

El caso que le costó al gobernador de Puerto Rico una fuerte movilización popular en su contra, y en última instancia el puesto, pone en evidencia la falta de una toma de conciencia cabal acerca de cómo las nuevas tecnologías comprometen en extremo el concepto de privacidad. Así, la difusión de imágenes o textos no destinados originalmente a hacerse públicos, que periódicamente afecta a figuras de la farándula, se vuelve a cobrar víctimas en el terreno político.
Poco después de que la difusión de comunicaciones reservadas del embajador del Reino Unido en Washington a la Cancillería de su país, en las que se refería en términos severamente críticos al presidente Donald Trump, generaran una crisis diplomática en las relaciones bilaterales que concluyó con la renuncia del funcionario, se acaba de asistir a un escándalo con el que guarda curiosas analogías, que en este caso le costó al gobernador de Puerto Rico una fuerte movilización popular en su contra y en última instancia el puesto. Una vez más, la falta de una toma de conciencia cabal acerca de cómo las nuevas tecnologías comprometen en extremo el concepto de privacidad, que periódicamente afecta a figuras de la farándula, se cobra víctimas en el terreno político.



El llamado “chatgate” estalló al trascender las conversaciones que el mandatario puertorriqueño Ricardo Rosselló mantenía con algunos de sus colaboradores por medio de la aplicación Telegram, con una serie de conceptos que, aunque no implicaban la comisión de actos de corrupción u otros delitos en los que los políticos quedan normalmente involucrados, volvieron insostenible su permanencia en el poder. Entre otras cosas, abundaban en consideraciones despectivas hacia el pueblo que supuestamente estaban representando y hasta groseras burlas hacia los “cadáveres” dejados por el huracán que recientemente asoló la isla.



Tales desbordes, que tampoco excluían alusiones personales como insultos homofóbicos al popular artista puertorriqueño Ricky Martin o bromas perversas sobre la posibilidad de promover el asesinato de una rival política, generaron una reacción popular masiva que Rosselló resistió durante varios días, hasta que finalmente la persistencia de las manifestaciones lo obligó a renunciar. Naturalmente, nadie entendió que el hecho de que los mensajes no hubieran sido emitidos con la idea de hacerlos públicos fuera una excusa suficiente como para aceptar las disculpas que, en tales casos, nunca denotan arrepentimiento por el hecho en sí, sino en todo caso por su exposición.



Desde luego, existen gruesas diferencias entre los casos considerados: mientras el embajador simplemente estaba cumpliendo su misión de informar a sus superiores su honesta opinión sobre la máxima autoridad del país donde estaba destacado, el gobernador y sus colaboradores demostraron una insensibilidad y un desprecio inadmisibles para aquellos que deberían ser los principales tributarios de su respeto. Pero los hermana el hecho de haber sido víctimas de la difusión de comunicaciones que nunca pensaron que iban a conocerse. Una situación que se reitera a pesar de los escándalos que estallan periódicamente con las modalidades más diversas, desde los políticamente comprometedores “Wikileaks” a la difusión de videos de contenido sexual hackeados del celular de una actriz famosa.



Debería haber quedado claro a esta altura que las conversaciones supuestamente privadas no necesariamente lo son cuando circulan por medios digitales, cuya capacidad de garantizar la intimidad de quienes las utilizan viene siendo desafiada una y otra vez en todas las latitudes. Hasta tanto no se tome plena conciencia de ello –sobre todo, aunque no exclusivamente, entre los personajes públicos–, los escándalos personales y políticos seguirán estando a la orden del día.