Opinión | Editorial

Los dólares que la Argentina no quiere ni necesita

La adopción por parte del Banco Central de un régimen de encajes que tiene la finalidad de desalentar la llegada de capitales especulativos de corto plazo supone la pragmática aceptación, no demasiado congruente con los criterios expresados por el Gobierno actual, de que no siempre las reglas del mercado funcionan en un sentido acorde con el interés público.
Luego de la consolidación del cambio de tendencia en torno de la cotización del dólar, que pasó de una escalada aparentemente imparable a amenazar con perforar el piso de la banda de flotación fijada para tratar de devolver previsibilidad al tipo de cambio, el Banco Central acaba de anunciar una medida que en la práctica pone restricciones a la oferta de divisas con vistas a detener esa baja. La fijación de encajes decrecientes para los fondos ingresados desde el exterior por los bancos, que tiene la finalidad de desalentar la llegada de capitales especulativos de corto plazo, supone la pragmática aceptación, no demasiado congruente con los criterios expresados por el Gobierno actual, de que no siempre las reglas del mercado funcionan en un sentido acorde con el interés público. 



Pocos días atrás se advirtió en esta página sobre la relación entre el nuevo comportamiento del tipo de cambio y el regreso del llamado “carry trade”. Esta es una operación financiera consistente en ingresar dólares del exterior para comprar moneda nacional, con la cual se invierte en títulos que el Estado emite ofreciendo tasas de interés astronómicas, precisamente con el propósito de absorber pesos de modo de que no presionen el tipo de cambio ni los precios, y luego recomprar los dólares tras obtener una sustancial ganancia.



Se trata, básicamente, de una variante de la “bicicleta financiera” mediante la cual los especuladores obtienen una alta rentabilidad a bajo riesgo, a expensas del Estado y por lo tanto del conjunto de la sociedad, y que sin embargo suele ser tolerada para sostener determinados desequilibrios. Hasta que esos capitales entienden que la oportunidad de aprovechar la situación está cerca de agotarse, o aparecen opciones de inversión más seguras y apetecibles -como a través de la suba de las tasas de interés en los Estados Unidos- y huyen en masa generando corridas como la que en la Argentina desbarató el conjunto de la economía en los últimos meses.



Con la nueva medida, los bancos que ingresen dólares mediante líneas de financiamiento internacionales se verán obligados a inmovilizar una parte de ese capital, que será mayor mientras menor sea el tiempo en que permanecerán en el país. Así se busca desalentar giros que algunos bancos extranjeros vienen realizando a sus casas matrices para apostar a las altas tasas de interés vía la compra de Letras de Liquidez (Leliq) o Letras Capitalizables (Lecap) emitidas por el Banco Central.



Cabe recordar que una limitación aun más rigurosa al ingreso de capitales especulativos existía antes de la llegada al gobierno de Cambiemos, que la dejó sin efecto para dar la bienvenida a todos los dólares que llegaran independientemente de la finalidad de sus dueños o administradores. La prioridad era dar una “señal” de que la Argentina se había vuelto amigable con el mercado, pero el gesto, a juzgar por lo ocurrido, tuvo muchos más costos que beneficios, a punto tal de que hoy se vuelve necesaria una disposición en sentido contrario. Acaso se tratara de una “señal” equivocada, interpretada como una invitación a la especulación y al saqueo, y no a la inversión productiva, por aquellos a quienes iba dirigida.