Opinión | Editorial

Las versiones sobre las medidas en preparación

Los anuncios sobre la preparación de una serie de medidas destinadas a mitigar los efectos de la crisis podrían aparecer como una luz de esperanza o, cuanto menos, como una fuente de expectativas capaz de poner un freno a la desazón extendida en sectores de la población cada vez más amplios. Sin embargo, por el momento el principal resultado parece ser un aumento de la confusión y del pesimismo.
Mientras no cede la crisis caracterizada por la combinación letal entre un continuo aumento de los precios y una baja actividad económica, los anuncios sobre la preparación de una serie de medidas destinadas a mitigar sus efectos sobre la vida cotidiana de las familias podrían aparecer como una luz de esperanza o, cuanto menos, como una fuente de expectativas capaz de poner un freno a la desazón extendida en sectores de la población cada vez más amplios. Sin embargo, por el momento el principal resultado parece ser un aumento de la confusión y del pesimismo, reflejado no sólo en las versiones que incluyen desde rispideces internas hasta amenazas de renuncia sino también en declaraciones públicas y trascendidos semioficiales de los responsables.



Es sumamente significativo que el propio jefe de Gabinete, considerado el vocero más autorizado del Gobierno después del Presidente de la Nación, haya debido salir a negar que se planee la instrumentación de algún sistema de control de precios de artículos de consumo masivo. Porque teniendo en cuenta el bagaje ideológico y los posicionamientos públicos asumidos por el oficialismo -e incluso la imagen que de él tienen propios y extraños-, una desmentida semejante jamás habría resultado necesaria, y cualquier noticia falsa que anunciara algo semejante carecería de credibilidad.



Sin embargo, en el frustrante contexto en que los grandes sacrificios que se realizan para domar las variables fundamentales de la economía no dan la impresión de estar funcionando, pues el dólar continúa amenazando con dispararse ante cualquier señal negativa interna o externa, y los precios siguen castigando los bolsillos sin el menor signo de compasión, no pueden menos que ganar cierta verosimilitud posibilidades que normalmente estarían descartadas de antemano. Tanto más cuando, de hecho, entre lo poco que se atina a sugerir están programas y políticas parecidas o iguales a las que eran descalificadas cuando las administraba el Gobierno anterior, paradigma de todo aquello con lo cual el actual ha venido supuestamente a romper.



En rigor, si todo lo que puede hacerse en esta coyuntura es adoptar variantes del “Ahora Doce” o de los “Precios Cuidados” -poco importa si se les mantiene la denominación o se les impone una diferente para poder venderlos mejor-, no se le están dando a la población muy buenos argumentos como para que recupere la confianza. ¿Por qué esos instrumentos, que más allá de haber proporcionado algún beneficio puntual a quienes los aprovecharon nunca constituyeron un arma seria contra la inflación, van a funcionar mejor ahora, cuando los aplican actores mucho menos convencidos de su efectividad que los anteriores?



Desde luego, toda la sociedad le reclama al Gobierno algo diferente de lo que está haciendo. Pero si se añade la inevitable vinculación de estas iniciativas con la instancia preelectoral que se vive, no se puede sino concluir que llegan cargadas de dudas incluso antes de su materialización formal.