Opinión | Editorial

La propuesta oportunista de un presidente futbolero

La intervención del presidente Mauricio Macri en el programa de los partidos finales de la Copa Libertadores de América, una vez establecido que los protagonistas serían los dos equipos de mayor convocatoria del país, aparece como una muestra de oportunismo condenada al fracaso por lo improvisada e irreflexiva. La sensación de que se ha tratado de utilizar un particular acontecimiento deportivo para dirigir al menos una parte de la atención del público a un lugar que al Gobierno le queda más cómodo no parece de ningún modo un exceso de suspicacia.
No es una novedad que el arraigo popular del fútbol, su aptitud para incidir en el ánimo colectivo y de ofrecer un canal para llevar al público mensajes no necesariamente relacionados con el deporte, lo han transformado en un bocado apetecible para la política en general y para los gobiernos en particular, que suelen ser muy permea- bles a la tentación de “meter mano” en la actividad con el fin de capitalizar algún beneficio. En ese marco, la intervención del presidente Mauricio Macri en el programa de los partidos finales de la Copa Libertadores de América, una vez establecido que los protagonistas serían los dos equipos de mayor convocatoria del país, aparece como una muestra de oportunismo condenada al fracaso por lo improvisada e irreflexiva.



Por cierto, la decisión tomada años atrás de que los partidos se jueguen exclusivamente con simpatizantes del equipo local es una muestra del grado de degradación de una actividad contaminada a tal punto por la violencia, a veces irracional y a veces motorizada por interes económicos oscuros, que ha resignado la posibilidad de controlarla de un modo menos drástico. Es una señal de fracaso, y como tal está claro que revertir la medida constituiría una señal de éxito, más allá de que relacionarla con el otro “éxito” que espera obtener en la próxima cumbre del G20, como hizo Macri, parezca ciertamente forzada y antojadiza.



Pero para dar semejante paso deberían haber cambiado en un grado significativo las condiciones que llevaron a establecer la prohibición que se propone revertir. Los estadios de fútbol no se habrán convertido en ámbitos seguros aptos para que las multitudes convivan civilizadamente porque así lo señale un decreto oficial, en la misma semana en la que, por ejemplo, un hombre acaba de morir como consecuencia de una riña aparentemente iniciada porque llevaba puesta la camiseta de uno de los rivales de la final en cuestión.



A ello se agrega la enorme complicación que abrir la posibilidad del ingreso de visitantes les generaría a los clubes porque sus estadios no tienen la capacidad suficiente para albergar a todos los socios que estarían interesados en acudir a un evento acaso irrepetible. Esto vuelve especialmente desconcertante la intervención de Macri, porque como expresidente de Boca Juniors no debería desconocer la situación, tanto más cuando el actual titular de la institución es alguien supuestamente muy cercano a él, a quien, por lo visto, ni siquiera se le ocurrió consultar.



Todo indica que jugar las finales con hinchadas visitantes es simplemente imposible y que cualquier chance de llevar adelante la iniciativa quedará desactivada en los próximos días, después de la instalación del tema en las tapas de los principales diarios del país y de la ocupación, en los canales de noticias y en los programas periodísticos, de un tiempo absolutamente desproporcionado en medio de la crisis económica en curso. En este marco, la sensación de que se ha tratado de utilizar un particular acontecimiento deportivo para dirigir al menos una parte de la atención del público a un lugar que al Gobierno le queda más cómodo no parece de ningún modo un exceso de suspicacia. Aun cuando, desde luego, la impresión de que ha lanzado una iniciativa como resultado de una mera ocurrencia, sin evaluación alguna de su impacto y de su viabilidad, bien podría depararle al Presidente más costos que beneficios.